26/05/2002

Cómplices

UN SEÑOR MUY ELEGANTE, que manda mucho, mira hacia la plaza de Aragón desde el ventanal de su despacho en un sexto piso. En el alfeizar de la ventana hay una paloma. El señor elegante se fija en ella y se le ilumina la cara, porque se acuerda de cuando su padre lo llevaba de la manita a la plaza del Pilar, a tirar alpiste a los pájaros. Es el mejor recuerdo de una niñez que acabó demasiado pronto. La paloma inicia el vuelo y suelta un desecho biológico que cae, ¡ploff!, en el hombro de Rafa. Rafa también es muy elegante y hoy lleva una chaqueta azul oscuro. Rafa es técnico informático, pero últimamente anda muy hundido. El tema es que su novia acaba de dejarle por un licenciado en historia en paro (que se ha presentado a una plaza del servicio de limpieza del ayuntamiento). Increíble. Lleno de ira, no para de pensar en su novia; ahora mismo se la está imaginando haciendo, ejem, eso, con el cretino del historiador. Rafa no se ha dado cuenta de que en el hombro de su chaqueta lleva un desecho biológico de paloma urbana. Rafa se mete en el edificio y sube a la sexta planta porque tiene que enseñar a un señor importante un nuevo programa de ordenador. Rafa le explica y le explica al jefazo cómo se maneja el programa, pero el jefazo no le atiende; le mira, como despistado, al hombro. Rafa se mira el hombro y ve el roncho grisáceo (y también se acuerda de su novia y del hxxo-pxtx del pavo que se la ha quitado) y le da un mareo y se cae. El jefazo llama a la secretaria y vuelve a mirar la plaza de Aragón desde su ventana. A la ventana ha vuelto la paloma que tiró un desecho biológico, ¡ploff!. El jefazo piensa que, de niño, no había ordenadores y él era feliz.

Este historia de complicidad entre una paloma y un ejecutivo en contra de la obsesiva presencia de la informática en nuestra vida no fue ententida por los lectores. Fallo mío.

Este artículo pertenece a la sección "Querido Caos"