17/02/1992

Tatiana Tolstoi. Sonámbulo en la niebla.

Tatiana Tolstoi. Sonámbulo en la niebla. Trad. de Lydia Kúper. Colección El espejo de tinta. Mondadori. Madrid, 1992. 215 páginas.
       
       DETRÁS DEL ROSTRO PERPLEJO Tatiana Tolstói retrata el presente soviético
       
       A lo largo de este último año hemos sido testigos estupefactos de la fragmentación de una nación, del cambio de la economía estatal por la de mercado, del olvido militante de los ideales comunistas, en la ya extinta Unión de Repúblicas Soviéticas. Siempre hemos visto a ese individuo anónimo, que ha asistido a estas transformaciones en vivo, como un punto oscuro en concentraciones masivas, como una hormiga de rostro aterido en infinitas colas, suficientemente desdibujado por la baja definición de nuestro televisor. Pero, ¿cómo se adapta ese hombre a esos velocísimos giros de lo colectivo a lo individual, de las grandes ideas comunistas a la consideración del ombligo como centro del universo? Ese súbdito que hace cola es alguien que se ha quedado sin referencias, un ser que camina en la semioscuridad. Tatiana Tolstoi utiliza el zoom a fondo y nos coloca detrás de su rostro. Denísov, el personaje central de Sonámbulo en la niebla (qué magnífico título, por cierto), sólo es vagamente consciente de que su cuerpo ocupa un minúsculo apartamento de una ciudad en un mundo que él no hizo. En una lotería secreta, y por tanto, incontrolable, a él le tocó nacer, educarse y conocerse en un país que ahora es como un espacio sin nombre, que de tantas fronteras no tiene ninguna, y que, de repente, es un concepto sin significado. Sobre el fondo de una nueva geografía—política, territorial,
       moral—nace un hombre nuevo en una habitación pequeña, oscura y vacía, como el útero materno. Cuando sale de ella, Denísov lo hace como el que acaba de nacer, cegado por la luz extrauterina: los demás son ruidos, sombras, figuras poco definidas, que hablan en un espacio en el que nunca han estado, tratando con angustia de establecer sus límites, de explicarse el caos de la nueva sociedad que, aunque esperada, resulta imprevisible. Los personajes sólo cuentan con el asombro para deambular con dignidad en una planicie desolada: "El destino nos ha saqueado: él está sin trabajo, ella sin seso, yo sin futuro." Denísov, en un continuo duermevela, cuando los sueños y la vigilia se entrelazan, va descubriendo a los otros sonámbulos, con sus obsesiones: la de sobrevivir, la de diferenciarse, y la de reajustarse mentalmente—¿es posible vivir sin ideología?—. El relato de Tatiana Tolstoi podría considerarse como una sesión de psicoanálisis de la perestroika pero también es, y muy especialmente, un brillante ejercicio de narración realista—costumbrista incluso—del estadio sueño/pesadilla que vive la sociedad rusa actual. A ello contribuye el estilo elegido, que sensiblemente combina el flujo de la conciencia, propio de Joyce, y el tono sencillo y humorístico con que Chéjov describía el color gris de la vida cotidiana del hombre de la calle. En los ocho relatos que componen este volumen, Tatiana Tolstoi se balancea en la cuerda floja de la tradición del realismo chejoviano: a veces se escapa hacia la fantasía, como en Serafín, o hacia lo abiertamente surreal, como en Limpopo; otras veces prefiere quedarse a ras de suelo, como en La más querida, una bella historia sobre el paso del tiempo, sobre los valores seguros que se han perdido, contada con ironía y con sentimentalismo proustiano. La visión de grandes nombres clásicos en la literatura de esta escritora no impide en absoluto darse cuenta de que estamos ante una voz absolutamente original. Lo primero que llama la atención es su maestría en la combinación de términos abstractos y concretos, cultos y coloquiales; otro rasgo que destaca es el uso del humor en contextos "tristes", conformando la acción, como en El poeta y su musa, o aliviando la tensión dramática, como en la delirante y esperpéntica descripción de Italia y El Vaticano, de Limpopo. El éxito de Natalia Tolstoi con su primer título, Fuego y polvo, estaba plenamente justificado: se trata de una escritora con gran talento para relacionar los objetos con los sentimientos, para representar algo tan escurridizo como la memoria, amueblándola de sensaciones hasta saturarla, y para acercar nuestra mirada—con su lenguaje asequible y rico, que da intensidad poética a lo más cotidiano—al entorno y al interior de esos seres que padecen la historia. JUAN MARIN
       
       Publicado en El País/Babelia, p. 17 08/02/1992

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"