06/04/2003

Los sabios de la guarda

Ahí arriba, hay un trozo de paraíso poblado por sabios y eruditos, al que acaba de llegar Domingo Ynduráin. Nada más entrar, ha ido a saludar a doña María Moliner, que le ha recibido cariñosamente aunque con una leve mueca de desagrado porque ya está harta de que sólo ingresen hombres. Doña María, con seguridad de matriarca, le ha guiado hacia el gran salón-biblioteca, muy concurrido a esta hora. A Domingo le sorprende, y no tendría por qué, que todos hablen con un inconfundible acento maño. Sonriente, ágil, acude a darle la bienvenida José Manuel Blecua. Blecua conserva los andares del deportista que ha sido siempre. Lo recuerdo en los veranos de Jaca, a eso de las 6 de la tarde, andar ligero hasta el pueblo de Castiello con Rosendo Tello (otro sabio, otro gran poeta). ¿De qué hablan los poetas cuando la naturaleza carga ya los atardeceres de toda la poesía posible? No sé, Rosendo sabrá. El siguiente en acercarse a Domingo es Ignacio Prat, experto en Jorge Guillén y poeta exquisito y vanguardista, que fue uno de los alumnos preferidos de Blecua en Barcelona. Domingo e Ignacio comentan algo en voz baja y echan unas risas. Blecua, que está sordo como una tapia, no quiere perderse la broma e Ignacio tiene que repetírsela. Domingo mira hacia el fondo; allí está una especie de aristócrata inglés que no es otro que su padre. Experto en Galdós, don Francisco Ynduráin fue un profesor absolutamente europeo en una España que no era Europa. No era normal, en el franquismo hard-core de los 60, oír a un catedrático hablar entusiasmado de los nuevos realistas españoles, como Aldecoa o Sánchez-Ferlosio, o de los americanos de la "generación perdida", como Hemingway. Era un sabio riguroso y moderno, un pelín altivo de entrada, pero amable y generoso como nadie. Bueno, los Ynduráin caminan abrazados hasta el gran ventanal de este rincón de cielo. Con el pirineo al fondo, relumbra anaranjada la iglesia de Santa cruz de la Serós.

Este artículo pertenece a la sección "Culturland"