15/03/2008

ROMÁN LEDO Y SU TERRITORIO

TERRITORIO ROMÁN
       
       Prólogo a MICOLOGÍA APLICADA / LA SERPIENTE MULTICOLOR, escrito conjuntamente por Fernando Villacampa y Juan Mª Marín. Editorial Certeza, Zaragoza 2008.
       
       José Antonio Román Ledo integró la literatura en su vida con el mismo fervor con que integró la vida en su literatura. Fue un hombre de devociones bien definidas: su tierra, su familia, sus amigos, los libros, los bares de caña y anchoa...
       Román cultivó la más genuina cultura popular, la que tiene como cátedra las barras de cervecerías y bares repletas de tapicas. Celebraba con fervor el rito de la amistad, consagrando la caña, alzando la anchoa en santuarios de Zaragoza como Casa Agustín, Belanche, Pascualillo o, sobre todo, aquellos memorables Espumosos del Paseo de la Independencia, testigo de debates, historias reales o inventadas, logomaquias, ocurrencias que tantos años después hemos recordado, y de los que se han nutrido tantos de los relatos románicos... Ignacio Prat, el desbordante fabulador, nos dejaba a menudo con la anchoa en suspensión, esperando el final de alguna de sus delirantes historias.
       Estamos hablando de la época –mediados de los años 60– en que conocimos a un veinteañero Román que pululaba, como nosotros, por las escasas ventanas abiertas al mundo de la cultura que oreaban mínimamente la atmósfera de la gusanera zaragozana. En 1963 lo encontramos formando parte del Servicio de Extensión Cultural de la Institución Fernando el Católico. Podíamos encontrarlo colaborando con Alfonso Zapater en el montaje de la revista hablada "Cierzo" o participando en los apasionados debates que se suscitaban en las a menudo delirantes sesiones de Aproximación Filosófico-Científica, en el salón de actos de la Diputación. También estaba en los estudios de Radio Juventud, ejerciendo de crítico cinematográfico al socaire de un programa de alguno de los hermanos Arce o lo podíamos ver revisando las galeradas de Cuaderna Vía, las "Hojas del Aula de Letras" auspiciadas por Joaquín Mateo, y haciendo tertulia en torno al canapé, en el vernissage de alguna exposición de aquella irrepetible generación de pintores zaragozanos (entre ellos, su gran amigo Julián Borreguero) y era de los que primero degustaban el olor a libro recién nacido en la imprenta de Luciano Gracia y Guillermo Gúdel pero tampoco dejaba de asistir a la tertulia sabatina del Niké, donde se hablaba de casi todo, pero, como inicio inexcusable, del capítulo de "Elliot Ness y los intocables" que veníamos de ver...
       De aquella, el Román escritor era, más que nada, poeta. Al no estar matriculado en la Facultad de Filosofía y Letras no pudo figurar en la antología de la "Generación del 65"; pero representaba, quizá mejor que nadie, el "espíritu" de esa Generación. Y lo que son las cosas. un hombre como él, que nos daba bastantes vueltas a algunos en lecturas, en conocimientos generales, en "lecciones de cosas", dio en renegar de su condición de autodidacta, y quiso sacarse la licenciatura en Filosofía y Letras. No llegó a licenciarse, urgido por instancias laborales prioritarias. Pero su empeño en que sus amigos "de Letras" le iniciáramos en los rudimentos de las lenguas clásicas propició momentos divertidísimos, fruto de su imaginación desatada. Armados de la Crestomatía griega de Berenguer Amenós, del Aurea Dicta y volúmenes por el estilo, estuvimos a pique de reinventar el castellano, a base de las etimologías fantásticas que cada palabra griega o latina nos sugería (a él, sobre todo).
       En 1969, su recién adquirida condición de funcionario le forzó a dedicar más tiempo a la prosa administrativa que a la poesía lírica. Ese mismo año se casó con María Elena Sanjuán, su Marilena. Aquello les cambió la vida a los dos, claro. Pero nos la cambió también a algunos más. ¡Por fin teníamos amigo con casa! Nos acercábamos, sin acabar de creérnoslo, al final del Régimen, y La Casa De Los Román era el más propicio escenario para oficiar la ceremonia de la conspiración o de la transgresión; y, por encima de todo, la de la amistad. Una ceremonia en la que, a menudo, el ritual incluía la degustación de las exquisiteces culinarias que preparaba María Elena, maridadas con caldos de su bien abastecida bodega.
