08/08/1992

Sandra Cisneros. Una casa en Mango Street.

Sandra Cisneros. Una casa en Mango Street. Traducción de Enrique de Hériz. Ediciones B. Barcelona, 1992. 164 páginas.
       
       Erase un hombre, érase una mujer. Traducción de Enrique de Hériz. Ediciones B. Barcelona, 1992. 228 páginas.
       
       MADURAR EN TIERRA DE OTROS
       
       En una cuidada edición, que incluye sugerentes ilustraciones expresionistas de Oscar Astromujoff, nos llegan dos obras de Sandra Cisneros, escritora de ascendencia mejicana, que ha sido tocada por el éxito gracias a su indiscutible talento creador y, también, gracias a que la etiqueta de literatura "étnica" o "de raíces" ha demostrado ser muy vendible en Estados Unidos durante el último lustro. Así pues, se une Cisneros a las voces que han surgido últimamente del cruce de lo anglosajón con otras culturas como la china (Amy Tan), la india (Bharati Mukherjee), o la latina (Elena Castedo, Oscar Hijuelos). Estados Unidos puede ser un paraíso con parcelas de infierno o, por el contrario, un infierno con el paraíso como referencia muy cercana. Las novelas de estos escritores parten de esa primera manera de ver Norteamérica, mucho más optimista que la de algunos narradores blancos y anglosajones. Inmigrantes ellos mismos o hijos de inmigrantes, escriben desde la integración, desde el lógico agradecimiento hacia el país que les ha acogido. Su literatura es un acto de liberación, una manera de fijar su identidad, de resolver sus contradicciones y quedar en paz con sus orígenes.
        Sandra Cisneros nos cuenta historias de chicanos. Primero lo hace en Una casa en Mango Street. Se trata de una novela compuesta de cuarenta y cuatro capítulos muy breves, que narran, cada uno de ellos, una decepción. Asistimos al proceso de maduración de una muchacha a golpe de desengaño: las ilusiones son de naturaleza extremadamente volátil y la felicidad es casi inaprensible. La lucidez y el autoconocimiento se alcanzan en torno a dos grandes chascos: ser adulto sólo trae problemas y ser mujer no implica más que desventajas. No obstante, no es un libro triste. La narradora, distinta aunque próxima a la autora, se llama significativamente Esperanza. Hay que salir de ese escenario sórdido, la calle Mango, sin olvidarlo, llevándose todas las lealtades, todos aquellos valores que se vuelven raros, difíciles de encontrar en "las casas de las colinas", donde nada despierta a sus habitantes "excepto el viento".
        Formalmente, Cisneros se sitúa dentro del "realismo sucio", incluso del minimalismo, cuyas normas estilísticas se adaptan muy bien al contenido de la narración: oraciones simples y frases muy cortas, acompañadas de economía en la adjetivación y atención al conjunto; la sensación es de una lluvia de gotas minúsculas que acaba empapando toda la tela. A este minimalismo, que cultivan compatriotas suyas como Joy Williams o Louise Erdrich, Cisneros añade un lirismo denso, sencillo y expresivo que se apoya también en las breves y continuas elipsis que se dan en cada párrafo y que el lector cargará de significado. Cisneros ha comentado que la escritora que más le ha influido ha sido Mercé Rodoreda. No habría sorprendido que también hubiera mencionado a Ana Mª Matute, con quien coincide, lo que no quiere decir que la haya leído necesariamente sino que la autora de Primera Memoria ya escribía en 1960 de la manera que ahora hace furor en Estados Unidos.
        En Erase un hombre, érase una mujer, es patente una evolución hacia una prosa más compleja, desarrollada en relatos escritos desde distintas perspectivas y con técnicas narrativas muy dispares, mucho más allá del realismo minimalista. Todas estas historias, algunas de excepcional calidad, se centran en la mujer hispana, que se debate entre la tradición —y su visión casi religiosa del macho—y la modernidad liberadora del nuevo país. De Inés Alfaro, en Ojos de Zapata, que vive su amor por el general revolucionario con magia, fuerza y mal llevada resignación, procede Barbara Ybañez, la nueva e ideal chicana, quien, en ese divertido cuento que es Milagritos, promesas cumplidas, le escribe a San Antonio: "Por favor, ayúdame a encontrar un hombre que no sea como un dolor en las nalgas... Podrías enviarme un hombre hombre. O sea, alguien que no le dé vergüenza que le vean cocinar o cuidar de sí mismo... No me envíes a alguien como mis hermanos... Hasta que me lo envíes, pondré tu imagen cabeza abajo."
        Sentido del humor, preocupación social, fascinación ante el idioma—esa mezcla espontánea y a veces alborotada de español e inglés—, explotación de las posibilidades poéticas del realismo y un esmerado respeto por el lector, al que hay que interesar y entretener, hacen que la prosa de Sandra Cisneros llegue y agarre; a ello le ayuda la buena traducción de Enrique de Hériz. Un buen vino, pues, cuyo aroma sentiría uno olvidar.
       
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 8. 08/08/1992

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"