05/06/1993

T. Coraghessan Boyle. Oriente, Oriente

T. Coraghessan Boyle. Oriente, Oriente. Traducción de Isabel Núñez. Anagrama. Barcelona, 1993. 384 páginas.
       
       GULLIVER VIVE.
       
       Hoy en día, no es fácil encontrarse con una sátira. Me refiero, claro está, a la sátira como género porque sí que se hallan abundantes elementos satíricos en la mayoría de las novelas actuales. Pero esa narración crítica, altamente moralizadora, tragicómica, del funcionamiento cotidiano de la conciencia de una colectividad o de un país, no es nada frecuente.
        Hace ya cerca de 270 años, Jonathan Swift hizo que Lemuel Gulliver naufragara frente a una isla habitada por seres no mucho más altos que una hormiga pero de extremada petulancia. T. Coraghessan Boyle—ya conocido de los lectores españoles por su ambiciosa novela El fin del mundo (Anagrama, 1991)—, publica ahora Oriente, Oriente, una sátira en la que Gulliver ha sido sustituido por Hiro Tanaka, hijo de una japonesa y de un hippy norteamericano, emigrante ilegal en Estados Unidos, adonde llega impulsado por el rechazo social que conlleva su mestizaje en Japón. Quiere este ingenuo alcanzar Nueva York, donde las razas se confunden y resplandecen "con el entusiasmo del amor fraterno". Hiro se lanza al mar desde el barco que le transporta y, como un náufrago, llegará a una isla de Georgia que no está poblada por liliputienses sino por una colonia de escritores, acogidos por una vieja dama rica.
        Hiro será la víctima pero también el juez de una sociedad que él cree demócrata y libre pero que resulta insolidaria, cerrada y violenta ante lo desconocido. Por otro lado, este japonés—admirador incondicional de Mishima y consumidor crédulo de las películas de Clint Eastwood—será juzgado por un narrador omnisciente e inmisericorde. Nadie se salva, como en toda sátira, de ser puesto en la picota; porque el encuentro de razas y culturas distintas, como la diferencia de tamaños que utilizó Swift, tiene la función de objetivar la visión que un pueblo tiene de sí mismo y de los demás, de destapar ese altísimo porcentaje de prejuicios en los que se asienta esa visión.
        En Oriente, Oriente los que salen peor librados, sin duda, son esos integrantes del mundillo intelectual (cuyas posibilidades cómicas ya fueron descubiertas por el británico David Lodge, otro satírico); con la misma facilidad con la que elucubran sobre cuestiones de altura o elaboran metáforas, se dedican al cotilleo más viperino y a las maquinaciones más pedestres. Boyle es implacable con, al fin y al cabo, sus colegas, a los que describe como unos seres egoístas, vanidosos e inútiles. No obstante, de este grupo sale el mejor personaje de esta novela: Ruth Dershowitz, una hermosa escritora primeriza que se convierte en la protectora de Hiro, sobre el que ejerce un descarado imperialismo sentimental. Es Ruth una nueva muestra de un personaje muy querido por la actual narrativa anglosajona, el de la mujer autosuficiente, postfeminista, que ha alcanzado o superado los niveles profesionales del hombre pero que no consigue librarse de la tiranía del "eterno femenino", que lleva enquistado y que le agobia y envenena hasta sumergirla en un pozo de oscuras y muy molestas contradicciones. Tiene las dosis suficientes de mezquindad, inmadurez y vulnerabilidad para convertirse en una caracterización perdurable. El resto de los personajes es tratado superficialmente; esto es también una exigencia de la sátira, que rechaza la profundización en lo individual en beneficio de una mayor encarnación de las limitaciones y defectos colectivos.
        En Oriente, Oriente, estamos ante una divertidísima narración de una tragedia muy amarga; esto es posible porque Boyle respeta las leyes profundas de la sátira, ese entramado de comicidad, drama y verosimilitud y además lo hace con una portentosa exuberancia léxica. La riqueza del lenguaje opera siempre en términos muy funcionales, evitando el virtuosismo, como si sólo se tratara de un imperativo de la materia narrada. Añádase una traducción admirable en la que no faltan oportunas notas a pie de página, con las que aparece ese mediador culto y servicial entre el mundo del autor y sus lectores, tantas veces ausente.
       Juan Marín Publicado en El País/Babelia, p. 11. 05/06/1993

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"