29/05/2005

La ciudad no es un anuncio

Al volver del trabajo, me he tropezado con mi vecina Visi en el portal y me han bastado dos segundos para ver en su cara que iba a haber tormenta con gran aparato eléctrico. Imposible escapar. Visi y yo, la víctima, esperando que bajara el ascensor. "¡Vengo atacada! No sabes lo que me acaba de pasar... Pues que estoy en la parada del bus y noto que alguien me toca el bolso. Me vuelvo, no veo a nadie, y veo ¡que me han pegado en el mismísimo bolso un anuncio de un piso que venden!" La Visi me enseña un papel, todavía con el cello puesto, que dice: "Vendo piso en Delicias, 2 habitaciones, armarios empotrados" y luego, un número de teléfono repetido 10 veces, en plan fleco, preparado para arrancar. A mí me entra la risa: "Visi, es que ya no queda sitio en las farolas, ja ja ja". La Visi no se lo piensa dos veces y me pega el anuncio cutre en un cristal de las gafas: "¡A ver si ahora te parece tan divertido!" Y aparece doña Coro, la que faltaba. Doña Coro quiere saber: "Pero hijo, ¿qué llevas en el ojo? ¿Es que ahora vendes pisos?" Bueno, esto es un sainete, pero lo que pasa en la ciudad es un esperpento. Postes del alumbrado, mamparas, papeleras, bancos y fachadas aparecen manchados de publicidad salvaje. De aquel "Prohibido fijar carteles; responsable el anunciante" no queda ni rastro. Con una carga impositiva tan fuerte como la que soportamos, podríamos exigir una ciudad más limpia, más estética y más atendida, digo.
        Cuando se inauguró el nuevo Paseo de la Independencia, el ayuntamiento obligó a las cafeterías a poner veladores y sillas sin publicidad; y prometió que la medida se extendería a otras zonas. Basta con darse un paseo por la plaza de San Francisco para comprobar que esa medida se ha quedado en nada: en rojo, en azul y en naranja, la plaza es un muestrario de marcas de refrescos que distorsionan enteramente un paisaje urbano armónico, pegado a la Universidad, presidido por la estatua de Fernando el Católico, que, eso sí, se oculta tras los árboles para no sufrir.
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Este artículo pertenece a la sección "Demasiado asfalto"