28/12/1991

Amy Tan. La esposa del Dios del Fuego

Amy Tan. La esposa del Dios del Fuego. Traducción de Jordi Fibla. Tusquets Editores. Colección Andanzas. Barcelona, 1991.
       
       LA FUERZA DEL YIN. EPOPEYA DEL AGUANTE DE UNA MUJER CORRIENTE
       
       Si no fuera porque comen medusa, las familias chinoamericanas serían exactamente iguales a las españolas. Los mismos ritos, el mismo entramado de complicidad y distancia, de egoísmo y dependencia; tías entrometidas, primas hipócritas y yernos silenciosos que se reúnen en las ceremonias, aparentemente jubilosos por encontrarse. Pero en lo que no se dice, en los gestos y en las miradas que siguen a las sonrisas, se agazapan mentiras mal aceptadas por todos. Como en la anterior novela de Amy Tan, El club de la buena estrella, cada personaje es una puerta sólida, de superficie limpia y abrillantada, que la autora va a abrir de golpe. Acaba de morir la tía abuela Du y la tía Helen cree tener un tumor cerebral. Es, pues, el momento oportuno para que Winnie desvele todos sus secretos a su hija Pearl, una terapeuta para niños con dificultades del habla, felizmente casada, y que padece, sin que su madre lo sepa todavía, esclerósis múltiple en estado estacionario. Ronda, como se ve, la muerte y su presencia desbloquea los mecanismos de la memoria y enfrenta a los hombres a la verdad pues la falsedad no es nunca mortaja adecuada.
        No sólo es su avanzada edad o la presión de los demás lo que hace a Winnie empezar su confesión, abrir su propia puerta, sino también la necesidad de arreglar cuentas con la tradición y colocar a algunas divinidades donde se merecen, es decir, en el cubo de la basura. Hace mucho tiempo hubo un hombre que hizo sufrir a su buena esposa hasta que la expulsó de casa. Aquel hombre mezquino y cruel pronto se vio en la más extrema indigencia pero el destino le procuró cobijo en una cocina, que resultó ser la de su antigua mujer. Guiado por el miedo y la vergüenza de enfrentarse a ella de nuevo, se refugió en la chimenea, donde ardió. Entonces los dioses juzgaron como arrepentimiento lo que era cobardía, le hicieron Dios de los Fogones (no sé por qué la traducción le ha ascendido de categoría) y le encargaron la misión de vigilar la conducta de cada familia, cuya suerte dependería de su informe. Se trata, pues, de un dios mezquino y cotilla, de un membrillo sin cualidades, cuyo poder procede exclusivamente de un machismo milenario y celestial. Winnie inicia la larga narración de su vida con una razón poderosa: reivindicar la figura de la esposa del dios perverso y chivato, de esa mujer olvidada que, como dice un personaje de El club de la buena estrella, debió aceptarlo todo, fluir con el Tao sin producir ninguna ola, por el solo hecho de ser china.
        Como los buenos relatos de siempre, esta novela se abre con un entierro y se cierra con una boda, y, en medio, Winnie recuerda, se desvela, se purifica. Es un largo monólogo que, sabiamente, está salpicado de referencias en segunda persona. La hija escucha fascinada y nunca interrumpe y así, el lector se convierte en Pearl. Esa transmutación se produce enseguida; como muy tarde, a la altura de la página 125. La vida de Winnie, que arranca en 1920, es una epopeya sin héroes, siempre entendida como una sucesión de avatares y desgracias, que se centra en las víctimas, en los cobardes y en los indefensos, en un país y en un momento histórico—la invasión de los japoneses, los años anteriores al comunismo—donde lo peor era siempre lo que ocurría a continuación. Esta mujer, exuberante de yin, la esencia femenina, resiste todas las pruebas, por terribles que sean, gracias a la esperanza, esa versión dignificada del instinto de supervivencia. Amy Tan ha escrito un canto épico sobre la capacidad de aguante de una mujer corriente y, por extensión, de la de todo un pueblo. Para ello ha escogido una estructura narrativa cercana a la tradición de los cuentos encadenados, tradición que recoge la telenovela actual: cada capítulo posee entidad propia y, a la vez, un final que te obliga a iniciar el siguiente. Es el truco de los narradores compulsivos, de los que nacieron para encandilar al que escucha. Con respecto a la novela anterior, ésta ha perdido fuerza poética aunque ha ganado intensidad narrativa. El talento sigue saliendo del corazón de su autora pero ahora se ha detenido bastante más en el cerebro: hay en La esposa del Dios del Fuego un respeto inteligente por las leyes del éxito de ventas. Por un lado, el dolor es siempre verosímil pero lejano, agua que ya no mueve molino. En todo momento sabemos que la víctima de tanto padecimiento se ha salvado, porque está delante y ya es ciudadana americana. Por otra parte, estamos ante el viejo tema del triunfo de los más fuertes. La protagonista es arrancada de su familia, es casada con un marido no deseado e indeseable, conoce la miseria, la muerte y la cárcel mas, al final, consigue una buena boda en tierras de Florida. En realidad, el trayecto de la semiesclavitud al triunfo personal consta de tres fases: el sometimiento, el autoconocimiento y la rebeldía, y la libertad. Cada fase corresponde a una generación distinta de mujeres: la tía abuela Du, la narradora—Winnie—, y la hija—Pearl—. Son tres manifestaciones de una sola mujer que, en ella, resume la historia de la mujer americana de origen chino.
        Por supuesto, hay muchos más temas en esta historia apasionante: la exaltación de las relaciones madre-hija, la fuerza de lo femenino, y la validez de la experiencia y la tradición. Amy Tan lo cuenta con buen pulso: el climax de la tragedia se lleva al límite pero nunca más allá y cuando la tensión corre el peligro de agotarse, aparece el alivio de la comedia. Su estilo ha asimilado bien la lección de los narradores clásicos americanos: no hay palabras de más y cada situación dura lo justo. Amy Tan escribirá cada vez mejor si logra controlar la tendencia a lo excesivamente comercial—ese episodio violento del último encuentro entre Winnie y su ex-marido indica que las musas americanas hacen sonar sus monederos—pero, de momento, ningún defecto es suficientemente importante para enturbiar la calidad de su escritura. La esposa del Dios del Fuego es un golpe de suerte para el editor; para el lector, es un placer altamente adictivo. JUAN MARIN
       Publicado en El País/Babelia, p. 17 28/12/1991

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"