       Su sentido de la amistad era de los de amplio espectro. Amigos desde la infancia o la juventud, amigos del trabajo, amigos de la política... Siendo sus amigos de muy diferentes pelajes ideológicos, la bonhomía de Román nos armonizaba sin reticencias, a la hora de tomar cañas y anchoas, a todos, rojos y fachas, carcas y progres...
       Cuando muchos de sus amigos vivíamos aún con papá y mamá, Román no tenía sólo casa. ¡Tenía coche! Y los amigos usábamos y abusábamos de sus servicios como chófer. Nunca se negaba. Estando en las últimas su desvencijado Doscaballos, su inseparable Ignacio Prat le convenció –nos convenció a unos cuantos– para ir de un tirón hasta Alicante en marzo de 1967, 25 aniversario de la muerte de Miguel Hernández, participar en un homenaje clandestino –el pásalo eran los panfletos– y regresarnos acto seguido a Zaragoza. Menos declamar ante la tumba del poeta los versos que llevábamos escritos, tuvimos de casi todo: carreras ante los grises, baño en calzoncillos en la playa de San Juan, innumerables paradas del viejo cacharro que nos obligaba a arrancarlo a manivela, extravío allá por Rincón de Ademuz, tormenta nocturna con lluvia de sapos incluida...
       Y quienes frecuentábamos su casa ojeábamos con envidia su biblioteca. La biblioteca de Román era expresión del catálogo de sus aficiones inabarcables. Si había algún orden en ella, era el orden del día. Tan pronto veíamos los libros alineados por autores como por géneros o por tamaños... Un orden que hacía apretarse, pecho con espalda, a Rabelais con Cortázar, a Faulkner con Miguel Hernández, a Cervantes con Dylan Thomas, a Henry Miller con Plauto, a Nabokov con los Hermanos Grimm, a Borges con Elliot, a Rulfo con el Guiness.
       Nos unía, entre tantas otras cosas, la devoción a los diccionarios y las enciclopedias. Podía ocurrir –ocurría de hecho con frecuencia– que nos pasáramos una tarde entera navegando por los siete tomos del Diccionario Enciclopédico Ilustrado, de Espasa-Calpe, edición de 1955. Cualquier nimio motivo nos daba pie para una consulta que –en una cadena sin fin en que cada entrada era un link que nos abría la expectativa de otras muchas– sólo se interrumpía cuando considerábamos que ya era hora de ir a tomar la caña. El universo entero estaba –estᖠdetrás de cada palabra, da igual que sea la palabra poética, que la popular, que la técnica. Comentábamos con la misma fruición alguna genuina expresión del zaragocés que le habíamos oído a una abuelica en el tranvía de Torrero, que el último retruécano leído en Cabrera Infante, que las maravillas léxicas que nos proporcionaban los prospectos farmacéuticos que debía manejar en su condición laboral como visitador médico. El estilo, decía, se puede forjar leyendo la literatura médica, de la misma manera que, según parece, hizo Balzac (¿o fue Flaubert?) con el Código Civil.
       Cuando, bastantes años después, saliera del armario el Román escritor, harían radiante eclosión todos aquellos rasgos de estilo que su pasión por la literatura le habían ido haciendo larvar a partir de sus tempranas aficiones lectoras: el gusto por los juegos de palabras, por los neologismos y el léxico inusual, por las imágenes surrealistas, por las estructuras extravagantes –véase el bustrófedon con que se despacha uno de los personajes de Micología aplicada–, por las piruetas conceptistas, por las retahílas enciclopédicas, por los retorcimientos sintácticos, por las constricciones lingüísticas al estilo de Perec y los escritores del Oulipo... Habría que mencionar también otros rasgos, como la atención que presta a la onomástica de sus personajes, que nunca es casual. Por otra parte, el presumido –más que presunto– surrealismo de Román surge más de la distorsión deliberada de la realidad representada que de la proyección inconsciente de imágenes. Porque sus historias se nutren más de la observación aguda que de la imaginación exaltada.
