13/06/1992

Zhang Xianliang. La mitad del hombre es la mujer

Zhang Xianliang. La mitad del hombre es la mujer. Traducción de Iñaki Preciado y Emilia Hu. Ediciones Siruela. Madrid, 1992. 338 páginas.
       
       EL VALOR DEL DESEO
       
       A partir de las primeras páginas de este libro, el lector ya es consciente de que ha emprendido un viaje al corazón disidente de la China comunista que precede a la muerte de Mao Zedong. La lectura como experiencia vivida es lo que se produce ante un testimonio tan auténtico, tan primitivamente sincero como éste, que da cuenta de las condiciones culturales y políticas de una geografía y un espacio temporal, generalmente muy mal conocidos. A ello contribuye decisivamente la traducción de Iñaki Preciado y Emilia Hu, quienes en numerosas notas sobre la moneda, la pronunciación figurada, la religión, la política interior, o la acupuntura, convierten su versión en una edición crítica que nos acerca al texto y que le da a éste el carácter de estudio histórico y sociológico, de título de no ficción. No obstante, estamos ante una novela que revienta de literatura, donde la Historia se ve a través de los conflictos personales de un hombre concreto.
        Zhang Yonglin, un trasunto del autor, es clasificado como "derechista", lo que le supone ser condenado a campos de trabajo. Su delito es el peor que pueda darse ya que ser "derechista" es un sambenito que se lleva colgado de por vida: no basta con cumplir la condena sino que hay que ser rehabilitado oficialmente, pero una campaña política posterior puede anular esta rehabilitación e impulsar nuevas condenas. El estado de alerta permanente durante la Revolución Cultural, convertía a innumerables ciudadanos en congénitamente sospechosos. Este es el caso del poeta Zhang, que ha de reeducarse trabajando como pastor y cuidador de caballos (Las autoridades chinas consideraban primordial para la formación de una nueva sociedad que los intelectuales y los estudiantes vivieran la experiencia campesina, considerada como la mejor para eliminar cualquier resabio burgués). Es muy de agradecer que el protagonista no se haga nunca la víctima, aun teniendo motivos de sobra para ello; esto no supone la aceptación resignada del destino sino la actitud elegante del que se sabe conocedor del sentido y del poder de las palabras, es decir, del verso frente a la consigna, y por tanto, más fuerte. Toda experiencia negativa es positivada: "tratemos de levantarnos allí mismo donde hemos caído" (135).
        Paralelamente a su odisea de "peligroso derechista", Zhang narra su tortuosa historia de amor con otra condenada; historia que constituye un bellísimo ejemplo literario de la influencia de la política en los ámbitos más privados del hombre. Su relación, desde un temprano y fugaz encuentro en el cañaveral, no es otra cosa que un análisis de la pasión, que, satisfecha o reprimida, funciona como combustible para la libertad: en una sociedad reglamentada hasta en sus más mínimos detalles, el deseo recuerda al hombre su derecho a sobrevivir, como "el fino fluir del agua bajo una sólida capa de hielo, a la que poco a poco va royendo" (110, 130).
        Xianlang mezcla la descripción costumbrista de la vida cotidiana en el campo con visiones líricas del paisaje, de expresión poética muy sencilla pero muy eficaz, y con meditaciones políticas y morales para las que, sorprendéntemente en una novela escrita en los ochenta, se recurre a veces a los diálogos platónicos, girados hacia lo fantástico, como los sostenidos con su caballo y con Marx.
        Libro intemporal, de plácida belleza, cuya publicación en España coincide con la del entretenido folletín de Amy Tan, La esposa del Dios del Fuego, en el que se narran los años anteriores al triunfo de la revolución comunista; aunque La mitad del hombre es la mujer parta de un concepto de la narración y de una visión del mundo muy distintos, enriquecidos por el rigor y la autenticidad, ambos libros se complementan y ofrecen al lector materiales muy valiosos para la exploración, interna y externa, de un país que probablemente sólo hayamos visitado como turistas de televisor. Juan Marín
       
       Publicado en El País/Babelia, p. 14. 13/06/2008

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"