09/10/1993

Richard Ford. La última oportunidad

Richard Ford. La última oportunidad. Traducción de Mariano Antolín Rato. Editorial Anagrama. Barcelona , 1993. 233 páginas.
       
       EL HÉROE ABANDONADO
       
       Fuera del sistema ya no hay lugar para los héroes, quizá dentro tampoco, pero lo cierto es que los nuevos tiempos han despojado el desarraigo de todo el romanticismo que le otorgaron los años 60. Marginarse, abandonar el círculo legal del bienestar, rechazar las normas y maneras de la sociedad dominante ya no es una opción; es, simplemente, el resultado de la mala suerte, una situación involuntaria para millones de seres humanos. "Todos somos marginados", "todo el mundo vive relacionado de algun modo con los desgraciados", se dice en esta novela y en consecuencia, su protagonista, Harry Quinn—31 años, excombatiente en Vietnam—no es el héroe que tenía que haber sido si tenemos en cuenta sus características: duro y tranquilo, hábil con las armas, seductor con las mujeres; en cambio, tan sólo es un marginado en un mundo de marginados, un mundo que no valora el heroísmo pues éste es ejercido cotidianamente a golpe de instinto de supervivencia. Tampoco él se valora demasiado, su sueño es entrar en un sindicato que le proporcione un trabajo fijo como ajustador, huir del fracaso crónico, coger un trozo mínimo de pastel, integrarse.
        La última oportunidad es la segunda novela de Richard Ford, publicada originalmente en 1981, entre Un trozo de mi corazón (1976) y El periodista deportivo (1986); Incendios (1990)—un perturbador testimonio de la entrada de un adolescente en la edad adulta—es la más reciente. Todas han sido editadas en España, de modo que conocemos la obra completa de este escritor, quien, muerto Raymond Carver, es quizá el novelista más sólido del nuevo realismo americano, de aquel grupo de autores lanzados bajo la etiqueta de "realismo sucio" por Bill Buford desde la revista Granta. Compartían estos escritores la visión desencantada de una América posterior a Vietnam y un estilo aparentemente objetivo, muy depurado, a la manera de la novela y el cine negros de los años cuarenta. Precisamente, La última oportunidad plantea una intriga clásica del género criminal: una mujer—Rae—pide al hombre que abandonó medio año antes—Harry Quinn—que saque a su hermano de una cárcel mejicana, donde ha ido a parar por tráfico de cocaína; Harry acepta el encargo, pues en ello ve la única posibilidad de recuperar a la mujer que todavía quiere. El resto es peripecia y aventura con sus ingredientes básicos: sexo, violencia, tensión, y un laberinto de falsas apariencias y traiciones en el marco exótico de Oaxaca. Pero la mirada, el estilo de Richard Ford se encargará de sacar a la luz los componentes profundos de un historia que para sí habría querido Robert Siodmark, que muy a gusto habrían interpretado Burt Lancaster y Ava Gardner.
        El autor pone muy pronto la cosa bien clara: unos matones atan a Harry de pies y manos y dejan sobre su pecho desnudo un escorpión de mortal veneno; Harry, aterrado, intenta librarse de las ligaduras sin sobresaltar al escorpión, y lo logra, para darse cuenta inmediatamente de que el arácnido ya estaba muerto cuando se lo pusieron encima. La ironía es dolorosa, la burla no provoca ninguna sonrisa: se nos muestran los despojos del héroe, que es despreciado por sus enemigos, ignorado por los demás, desprovisto de todo atributo mítico, es decir, abandonado por la misma literatura, que nos lo enseña excesivamente, terriblemente parecido a nosotros.
        Como a todos los hombres duros, a éste habría que exigirle seguridad en sí mismo pero a Harry le fallan todas las referencias; para empezar, las de su propio país: cuando se alistó en los marines, creía que Estados Unidos "era un lugar conocido, con un carácter determinado y complejo y unos sentimientos que seguían ciertas pautas", todo lo que podría encontrar a su regreso; "pero lo cierto es que aquella sensación de orden se había dislocado". Por otro lado, Méjico, el país que visita, le resulta un escenario caótico y violento. No hay pues, como se señala repetidamente, referencias válidas. Harry sólo se siente seguro cuando se refugia en sí mismo, en la soledad, en la oscuridad y en el silencio; y en la idea del amor, que "te centra, te coloca en un mundo en el que el tiempo parece detenerse". Este personaje profundamente existencialista trata, por encima de todo, de desarrollar su capacidad para adaptarse a las circustancias, de sobrevivir el presente, un tiempo que le ataca con multitud de cosas que suceden simultáneamente, con un rostro "en cuatro dimensiones". Pero lo que más le angustia es el riesgo que esconde la vida tranquila, el agresor que se esconde tras la costumbre. Estas palabras suyas podrían constituir el enunciado de la doctrina argumental del "realismo sucio": "la gente deja que ciertas cosas a las que está acostumbrada duren muchísimo tiempo, sin darse cuenta de que son precisamente esas cosas a las que está habituada las que la están matando"; En las novelas de Ford siempre hay alguien que huye desesperado de la rutina, porque como dice el padre a su hijo en Incendios, a veces hay que hacer algo que no se entiende bien para sentirse vivo.
        Ford aborda la construcción de Harry Quinn con una observación distante y meticulosa de su comportamiento aunque a veces entra en él para desenterrar experiencias anteriores que ayuden a definirlo. Hay una evidente maestría en la manera en que vuelve complejos, en que llena de sombras, a unos personajes condenados en principio a ser arrollados por la intensa acción de la historia, y esta maestría brilla todavía más cuando se ejercita con un lenguaje tan sobrio y tan contenido. Esto hace que sintamos la emoción de la verdad en una ficción que podría haber estado, y con todo derecho, llena de mentiras. Y es que Richard Ford se ha acercado aquí a Graham Greene, creando un ser perplejo en medio de la aventura, que trata de explicarse lo mejor y lo más oscuro de sí mismo para dar significado al sacrificio.
       
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 12. 09/10/1993

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"