30/06/1991

Bharati Mukherjee. Jasmine

Bharati Mukherjee Jasmine. Trad. de Mercedes Ramón.Ediciones B. Barcelona, 1991. 237 páginas. 1.800 pesetas.
       
       CONTRA LA INSIGNIFICANCIA
       Un día, un viejo astrólogo le dio a Jasmine un coscorrón en la cabeza que le hizo caer y morderse la lengua. En el suelo, aquella niña magullada se dio cuenta de que era sólo una mancha en el sistema solar. En algún momento de nuestra vida, generalmente temprano, todos nos damos cuenta de que somos una nimiedad y, en consecuencia, decidimos sacar provecho de esa nadería. Jasmine, en cambio, no lo acepta y esta novela es la historia de alguien que se rebela contra la insignificancia. La insignificancia de ser una mujer de pueblo, no en el Punjab exactamente sino en el cosmos, casi nada.
        Novela sobre la integración del inmigrante—y ¿qué es la integración sino una continua pelea con la memoria?—; novela sobre el amor y el dolor de destrozarlo cuando aún dura; novela sobre America, es decir, sobre Occidente, desde el Este de nuestra conciencia: Jasmine no debe pasar desapercibida.
        Destinada a ser una ignorante muchacha, respetuosa con la tradición, Jasmine no acepta su destino. Se siente protegida por fantasmas femeninos que la hacen fuerte. Las hadas protectoras han tenido la precaución de colocar a hombres listos y comprensivos en el tortuoso tránsito de Jasmine por el planeta tierra. Curiosamente todos esos hombres mueren. En realidad mueren cuando ya han cumplido su objetivo. La cosa está clara: todas las vidas son igualmente insignificantes y cada vida tiene una misión, y más allá de ésta todo es inutilidad. El padre evita que sea entregada a un viudo poseedor de ocho mil áreas de terreno y poco después muere corneado por un buey. El maestro, que le ha enseñado el valor de la inteligencia y, además, inglés, es asesinado a tiros por dos terroristas. Prakash, el esposo que le despertó al amor, que le enseñó la blasfema teoría del respeto y la igualdad entre los sexos, salta por los aires cuando dos sijs fanáticos le arrojan una bomba, que quizá iba dirigida a Jasmine. La escala de Brahma es tan amplia como el espacio en el universo: una misión puede ser tan simple como cortar una flor y soltar cierta semilla; otra, tan trascendente como morir por otro.
        Muerto Prakash, Jasmine habría de encerrarse en casa con su madre viuda. Y pudrirse. Pero tiene diecisiete años y una misión, que es la de cumplir el sueño de su esposo—su sueño común—de instalarse en Estados Unidos. A partir de aquí inicia un viaje al "otro lado de la tierra, fuera del alcance de Dios, donde podría decir y ser lo que quisiera". Nuevas estrellas, nuevos hados. Nuevos hombres.
        Frágil espalda mojada, es violada por Mediacara, un excombatiente de Vietnam, dedicado al contrabando humano. Un día, en el lejano Hasnapur, Jasmine tuvo que enfrentarse a un perro salvaje y le destrozó la cabeza con un bastón; a Mediacara le corta la yugular. El talento de Bharati Mukerjee para narrar, continuamente presente a lo largo de la novela, te deja sin respiración en este capítulo. La intensidad y la complejidad de las emociones, los rápidos cambios que se producen en su mente—de viuda adolescente a implacable matarife, del suicidio purificador al asesinato como salvación—, la descripción de la pesadilla, que te hace revolverte en tu asiento, que te salpica de sangre, configuran un climax de extraordinaria corporeidad. No hay otro capítulo igual. Es una ceremonia sangrienta de iniciación que Jasmine salva con éxito. Jasmine ya es una superviviente, ya es un ser que merece la felicidad y America le arropa con una manta de barras y estrellas. A partir de aquí, la obra da un bajón en dos frentes. Por un lado, el lenguaje de Mukherjee es altamente poético (la traducción es admirable) pero sabiamente sometido a los cambios de la realidad metaforizada. Es evidente que la realidad no es lo mismo en el Punjab que en Manhattan o en Móstoles. En Hasnapur "lo metafórico y lo literal convergen", en Nueva York, no. Y claro, aunque esto sea un acierto estilístico de importancia, el lector lo nota. En segundo lugar, ocurre algo grave: no sólo esa mujercita paleta se queda deslumbrada ante la versión más tópica del sueño americano, a la autora también le pasa lo mismo. En Nueva York se coloca en la casa limpia y confortable de un profesor todo-americano y es allí donde comprende la esencia del país que la ha acogido: "En Hasnapur, la mujer que mezclaba los excrementos de vaca con adobe puesto a secar para levantar paredes" era considerada una criada, mientras que ella, que cuida de la única hija, rubita y lechosa, de este matrimonio tan guapo, es tratada como de la familia. ¡Oh, thank-you, Brahma, Shiva y Benjamin Franklin!
        Luego, en los campos de Iowa, un mundo regido por las leyes de la naturaleza como la vieja India, la historia remonta y Jasmine alcanza la plenitud. Ella es un ser con una equilibrada mezcla de savia y hemoglobina corriéndole por las venas, es mujer pero podría haber sido árbol; entiende el lenguaje de la tierra y el de las estrellas, pero el diálogo que mantiene con las fuerzas del cosmos no es sincrónico. A veces le hacen gestos cuando ella tiene los ojos cerrados o le hablan cuando el ruido exterior es excesivo. Casi siempre llega tarde: su viaje es el de un tornado y para conseguir la felicidad, deja todo un rastro de dolor. La autora nos hace descifrar las señales del destino, intuír la progresiva presencia del olvido, asistir a la liberación de Jasmine de sus dioses. Es un viaje que te deja exhausto. Pero eso es lo que sigue siempre al placer.
        Es una novela fluida, escrita desde el alma y con frecuencia emocionante. Esto quiere decir que la autora se atreve a mantener con el lector una relación estrecha. Ya cansa ese escritor que te deja a solas con lo narrado, reservándose la cómoda distancia del ironizador. Bharati Mukherjee, en muchas páginas, te aprieta el nudo de la corbata y luego lo afloja sin ningún sonrojo. La lectura de esta novela supone una experiencia sensual, una cuestión de piel. Por eso, por tantas cosas, hay que guardar este libro en el estante de las relecturas, ese estante en el que nuestros sentimientos y las palabras ajenas se han revuelto. JUAN MARIN
       Publicado en El País/Libros, p.2 domingo 30/06/1991

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"