06/11/1993

Anne Tyler. Casi un santo

Anne Tyler. Casi un santo. Emecé editores. Barcelona, 1993. 384 páginas.
       
       EL CAUTIVERIO DEL BONDADOSO
       
       Ann Tyler ha escrito otra aventura moral. Aquí—como en su obra más conocida, El turista accidental— hay alguien que viaja rápida e inesperadamente hacia un yo distinto, a partir de un incidente extraordinario y en el paisaje de la comunidad familiar. Ian Bedloe, de 18 años, no puede evitar contar a su hermano casado que su mujer le pone cuernos, porque Ian es de los que se siente obligado a ser sincero en nombre de otros; y la sinceridad no es una virtud, como enseguida se demuestra: su hermano oye la revelación y se hace pedazos al estrellarse con su coche en una tapia. Poco tiempo después, su mujer se suicida e Ian deja la universidad para cuidar de sus tres sobrinos, aceptando un trabajo de carpintero. "Danny está muerto. Muerto. Muerto" A esta idea se sumaba otra aún peor. "Murió voluntariamente. Se suicidó" y finalmente la certeza más horrorosa de todas. "Por lo que yo le dije". Parece, pues, que vamos a estar ante una exploración del más viscoso de los sentimientos, el de la culpa— y en cierta medida, así es— pero éste funciona aquí como motor y como substrato de la trayectoria vital de un hombre muy bueno. Lo que hace fascinante esta vida ejemplar es que está contada por una chica muy mala (me refiero a la autora): corren tiempos muy poco proclives a aceptar modelos de conducta generosa y si esta novela resulta atractiva de principio a fin es por el grado de perversidad que Anne Tyler ha puesto en ella.
        Esta perversidad funciona en varios frentes. En el de la familia, para empezar. Los Bedloe son, se creen, felices merecidamente, gracias a todo el esfuerzo que ponen en conseguirlo, pero de repente, la vida les enseña que la felicidad no es un bien de consumo con certificado de garantía; "hemos tenido problemas extraordinarios que nos han vuelto ordinarios", se lamenta desolada la madre. Los niños—de los que Tyler hace, narrativamente, un retrato modélico—resultan encantadores en su autenticidad pero siniestros en su egoísmo. Y la iglesia "de la Segunda Oportunidad", en la que se refugia Ian, es vista con cómica distancia aunque, si es posible decirlo, con afectuoso amargor. Un conjunto de grises solitarios tratan de expiar sus errores y sus pecados; entre ellos está, por poner un ejemplo, la hermana Audrey, que abandonó a su hijo recién nacido en un contenedor de basuras, y que ahora es la encargada de cuidar ¡a los niños pequeños!
        Aunque se parte de que la culpa es el mejor de los cimientos para construirse la propia cárcel, el mensaje más sombrío de esta historia en apariencia optimista—hay un final feliz muy verosímil—es que nadie es dueño de su propia vida. Sobre todo los hombres. Aquí, como en las otras novelas de Tyler, son las mujeres las que cortan el bacalao. Porque saben siempre lo que quieren. Ellas tienen unas metas concretas y definidas, son listas frente a unos hombres despistados y ligeramente inmaduros. Es una mujer, Lucy, quien tuerce el destino de Ian Bedloe; son sus sobrinas, Agatha y Daphne, las que mueven los hilos de su nueva y sacrificada existencia; y es otra mujer, Rita, la que le lleva finalmente el ansiado "perdón" (a cambio de un matrimonio). Hay una misoginia muy ladina en Anne Tyler, esa que aconseja enamorarse de una mujer para no arrepentirse demasiado de ser su víctima.
        Los riesgos que corre el bondadoso son muchos, el principal es la tendencia a ser blanco de todos los tortazos. Pero ¿es posible elegir? En esta historia, todo se fragua cuando su protagonista va a iniciar una vida independiente, en esos años—de los dieciocho a los veinte—tan agradecidos en la literatura, que está llena de las llamadas "novelas de aprendizaje". Quizá sean años en los que no se aprenda nada, sino en los que sólo se encajen las piezas de todo lo que se ha aprendido antes. Ian bedloe trata de encajar las piezas tan rápida y bruscamente que se equivoca. Y ahí empieza su aventura moral. Y para el lector—al que Tyler coloca siempre por encima de su personaje—, empieza la lectura de una novela divertida, socarrona y maliciosa, sobre lo difícil que es ser libre, especialmente para los hombres en un mundo de mujeres. Muy buena traducción de Lucrecia Moreno.
       
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 12. 06/11/1993

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"