01/11/1991

Bret Easton Ellis. American psycho

Bret Easton Ellis. American psycho. Traducción de Mariano Antolín Rato. Colección Tiempos Modernos. Ediciones B. Barcelona 1991. 468 páginas. 2.100 pesetas.
       
       DE PSICÓPATAS Y OTRAS MARCAS
       
       Hace unos tres años, un americano joven, muy bien vestido de traje y corbata, paseaba de madrugada por la Gran Vía madrileña. Ya se sabe que de madrugada pasean muchos hombres solos y hay muchas chicas en las aceras. El americano elegante llegó a un acuerdo con una de ellas y se la llevó a su hotel. La mujer se debió poner muy contenta porque aquel cuerpo atlético y blanco emitía un olor a dólares que embriagaba. Al día siguiente se supo toda la historia: el hombre la había atado antes de descuartizarla y, finalmente, la había arrojado por la ventana. Se detuvo y se encarceló a este ejecutivo de una multinacional, padre ejemplar y empleado leal e intachable, que había dejado huellas por todas partes, muy despreocupadamente porque se creía impune. Muchos se preguntaron qué habría hecho este caballero en sus viajes por países como Brasil o Filipinas, donde la policía dedica más horas a dormir y donde hay miles de mujeres que no existen, que no figuran en los censos. Lo que es cierto es que el psicópata americano existe y, lo que es peor, no se queda en Detroit. El viaja.
        Ahora se ha montado un gran revuelo con la última novela de Bret Easton Ellis, American Psycho. Resulta escandaloso que un escritor barbilampiño—que tenía que destilar el optimismo propio de su preciosa juventud— describa tan minuciosamente y con absoluta ausencia de implicación moral el sadismo más espeluznante, ese que debió darse aquella noche en aquel hotel madrileño. Mucho más finos y menos minimalistas fueron los reporteros de la CNN cuando narraban las batallas del desierto, ocultando tras banales metáforas—por una simple cuestion de buen gusto editorial—esa técnica guerrera que consistía en enterrar vivos a miles de iraquíes en sus trincheras. La victoria sobre Irak se visualizó en un gran desfile, en una celebración pornográfica de la violencia de estado. Y todos tan contentos.
        Cuando leí la primera novela de Ellis, Menos que cero, con su combinación fifty-fiftyde sexo duro y cuarenta principales, no pude sino sentir cierta decepción de que una editorial modélica como Anagrama pudiera haber publicado esa muestra de realismo basura, descaradamente comercial. Ahora he cambiado de opinión: Ellis—a su pesar—es un escritor político. Las andanzas de un ejecutivo por el desierto de la nocturnidad madrileña y de centenares de paisanos suyos por el desierto kuwaití, lo han convertido en un cronista del lado más oscuro y más perverso de la metrópoli. A eso se le llama subversión, y el colérico pataleo de editoriales y críticos estadounidenses es la consecuencia lógica. Ellis enseña al monstruo tal cual, aunque, eso sí, lo vista de Armani y Ralph Lauren.
        En American Psycho, que contiene páginas repugnantes y medianamente escritas (y muy bien traducidas), se dibuja al psicópata—un tal Patrick Bateman— con hiperrealismo, es decir, con todos, todos, los detalles que podrían configurar el ideal moderno del urbanita americano. Marcas, las más caras y más exclusivas, escenarios lujosos, coches de quitar el aliento y otras señas de envidiable poder adquisitivo ocupan líneas y líneas de la novela, convirtiéndola en un cruce entre Robbe-Grillet y Jackie Collins. Ellis construye personajes enumerando lo que compran, lo que se ponen, lo que tocan y lo que escuchan, y no pidamos más. No hay nada: no hay relaciones personales basadas en sentimientos, porque los sentimientos no se prestan a una política de marketing, de diseño distintivo. No hay, naturalmente, familia. Los padres son una sombra cuyo máximo grado de corporeidad lo constituye el que son origen de una futura y espléndida herencia. El hermano tan sólo es un competidor al que el protagonista de esta historia bien a gusto cortaría a pedazos. No hay amor ni humor en la novela de Ellis, simplemente porque él no los ve en esa sociedad de shopping center, y ya se sabe que cuando el amor y el humor faltan, aparecen los inevitables sustitutos: violencia y aburrimiento.
        También hay que decir que Ellis escribe para excitarse; esto lo han hecho escritores tan comedidos como Foster, en La vida futura, y Vazquez Montalbán cuando escribe sus recetas. Lo que pasa es que Ellis no es comedido, es decir, que necesita mucho para excitarse y eso lo paga el lector, que en algún momento ve como su capacidad de aguante se agota. En cuanto a su estilo, hay que añadir que se nota constantemente, a lo largo de las casi quinientas páginas, que Ellis quiere adquirir pronto un loft en Manhattan y una casa en Malibú y eso, claro está, también lo paga el lector. Pero quizá Ellis se haga inmensamente rico enseguida, y ya no necesite escribir más. Ello nos ahorrará alguna náusea, aunque la literatura norteamericana de este siglo cruel pierda un cronista político implacable.
        Un último párrafo: cuando terminé de leer la novela, me fui a dar un largo paseo. Al final, me senté en una terraza y pedí eau Vittel con hielo y limón. Estaba a gusto, soplaba una leve brisa y mi camisa vaquera de seda de Adolfo Dominguez ondulaba levemente sobre mis hombros. En la mesa de al lado, una mujer de unos treinta años sacó un paquete de Lark de su bolso de Loewe y me pidió fuego. Yo se lo dí con mi Cartier de laca negra y no respondí a su sonrisa. No quería ligar esa noche, una idea había empezado a obsesionarme: Patrick Bateman deja grabada una confesión de sus crímenes en el contestador automático de alguien, que, naturalmente, no le creerá. ¿Y si Breaston Ellis hubiera transcrito las andanzas auténticas de un psicópata, previamente registradas en cinta magnetofónica? ¿Y si quisiera comprobar que el crimen da placer, es impune y, además, produce ganancias? ¿Y si yo, en tanto que comprador y lector, estuviera metido hasta el cuello en la porquería moral que American Psycho tan bien describe? JUAN MARIN
       Publicado en Ajoblanco, p. 89 Noviembre 1991

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"