        De algunos de estos rasgos se ofrecen claras muestras en los dos relatos que presentamos. Sin embargo, hay una clara diferencia de registro entre ellos. Micología aplicada se desenvuelve en un ambiente urbano, su intención es claramente satírica y el tono de parodia, con ingredientes a veces esperpénticos, es evidente. Mientras que La serpiente multicolor, cuya acción se inscribe en un ámbito rural, adopta un registro marcadamente más intimista, con pinceladas incluso de un contenido lirismo, muy próximo a lo bucólico; sin que falten, desde luego, los toques de humor tan característicos de la escritura románica.
       
       Relato urbano con setas
       
        Los toques surrealistas que impregnan la obra narrativa de Román son ingredientes sobrevenidos a una base argumental que, en última instancia, no deberíamos tener empacho en considerar realista; al menos, en tanto en cuanto que los personajes literarios están basados en seres reales. Esto es un hecho patente en La serpiente multicolor, como veremos. Y por lo que se refiere a Micología aplicada, está claro que algunos personajes son trasunto de hombres y mujeres reales, más o menos reconocibles: por ejemplo, la homofonía con patronímicos de algunas figuras relevantes en la vida social o cultural zaragozana es patente. Y podemos pensar también que los protagonistas del relato –los cuatro gacetilleros cofundadores de "El Eco"– reflejan en cierta medida, extrapolados, algunos caracteres o algunas fases de la personalidad del propio autor, que era asiduo practicante (al menos en privado) del sanísimo ejercicio de la autoironía.
       Así, Ceferino Otero, el sesentañero del cuarteto, presenta una trayectoria profesional paradigmática: de la Radio del Movimiento a la prensa democrática. Si a alguien le da por escarbar en la paleografía de los coetáneos de Román, raro será que no se encuentre con el tránsito adolescente o juvenil por algunas de las más conspicuas instituciones del Antiguo Régimen: quien no pasó por el Frente de Juventudes, lo hizo por Acción Católica; el poeta que no leyó sus primeros versos en Radio Juventud, los vio impresos en las granulosas páginas de El Noticiero... Por otra parte, Delfín Fortuna, el cincuentañero, es hombre de muchos libros. "Acopia en la biblioteca familiar más de seis mil volúmenes dedicados a la Fiesta Nacional". Hombre de muchos libros fue también Román, aunque sus dedicaciones fueran por otros rumbos. En tercer lugar, Bernardo Solcina es "médico y polígrafo, perejil de todo aliño", poseedor de diez o doce cargos en instituciones, asociaciones, juntas, tertulias, consejos consultivos, comités asesores... Es fácil imaginar la mueca autoirónica de un Román al diseñar su personaje, no sólo por su latente vocación médica, sino sobre todo por haber sido hombre que estuvo en el ajo de múltiples empresas y tinglados literarios, culturales, cívicos, sociales, dirigiendo revistas, participando muy activamente en asociaciones de todo tipo... Y por último, Salamán Nazím, el más joven del cuarteto, que padece la afección compulsiva de escribir a diario... María Elena Sanjuán ha sido testigo durante años –y sin quejarse– de la cantidad de horas que, día tras día, dedicaba José Antonio, encapsulado en su estudio, a ir rellenando páginas de su pantalla luminosa, haciendo crecer, como una planta autófaga y mesozoica, una obra narrativa que empezó minimalista (Estoy escribiendo algo sobre un ciclista que "desaparece" en la Vuelta al Moncayo) y llevaba rumbo de ir a convertirse en el Encyclopaedium, un Decamerón de decamerones.
       Zaragoza, la sucia Zaragoza pre-Expo, es un marco pintiparado para este relato con vocación de thriller. La secuenciación, el ritmo narrativo, la escenografía, los personajes, los diálogos... son los idóneos para un guión cinematográfico, tal vez para un cortometraje (no olvidemos al Román autor de varios guiones audiovisuales), en cualquier caso para un relato de género negro reconvertido en parodia, como no podía ser menos siendo Román su autor. El humor románico, cuando no es puro juego lingüístico, es puro sarcasmo. No edulcora la sátira, la subraya. Ahí tenemos a Valle-Inclán, uno de los referentes confesos del autor.
