04/04/1992

Soledad Puértolas. Días del Arenal

Soledad Puértolas. Días del Arenal. Planeta. Barcelona, 1992. 239 pp.
       
       PUDOROSO ADAGIO. Soledad Puértolas, creadora de atmósferas.
       
       Pocos autores hay tan hábiles como Soledad Puértolas para la escritura del tiempo, que consigue avanzar con los relojes parados. En Días del Arenal, el tiempo se ha detenido en una calle del barrio madrileño de Chamberí, como se detuvo en aquella casa de mujeres de Todos mienten. Las personas envejecen inevitablemente pero gastadas por la pereza, por una lentitud viciosa. En todos los escenarios de esta novela, el tiempo se cristaliza, se vuelve eternidad espesa, para gozo supremo de aquellos que asocian ese estado con el "tiempo, también cristalizado, de la infancia". Las primeras páginas, dedicadas a la descripción de la calle Manises y su anclada temporalidad, suponen una exposición muy certera del estilo de la autora. Puértolas trata a las palabras como una madre autoritaria, sujetándolas, impidiéndoles que signifiquen algo distinto a lo que ella pretende. No les da ninguna confianza: en la narración, manda ella. El resultado de esta actitud es una prosa diáfana, con la que consigue un grado muy alto de complicidad con el lector, quien siempre entiende lo que se le está contando. La grandeza de la sencillez radica en la adaptabilidad del texto a las apetencias estéticas de cualquier receptor; su miseria es la de hacer que ese texto discurra próximo a lo manido. En esto último cae la autora algunas veces, no muchas, convirtiendo la sobriedad en un rasgo de desaliño.
        Iniciada la década de los cincuenta, en un piso de aquella calle, nace una historia de amor entre un señorito rentista, eterno opositor a notarías, y la mujer de un farmacéutico de pueblo, para quien esta relación supone su primera y única aventura extraconyugal. Aventura que se desarrolla intermitentemente en un modesto hotel de la calle Arenal hasta la muerte de ella, víctima de una misteriosa enfermedad. En principio, en esta historia hay amor, pasión y romanticismo pero el lector no ve estos ingredientes si no hace un esfuerzo por respetar y obedecer las indicaciones de la autora. Antonio Cardús está tan exento de cualidades que lleva muy mal su papel de seductor rápido; y de Gracia, se nos dice que está siempre "ávida de tener ideas", que no tiene prejuicios, que es natural, pero nunca se demuestra. Tras una larga separación, Antonio le confiesa: "Estoy desorientado y perdido. No tengo ilusiones. La vida no tiene sentido para mí," lo que hace que "por las mejillas de Gracia" resbalen "un par de lágrimas." Mal se puede hacer verosímil un amor que posea y arrastre con estos diálogos de fotonovela. Algunas páginas más adelante, Herminia piensa que las vidas "en apariencia tranquilas y apartadas del mundo eran, seguramente, las que con mayor violencia se lanzaban a la pasión." Por supuesto; eso fue lo que hizo que Flaubert y Clarín escribieran novelas excepcionales, pero no hay que olvidar que a los lectores a los que se dirige Puértolas les gusta vivir las pasiones incontrolables a través de la literatura y en este libro se les escamotea esa experiencia. Esta pasión de la España de postguerra está contada con tanto pudor que parece escrita en esos mismos años; ciertamente, el pudor—en aquella época, impuesto—podría esconder alta tensión, que aquí no se intuye por ningún lado. La consecuencia es una gran frialdad.
        ¿Cómo es posible que tras las cinco excelentes páginas del comienzo, la novela naufrague en un mar de ramplonería? Quizá la explicación se halle en que este capítulo es un trámite estructural, pues sobre él se van a articular otros tres; en ellos, esta novela remonta y nos devuelve lo mejor de Soledad Puértolas. Tres personajes que no se conocen cuentan tres historias distintas que en algún momento, en algún lugar, en otro personaje, confluyen. Estamos ante una estructura muy elaborada que la escritora edifica con pasmosa naturalidad. Logra que el azar se presente como lo hace en la vida, en ningún momento forzado literariamente.
        Herminia, Guillermo y Susana son personajes complejos y corpóreos. Los tres presentan rasgos comunes, siendo el más importante su conformismo. Es curioso que en una acción que transcurre en las cuatro últimas décadas de este país, no se haga ninguna referencia a los acontecimientos de la dictadura o de la democracia. Al conformismo político, habría que añadir el personal: todos ellos admiten el desamor, la soledad y la muerte con sorprendente complacencia, parece como si la felicidad consistiera en morir dulcemente. Encuentran en la rutina, en la ausencia de compromiso, en el olvido de las responsabilidades, una sensualidad que colma satisfactoriamente sus vidas. Puértolas describe este conformismo moral—que no es una enfermedad sino una característica de gran parte de la clase media española—con sensibilidad, por medio de pequeños y sutiles detalles, porque ella es, por encima de todo, una escritora de atmósferas. En Días del Arenal se elabora una estética de la tristeza, con habitaciones en penumbra, muebles viejos y oscuros, aroma a rancio y silencio (sólo se oye el tráfico a lo lejos o el piano de algún vecino), que sirve de escenografía para una clase social en sus postrimerías. La evolución de esa clase es retratada a través de las mujeres y su relación con los hombres, quienes, desde los cincuenta hasta finales de los ochenta, hacen de amores platónicos, amantes, maridos sucesivos, compañeros y, por último, ligues ocasionales.
        Soledad Puértolas nos devuelve al realismo clásico, barojiano, teñido de psicologismo existencialista. Es una opción que, en este caso, ha producido una novela serena, clara en expresión e intenciones, que llega directa al lector, quien entrará en el melancólico universo de su autora sin esfuerzo. Juan Marín
       Publicado en El País/Babelia, p. 13. 04/04/1992

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores aragoneses"