17/04/1992

A.S.Byatt. Posesión

A.S.Byatt. Posesión. Trad. de Mª Luisa Balseiro. Anagrama. Barcelona, 1992. 544 páginas.
       
       PASIONES CEREBRALES
       
       Cuando las ideologías son un trasto inútil y la solemnidad metafísica ya no es más que un chiste, el autor sólo puede asirse a lo escrito, siempre y cuando no le dé excesiva importancia, porque dársela supondría una caída en los pecados de la antigua modernidad. La obra postmoderna es un artificio, un juego; lo profundo podría estar en el proceso de creación y en el grado de complicidad que se estableciese con el lector, quien habría de participar en la escritura. Se trata de una postura que agradecen muchos lectores pues supone un reconocimiento a su oscura tarea, después de tantos años en los que sólo se les permitía proyectarse en algún personaje o, como mucho, cerrar algún final que estuviera abierto.
        El tópico de que "ya no hay nada nuevo" está en el núcleo de la creación postmoderna. Ahora, en la era del microfilm y de la fotocopiadora, lo más honesto es utilizar y manipular la tradición, mezclando géneros, tiempos y espacios, y trabajando el pastiche y la parodia. Gracias a este cambio de sensibilidad en cuanto a lo único y lo distinto, los intelectuales de sólida formación literaria pueden "ponerse" a escribir novelas, y aunque el resultado sea una "novela", el éxito de público y crítica no están excluidos, como demostró Umberto Eco con El nombre de la rosa.
        De Antonia Byatt (1936- )—hasta hace muy poco profesora de Literatura Inglesa y Americana en la Universidad de Londres, y reputada narradora y ensayista—nos llega Posesión: un alarde de inteligencia, un ambicioso thriller cultural, gestado en las procelosas aguas del postmodernismo.
        Un día de 1986, en la Biblioteca de Londres, el joven Roland Mitchell consulta un viejo ejemplar de los Principios de una ciencia nueva, del filósofo napolitano Juan Bautista Vico, que había pertenecido al poeta victoriano Randolph Henry Ash. Roland es un profesor ayudante que trabaja en el departamento del Dr. Blackadder, dedicado obsesivamente al estudio de Ash. El libro de Vico está lleno de anotaciones manuscritas del venerado poeta, lo que pone en manos de Roland una buena primicia (ya lo decía Derrida: en los márgenes aparece lo esencial, el libro que "está fuera del libro"). Además, de este volumen caen dos cartas dirigidas a una mujer: los inicios de una aventura de implicaciones culturales y vitales imprevistas. Randolph Henry Ash es un trasunto del poeta Robert Browning (1812-89), una invención construida sobre cimientos auténticos. La identidad de la dama destinataria se descubre en el diario de Henry Crabb Robinson (1775-1867), famoso por su relación con los mejores escritores de la época: se trata de Christabel LaMotte, otra invención sumamente verosímil, oscura autora de un largo poema simbólico, El hada Melusina, que en su tiempo fue admirada por su "dulce simplicidad" y su "noble resignación" y que en la actualidad es vista por las feministas como una mujer violenta, que ha sabido expresar como nadie la muerte del falocentrismo (otro tema postmoderno). A LaMotte se le considera lesbiana y si es cierto que tuvo una relación amorosa con Ash, todos los estudios de enfoque feminista serían vueltos del revés. Roland se alía con la profesora Maud Bailey y ambos, acompañados siempre por el lector, se embarcan en una investigación que acabará condicionando sus vidas (aunque aseguraría que no la del lector). La pasión que se forja lenta y desenfrenadamente entre Ash y LaMotte acabará poseyéndoles en plena era thatcheriana, un tiempo en el que la intensidad del amor se medía con respecto al índice nikkei de la bolsa de Tokio. Los hijos del tardocapitalismo son todavía capaces de perder la cabeza, eso sí, con la mediación de la literatura.
        La relación entre Ash y LaMotte se rastrea a través de sus poemas, su correspondencia y los diarios de sus coetáneos. Para ello, Byatt hace un deslumbrante ejercicio de recreación de estilos y voces: son las palabras, antes que los acontecimientos o el contexto, las que transmiten el cerco moral que condiciona y define a los personajes. En la traducción, Mª Luisa Balseiro ha tenido que vérselas con manifestaciones muy diversas de la lengua de partida y el resultado es espléndido, aunque se eche en falta alguna nota aclaratoria más.
        La trama victoriana se contrapone a otra contemporánea que se desarrolla en el mundo académico, aproximándose al universo de David Lodge con sus divertidos pobladores del campus universitario. No es de envidiar la responsabilidad que recae en los personajes protagonistas, Roland y Maud, presos de un destino literario que les impide ser ellos mismos; los latidos se oyen en secundarios como el brillante y mezquino Fergus o la militante de Lesbos, Leonora Stern, una diosa de la farsa, o el profesor Blackadder, horrorizado por la banalidad de este fin de siglo. Hay que decir que sobre un trasfondo de pasión romántica y drama gótico—y también sobre una sutil historia del feminismo—fluye el buen humor inglés de siempre, con el que no han podido, gracias a Dios, Foucault y los lacanianos. Byatt ordena el caos en una estructura muy compleja, de espejos enfrentados y movimientos circulares, pero lineal. "La coherencia y el cerramiento son deseos humanos profundos que ahora mismo ya no están de moda"; no obstante, la aparente incoherencia de Posesión no es más que una invitación al lector para que se incorpore al proceso de creación y participe en este juego de rol para críticos vocacionales. Probablemente Antonia Byatt sea la novelista inglesa más lista y más culta de su generación; cuando se olvide de ello, escribirá una novela extraordinaria porque ésta ya casi lo es. Juan Marín
       
       Publicado en El País/Babelia, p. 11. 17 y 18/04/1992

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"