       La historia sigue un patrón clásico en la novela negra. Los "buenos", unos voluntariosos aunque pánfilos periodistas de provincias que ya habían fracasado en el empeño de sacar adelante un periódico, lo intentan de nuevo, esta vez contando con sólidos respaldos. Los propietarios de la cabecera hegemónica y decana de la región no están dispuestos a permitirlo, y recurren al procedimiento más genuinamente gangsteril: la eliminación física de sus competidores, contando, como sicario, con el propietario de un restaurante especializado en setas.
       El ritmo del relato se remansa cuando es conveniente –la prosopografía del cuarteto protagonista, la sobremesa de la comida, en la que dan lectura a sus autonecrológicas–, y se agiliza en las secuencias finales, que alternan la búsqueda, por parte del taxista, de los presuntos intoxicados con la descacharrante actuación de los cuatro tarambanas durante la representación de "La Cubana". Tras una serie de peripecias, en las que el tono humorístico evidencia la intención paródica del relato, la tragicomedia finaliza, en un giro inesperado, sacrificando como víctima –ahí está la reminiscencia trágica– al personaje más genuinamente inocente del relato: Igor, el can glotón del restaurante.
       Micología... es, en definitiva, una fábula en la que lo urbano en general, y Zaragoza en particular, se presenta como un escenario estimulante para determinados comportamientos y actitudes. Y donde las relaciones de poder en el mundo de la prensa provinciana son mucho más que una excusa para el desarrollo de una historia en la que los elementos de sátira social aparecen pudorosamente enmascarados con el antifaz de la parodia.
       
       Una montaña privada
       
       Cuando apareció La serpiente multicolor hace nueve años ya, en una hermosa edición de la DPZ, ilustrada por Enrique Ascaso, nuestra primera reacción fue de sorpresa o, mejor dicho, de múltiples sorpresas porque aquel no era el relato que esperábamos que José Antonio Román escribiera. Nunca nos atrevimos a preguntarle por qué había escrito esa historia ni por qué la había escrito así. Un autor tan personal como él, que más adelante se revelaría como singular en las letras aragonesas, sólo puede escribir desde la libertad y la libertad conlleva no tener que dar explicaciones, no tener que justificarse de nada.
       La primera sorpresa fue que eligiera un relato tan rural, una especie de elegía pastoril, cuando él era un hombre eminentemente urbano. O así lo veíamos nosotros. En aquel tiempo, en la década prodigiosa de los 20 años (coincidente con la turbulenta década de los 60 en Europa), él se conocía Zaragoza mejor que nadie. Era entonces representante de un laboratorio farmacéutico y se pasaba el día pateando la ciudad de consulta en consulta. Aunque él se quejaba de su profesión, nosotros lo teníamos casi como a nuestro médico de cabecera. Sabía mucha medicina práctica, aprendida probablemente en salas de espera, en conversaciones entre colegas o entre pacientes. No andábamos muy descaminados porque él nos suministraba un jarabe milagroso para la tos, que producía una agradable somnolencia, y una crema contra las picaduras de insecto que olía a jabón de bebé y un sucedáneo de la aspirina que hacía milagros. En La serpiente... hay precisamente un episodio que recuerda su "faceta sanitaria", en el que el pastor Pedro recurre a una receta tradicional para curar una herida: "En las partes más golpeadas pone un emplaste a base de pétalos machacados de manzanilla y sebo de culebra, que cubre con cataplasmas de fino lienzo..." Hay tal mimo en la descripción de esta práctica de enfermería que nos hace pensar que Román nunca olvidó su oculta vocación de médico. Sí, José Antonio fue un escritor pero antes de eso, o a la vez, fue muchas cosas, entre otras, nuestro internista favorito. Y nunca nos dijo que dejáramos de fumar mientras ejercía su labor sanitaria en aquellos escenarios de zarzaparrilla y cerveza con limón, donde la espuma de los días dibujaba pactos de amistad eterna en mesas de mármol.
