01/10/2005

STREET MUSEUM

IMAGINA nº 1, Octubre 2005, Zaragoza. Edita: Escuela de Arte de Zaragoza.
       
       Un gran ramo de gardenias moradas, una lámpara-acuario, una Virgen del Pilar de plástico que, de lejos, parecería de mármol rosado y una caja de herramientas muy completa; en el centro de todo esto, reina una sirena de pechos naranja con un cántaro que es un reloj. Esta mezcla del dada de Duchamp y del kitch abigarrado de Jeff Koons, exmarido de Cicciolina (actriz porno muy parecida a la sirena del cántaro que da las horas) no es otra cosa que el escaparate del "Chollo chino", un comercio de maravillas orientales a bajo precio. Peores instalaciones se han visto en galerías de arte y, sin embargo, nadie daría un euro por ese escaparate en tanto que obra artística. El problema de la "belleza" a pie de calle es que no está aislada. Me explicaré: la "belleza" necesita un espacio vacío alrededor; un vacío visual, sonoro, ideológico incluso, que refuerce su singularidad. El museo y su versión tienda, es decir, la galería de arte, crean ese aislamiento y lo intensifican, dando, así, certificado de "belleza" a la obra.
       Recuerdo una exposición de esculturas de Tapies en la sala de un importante banco. Una escultura consistía en una deposición sólida (cuando hablo, no soy tan fino), no sé si de can o de humano, en bronce, colocada sobre un pedestal inmaculadamente blanco e iluminada por un foco de luz halógena muy concentrada. Hombres severos de traje gris y mujeres enjoyadas y exquisitas daban vueltas admirados en torno a la pequeña escultura de la deposición, no sé si de can, etc. Me resulta difícil, o imposible, imaginar a esa clase de personas (o a otras) contemplar con ese rictus de satisfacción, con esa mueca de connaisseur, una excremento en la acera de una calle. Lamento tener que seguir en esta línea escatológica, porque no puedo dejar de preguntarme si la huella húmeda de unos orines en un muro no es una obra de arte. Tengo que preguntármelo `porque Andy Warhol solía invitar a sus amigos a mear sobre planchas de cobre para oxidarlas y Marcel Duchamp "aisló" un urinario y puso a su lado un rótulo que decía "Fuente".
       imagenLa calle está llena de obras de arte no reconocidas o reducidas a lo que se ha dado en llamar "inspiración". A veces, la distancia que hay entre el referente callejero (el inspirador) y la obra artística (el resultado) es tan corta que puede dar la sensación de engaño por parte del artista. En la calle hay un museo y el robo de sus piezas es constante. Y esas piezas sólo se aprecian una vez robadas. Fallamos, pues, los transeúntes-espectadores... ¿Por qué? Nos falta imaginación para crear el vacío que las aísle.
        Para que la "belleza" se aísle por si misma en plena calle necesita ser de alta intensidad. En un autobús abarrotado, entra una mujer pelirroja y de ojos azules cuya piel sería de nieve si la nieve fuera de vainilla y ámbar (cuando hablo, no soy así de cursi, supongo). De repente, ya no oímos el ruido del tráfico y los viajeros callan; una nebulosa invade el interior del autobús que sólo permite ver, y muy nítidamente, a la pelirroja, una versión contemporánea, viva y mejorada de la Venus de Urbino de Tiziano. Cuando la mujer se baja, todo recupera su ruido y su feísmo pero, al fondo, un hombre con gabardina y gorro de lana, de gesto doliente y postura desparramada, recuerda un cuadro de Francis Bacon. Bacon fue un inglés que supo pintar como nadie el alma de los hombres oscuros; al pintarla, el alma salía con tal fuerza de los cuerpos que deformaba la figura. Oye, no está mal, eh, ¡un Tiziano y un Bacon en el mismo autobús...!
        Actualmente, cuando se habla de arte en la calle, se piensa automáticamente en los graffiti. Muy pocos graffiti tienen ambición estética; la mayoría de ellos no son más que un reflejo de la egolatría de muchachos que quieren marcar su territorio con un "aquí he estado yo". Pero en los 80, hubo dos pintores de leyenda asociados al graffiti; Basquiat y Haring. La imaginación de Andy Warhol era compulsiva y apresurada; tenía un ojo excepcional para aislar cualquier atisbo de arte que hubiera en la calle pero necesitaba fijarlo inmediatamente. En las cámaras Polaroid encontró el cómplice perfecto. Así descubrió a Jean Michel Basquiat, un grafitero que tocó la gloria antes de morir a los 28 años de un colocón de heroína. Cuando a Basquiat le dieron grandes lienzos para que pintara, renegó de la calle. Es más, ya no le gustaba ser asociado a los graffiti. Es interesante comprobar cómo las paredes dejan de ser un soporte apreciado cuando se dispone de otro más "digno". No es ajeno a ese menosprecio el hecho de que en la calle el arte es gratis, un hecho estético absolutamente socializado. La tela como soporte supone una reducción drástica del acceso a la obra artística y, en consecuencia, convierte a ésta en valor de cambio.
       En contra de lo que se piensa, Keith Haring, contemporáneo de Basquiat, no era grafitero pero admiraba los graffiti y cuando paseaba se detenía a corregirlos, a completarlos, a convertirlos en suyos. Haring sentía nostalgia de la calle, en tanto que ámbito de la inocencia. Y es esa inocencia la que da al street museum un valor artístico de alta intensidad: todo puede ser bello sin pretenderlo; todo es cambiante e inacabado; todo exige la capacidad del transeúnte para ser aislado y convertido en obra única.
        Entre todo lo que la calle nos ofrece, para mí hay una obra maestra. Se trata de un rótulo de señalización: un hombre silueteado en blanco que corre desesperado hacia una puerta. Colocado junto a las salidas de emergencia de aparcamientos, almacenes o estadios, este rótulo se convierte, con su sencillez expresionista, en una brillante metáfora del hombre de este siglo, que, en vez de ir hacia alguna parte, siempre está huyendo, escapando de algo. "El hombre que escapa", pintura metalizada en azul y blanco sobre chapa de aluminio, edición ilimitada, es una cumbre del arte contemporáneo en la estela, por qué no, de "El grito", de Edward Münch. Está ahí, colgada en cualquier pared, tan cerca de nosotros. Con un poco de imaginación tan solo, podremos aislarla, crear ese espacio de luz blanca que toda obra exige, y ya estará preparada para que la disfrutemos en ese museo de la calle, que es infinito y, sobre todo, que es nuestro.

jmheraldo@hotmail.comImprimir

Este artículo pertenece a la sección "Culturland"