30/01/1993

Jane Smiley. Heredarás la tierra

Jane Smiley. Heredarás la tierra. Trad. de Iris Menéndez. Tusquets editores. Barcelona, 1992. 348 páginas.
       
       SOBRE LA DESDICHA Y LA LIBERTAD.
       Jane Smiley, la última premio Pulitzer
       
       Esta novela admirable, hermosa y redonda, de la norteamericana Jane Smiley—ganadora del premio Pulitzer en 1992— parte de la tragedia más inquietante de Shakespeare, El rey Lear. Como en ésta, un padre, todavía sano y fuerte, decide entregar toda su hacienda a sus tres hijas. La más pequeña es rechazada pues su perplejidad se interpreta como un desprecio, mientras que las dos hermanas mayores aceptan ese regalo que no han pedido; desde ese momento, todo se trastocará y habrá locura donde había sensatez y desgracia en vez de dicha. Además, las iniciales de los principales personajes de ambas obras coinciden, y Smiley repite episodios como el de la ceguera o la desaparición del padre en una tormenta, y subargumentos como la vuelta del hijo pródigo, que pretende desplazar al hermano que no se fue. Entonces, pues, es posible leer Heredarás la tierra como una versión de la tragedia shakespeariana, pero, más que de una reescritura en términos contemporáneos, se trata del análisis de aquel drama desde una nueva mirada, desde la experiencia de la hija mayor. Porque aquí hay dos protagonismos: el de esta hija, Ginny, y el del campo y las granjas en una época de esplendor, la que transcurre durante el mandato de un presidente campesino, Jimmy Carter.
        Todo ocurre en las tierras llanas de Iowa, dedicadas al cultivo del cereal. Allí se encuentra la finca de 1.000 acres de Larry Cook, un viudo con tres hijas, respetado como granjero modélico y como hombre justo. La finca es un espacio de naturaleza privado, fuente de riqueza y, sobre todo, de seguridad. Porque la tierra es una madre dura que te pone a prueba pero que sabe ser generosa si se siguen sus leyes ancestrales. Durante dos generaciones, gracias a un lento y laborioso sistema de drenaje con tejas, estos campos pasaron de ser pantanosos a ser los más fértiles de la comarca. Así pues, la tierra no engaña: entiéndela y te compensará; la novela de Jane Smiley es una égloga pastoral en tiempos de los tractores con aire acondicionado y de las cosechadoras de seis surcos.
        En cambio, la experiencia acumulada no sirve de nada para descifrar la conducta de los humanos. El conocimiento de los demás, aunque sean parientes de sangre, no se transmite de generación en generación. Toda la seguridad que te da la naturaleza, te la quita la familia, parece decir Smiley. Sus personajes se presentan tímidamente, envueltos en la nebulosa de los actos rutinarios, en superficiales conversaciones mientras se juega al monopoly; y poco a poco crecen, se hacen complejos y corpóreos, seres corrientes de dimensiones trágicas absolutamente cercanos, pues de extrema y excepcional se podría calificar la sensibilidad del personaje narrador, depositario de la sabia introspección psicológica de la autora. No se trata de una novela de conflictos morales, lo que la acercaría a un rey Lear en clave de melodrama, sino de una obra, y ahí está su originalidad, sobre la pasión del autoconocimiento, sobre la angustia de no dominar los resortes de nuestro mecanismo sentimental. Ginny —que también comparte la autoironía y el encanto de las protagonistas de Jane Austen— intenta conocer a su padre, cuya locura parece una manera de escapar de su culpabilidad de hombre cruel e incestuoso; intenta conocer a sus hermanas por medio de conversaciones en las que Smiley consigue, sin exagerar, emoción en su estado más limpio y más expresivo; e intenta, por encima de todo, conocerse a sí misma, pues ella ha sido, como tantas mujeres, sólo lo que los demás quisieron que fuera.
        Y la tragedia se centra en el hecho de que el autoconocimiento lanza a los adultos por una pronunciada pendiente hacia el desafecto y el desasosiego más violentos, pues una mirada retrospectiva sobre la propia educación y sobre las relaciones familiares es la vía más rápida de sustituir la gratitud por el rencor. Como El rey Lear, Heredarás la tierra es una obra pesimista pero sólo en apariencia; en ella se incluye el mensaje consolador de la inmensa capacidad del hombre para sobrevivir en la adversidad y en el valor de ésta para abrir sus ojos a los aspectos más oscuros de su naturaleza. Perdida la riqueza y maltrecho el corazón, surge una Ginny totalmente libre porque, al fin, sabe quién es.
        Mucho se podría decir de esta novela clásica y singular; es obligado destacar la gradación tan medida del flujo de intensidad dramática, la naturalidad y belleza de la descripción de paisajes y personas, y la permanente y fructifera duda en la que se mueve la protagonista, lo que nos llega a través de una traducción trabajada y sensible. Todo esto contribuye a la sensación de plenitud que alcanza el lector al terminar la última página.
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 13. 30/01/1993

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