       Sí, él era un hombre esencialmente urbano, como lo éramos todos sus amigos y como también lo era entonces (o habría de acabar siéndolo), no lo olvidemos, la misma gente del campo que iniciaba un éxodo masivo hacia la capital. Zaragoza crecía rápidamente con aquéllos que abandonaban la agricultura deslumbrados por el desarrollismo franquista que estaba transformando las ciudades. Y la vida diaria se estaba haciendo más cosmopolita, nunca tanto, ¡ay!, como en Barcelona, meca de la modernidad contestataria. Ese cosmopolitismo había que verlo, naturalmente, en términos muy relativos, pues la España de Franco seguía gris y cerrada, muy temerosa de las corrientes de aire provenientes de fuera. Y, a lo que íbamos, sorprendentemente, el urbanita José Antonio Román gira la mirada y el corazón hacia las faldas del Moncayo.
       Si intentamos encontrar una explicación a su éxodo literario de la ciudad, puede que no haya otra que la del amor. Como autor, Román no es un escritor de sentimientos sino de actitudes. De entrada, hay en él un pudor muy propio de la masculinidad que impide la expresión del sentimiento amoroso y, por extensión, de los que se desprenden de éste. Pero todos fuimos testigos cercanos y privilegiados de su idilio permanente con María Elena Sanjuán (desde su noviazgo hasta el 23 de abril de 2007) y es inevitable recordar cómo ella, con esa maravillosa espontaneidad que siempre la ha caracterizado, nos decía que daba igual los años de matrimonio que hubieran transcurrido, que ella "seguía temblando" siempre que le cogía la mano a su marido. Era un amor fresco, siempre reciente, indisimulado, que nos transmitía un optimismo contagioso, que creaba un ambiente acogedor y feliz allí donde nos encontráramos, fuera en su casa o en cualquier otra parte. Pero José Antonio no escribió en La serpiente multicolor un relato de amor al uso sino que lo hizo de una manera oblicua, inequívocamente metafórica.
       Si estuviéramos escribiendo una crítica académica, de enfoque más o menos psicoanalítico, de este relato diríamos que allí donde él escribe "Moncayo" habría que leer María Elena. El Moncayo (mons canus: monte blanco), que siempre ha sido masculino, se convierte así en la montaña-mujer-novia-amor. Sí, curiosamente, La serpiente... está llena de nombres reales, empezando por el de Pedro Sanjuán Flores (su suegro en la vida real), José Ángel Monteagudo (su yerno), Julio Alejandro (del que escribiría una biografía en 2005), Buñuel o Fernando Lázaro Carreter entre otros muchos. Todos ellos hablan, piensan, sienten y viven con referencia a la montaña. Y a María Elena no se la nombra. Pero todo el relato es un homenaje a ella, a la geografía que la vio crecer, a su familia, a su ambiente. Este homenaje indirecto se centra especialmente en Pedro, el padre de María Elena.
       En muchas ocasiones, cuando estábamos reunidos en casa de ellos, aparecía Pedro, un hombre sonriente, bondadoso, amable y cordial siempre con los amigos de su yerno, al que admiraba. Esa admiración era mutua y Román elige a su suegro como héroe de su relato. En él, Pedro aparece como un pastor casi mitológico, como el último hombre de campo, como el portador de la autenticidad de la tierra en su relación con los astros y el ciclo de las estaciones. Pedro es historia viva de la montaña, de la España de la Guerra Civil y exponente de una civilización sin artificios, que es pura tradición y pura verdad. Pedro también es, no podía dejar de serlo, el héroe salvador, una especie de divinidad que rescata a los heridos y a los desorientados. Su figura domina la historia porque, insistimos, José Antonio Román también habla de él para hablar de quien no nombra, es decir, de su mujer.
