18/08/1991

Truman Capote. El arpa de hierba

Truman Capote El arpa de hierba Trad. de Joaquín Adsuar. Biblioteca Truman Capote. Editorial Anagrama. Barcelona, 1991. 187 páginas. 1.300 pesetas.
       
       EL ORGULLO DE SER DISTINTO
       
       imagenCuando el viento agita la pradera, ésta emite unos sonidos muy parecidos a los de un arpa de voces que contara las vidas de una pequeña comunidad sureña. La muerte cambiará los protagonistas pero el viento y la hierba seguirán contando historias. Truman Capote es un maestro en contar con indiscutible sencillez lo que tiene de complicado la vida. Esta sencillez viene de su talento, de su disciplinado oficio y, sobre todo, de haber escuchado con atención muchas narraciones orales. Cuando alguien cuenta una historia de viva voz, está viendo en los demás el brillo curioso de los ojos o la inesperada aparición de un bostezo. Capote sabe escribir oralmente y eso le hace fascinante.
        A los once años, Collin va a vivir con las hermanas de su padre, Dolly y Verena. Verena es dura, práctica y ambiciosa; Dolly es cariñosa, soñadora y un poco loca. Dolly es depositaria de una fórmula secreta contra la hidropesía y en la elaboración de este remedio le ayudan Catherine, su criada negra, y Collin, creándose entre los tres un fuerte afecto cómplice. Un día Verena y Dolly se enfadan y ésta decide marcharse a una casa construida en un sicomoro. Entran así en las filas de los personajes arbóreos, allí donde están el Tarzan de Rice Burroughs y el barón rampante de Calvino. Del suelo a las ramas hay una distancia corta pero simbólicamente importante, una aproximación a la gracia, una protección de la inocencia. A Dolly, Catherine y Collin se les unen el juez Charlie Cool—un hombre rechazado por sus hijos al descubrírsele un episodio de platónica paidofilia—y Riley Henderson, un joven fuerte, seductor y descarado, aficionado a las chicas, la caza y la carpintería; un Huckleberry Finn.
        En la casa del árbol se han reunido cinco solitarios que se sienten extraños en la pequeña comunidad. Este es uno de los temas principales del libro, la exaltación de la diferencia, la reivindicación de la singularidad. El mundo de abajo, el de la normalidad intolerante, que representan Verena, el reverendo Buster y el sheriff tratarán de hacer bajar por la fuerza a estos seres del árbol pero ellos se resistirán porque es ahí—en el territorio secreto de la inocencia y la infancia perpetuada—, donde cada uno puede aceptar su propio yo: "¡Cuánta energía desperdiciamos escondiéndonos unos de otros, temerosos de que se nos conozca, de que nos identifiquen!". Capote escribe sobre el orgullo de ser distinto.
        Esos cinco locos se van contando lo que nunca contaron a nadie. Collin escucha y se va haciendo adulto. Collin se enamora, él cree que de Maude, una compañera de escuela, pero el lector ve que quien realmente le atrae es Riley Henderson. Aceptarse, decidirse a vivir la propia vida es lo que la experiencia del árbol ha podido enseñarle.
        Al fin, la razón se impone y el sueño acaba. Todos vuelven a su casa pero sus vidas han quedado marcadas por el tiempo pasado en el bosque, en aquel reducto de generosidad, afecto y tolerancia. Collin se va a la universidad, Maude y Riley se casan y la muerte empieza a llegar a quienes la esperan. Capote mira con nostalgia unos años, los de la adolescencia, en los que aún se podía pensar que la vida iba a ser de otra manera. Transmite al lector el temblor de que, una vez, en algún sitio inconcreto, se perdió la posibilidad de ser felices.
        La novela está cuajada de historias. Una de ellas, la de la Hermana Ida, constituye por sí sola suficiente justificación para leer este libro. En un momento, Ida interrumpe la narración y eso contraría a Collin/Truman: "Me hubiera gustado patear y silbar como lo hacen los gamberros en el cine cuando de repente se rompe la película y la pantalla se queda a oscuras." Un hombre sensible, que escuchaba fascinado narraciones orales, se hizo escritor. Y eso fue una suerte para nosotros: la tristeza que da terminar la lectura de El arpa de hierba lo demuestra. JUAN MARIN
       Publicado en El País/Libros, p. 3 18/08/1991

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