       Y José Antonio se entrega al paisaje de su suegro con una actitud de inmenso respeto y reconocimiento y lo hace (en lo que sería después la principal característica de su estilo) a través del léxico porque nada hay como las palabras para designar la verdadera naturaleza de las cosas. Parece que, para él, fueron los nombres los que dieron origen a éstas. La famosa frase de Gertrude Stein, "Una rosa es una rosa es una rosa", explica bien la mirada de Román Ledo. De frente o de lado, desde lo alto o desde ras del suelo, desde todas las perspectivas, "sifón", "trujal", o "caléndula" son nombres tan certeros que sólo pueden representar lo que representan y, así, las palabras que le fascinan abandonan su carácter meramente lingüístico para existir como objetos tridimensionales y contundentes. En otro momento, se queda maravillado ante los nombres de las calles de Tarazona: Pimpín, Marimancebo, Cienflorines..., todas ellas reales, mientras que otras veces recurre a la invención, en un ejercicio de humor muy tradicional en la literatura española, como pasa con los nombres de los ciclistas: Valentín O'Zono, Angelo Pedale o Julen Biciberría.
       Algo que deberíamos destacar es que, para enfatizar su reconversión a lo rural como territorio mítico, muestra cierto menosprecio irónico hacia lo urbano. Sorprende que José Antonio, un hombre tan puesto al día, tan curioso, de las corrientes artísticas de vanguardia se burle, por ejemplo de Andy Warhol, al que llama "iconoplasta". Es inevitable ahora recordar las reuniones casi diarias en casa de Alejo Lorén, a las que acudía José Antonio junto con Ignacio Prat. Lorén y Antonio Maenza eran unas auténticas autoridades en cuanto al cine, seguidos muy de cerca por José Antonio, que había dirigido cineforums, en aquel tiempo muy en boga. Entonces, los cinéfilos se dividían en dos grandes grupos: los seguidores de la revista Film ideal y los lectores de Nuestro cine. La primera estaba más a favor del cine americano (Sturges, Minnelli) mientras que la segunda apostaba por el cine europeo. José Antonio e Ignacio eran filmidealistas mientras que Lorén y Maenza se decantaban por Pasolini, Godard y la Escuela de Barcelona. El cine era, independientemente de nuestras aficiones, una manera de escapar del dichoso monotema: la política-Franco-España. Y ahora que ha pasado tanto tiempo, tendría sentido pensar que éramos un grupo de gente muy poco interesada en la política pero obligada circunstancialmente a obsesionarse con ella. Recordamos a Prat como un erudito y gran poeta, a José Antonio Román como un gran lector de literatura sudamericana (sus favoritos: Rulfo, Lezama Lima, Cortázar) y muy entendido en cine clásico, a Maenza (director del film underground "El lobby contra el Cordero") como un excéntrico situacionista, devorador de la revista Tel Quel y quizá en ellos, en todos nosotros, la conciencia política estaba un poco impostada. Éramos resistentes culturales al régimen, nada más. O nada menos.
       Y si se hablaba tanto de cine y de literatura, no se hablaba de deporte. La oposición al franquismo pensaba en el deporte como algo "alienante", como un arma del régimen para distraer al pueblo de la falta de libertades que padecía. Pensándolo bien, es casi imposible que no hubiera nadie entre nosotros aficionado al fútbol. Probablemente sí que lo había, pero ese "alienado" habría tenido que mantener su afición en secreto y su asistencia a los partidos como clandestina. Nunca oímos hablar a José Antonio Román de deportes y, sin embargo, otra sorpresa, su primer relato publicado es sobre una vuelta ciclista.
       La serpiente multicolor es un relato de un clasicismo modélico, que tiene sus raíces en Azorín, en Machado, en Delibes, pero no se puede evitar leerlo como un retrato del José Antonio Román que no conocimos. Del José Antonio que no supimos o no quisimos ver (a los 20 años exiges que el mundo y las personas sean como uno quiere que sean). O quizá sea un retrato del José Antonio que sólo se dejaba ver por María Elena. Él escribió una historia de un ciclista accidentado, que, cuando recupera la consciencia, se enamora de una montaña. Hemos tardado nueve años en darnos cuenta de que el ciclista era él.
       
       Zaragoza, marzo 2008
       Juan Mª Marín y Fernando Villacampa

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores aragoneses"