04/12/1993

Alan Lightman. Sueños de Einstein

Alan Lightman. Sueños de Einstein. Trad. de Carlos Peralta. Tusquets Editores. Barcelona, 1993. 150 páginas. 1.400 pesetas.
       
       LOS SUEÑOS DE UN SABIO BURLÓN
       
       La gente dice que hace deporte, viaja, se emborracha, compra y practica el amor para divertirse, para relajarse, porque lo necesita o porque le gusta. Nadie menciona la verdadera razón, que no es otra que la de olvidarse del tiempo. Nadie quiere mirar a la cara del tiempo (o a sus mil caras). Incluso los escritores evitan el tema. Es verdad que, fuera de la ciencia-ficción, hay famosos e ilustres ejemplos de obras literarias que aparentemente tratan del tiempo pero si nos fijamos bien en ellas, observaremos que se habla de otra cosa: del olor de las magdalenas o de los campos recien sembrados, de los amores que se tuvieron o de los amigos muertos en el camino; es decir, de la nostalgia. ¿Por qué esa aversión al tiempo tal como es? Porque la gente lo tiene identificado, muy adentro, con un bicho peludo que hace tictac mientras roe y araña las articulaciones, las arterias, los genitales, el alma.
        He aquí que Alan Lightman, un profesor de física y, a la vez, de creación literaria en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), publica una "novela"—mejor dicho, una narración fuera de género—, que trata obsesiva, exclusivamente del tiempo. Ciento cincuenta páginas de letra grande, con ilustraciones, que encierran un bello ejercicio literario y un estimulante pasatiempo intelectual cuyo propósito sería reformular en términos poéticos, y siguiendo leyes ficcionales, los orígenes de la teoría de la relatividad.
        En 1905, un tal Albert Einstein acude a su empleo en la oficina de patentes de Berna a las seis de una mañana de finales de junio. Einstein está nervioso e impaciente: espera a la muchacha que pasará a máquina su artículo "Electromecánica de los cuerpos en movimiento", que inaugura la "Teoría de la relatividad restringida". A las ocho y cuatro minutos, llega la mecanógrafa. Dentro de esas dos horas, Alan Lightman narrará los treinta sueños ha tenido Einstein en los tres últimos meses. Esos sueños, que se han apoderado de sus investigaciones, hablan de las "múltiples posibles naturalezas del tiempo"; de ellas, una parece más convincente pero eso "no significa que las otras sean imposibles. Podrían existir en otros mundos". Así pues, en cada sueño este mundo se rige por un concepto distinto del tiempo. Y de este mundo, Lightman elige un espejo: la ciudad de Berna, vista desde una perspectiva aérea pero cercana, en un retrato colectivo de sus habitantes muy fiel a los primeros años del siglo.
        Hay un lugar donde las gotas de lluvia cuelgan en el aire y los peatones tienen las piernas "levantadas como sostenidas con hilos": el tiempo está detenido en su centro y cuando los viajeros se acercan allí, cada vez lo hacen más lentamente hasta que llegan y se paralizan; al centro del tiempo van muchos padres con sus hijos, muchos enamorados, para quedarse clavados eternamente como mariposas en su caja. Hay otro lugar donde la textura del tiempo es pegajosa, de manera que cada persona, cada cosa se ha quedado pegada a un momento concreto. Hay calles que permanecen en el siglo XV y hombres que siempre serán niños porque están sujetos a su primer día de colegio: nadie es feliz pues cada uno tiene un presente que no puede compartir. Hay mundos donde nadie tiene memoria y sin memoria "cada noche es la primera noche, cada mañana la primera mañana, cada beso y cada roce son los primeros".
        También hay un mundo donde todo se mueve: las casas, las calles, la gente, el paisaje; cuanto más rápido es el movimiento, más lento es el tictac de los relojes. En otro lugar, la gente vive sólo un día y en consecuencia "el nacimiento, la escuela, los amores, el matrimonio, la profesión, la ancianidad deben acomodarse en un solo trayecto del sol, una modulación de la luz". Hay otro mundo donde el tiempo fluye hacia atrás. Y existe el sitio donde la gente vive eternamente. Y también ocurre que el tiempo es un sentido como la vista o el olfato; o simplemente una calidad en vez de una cantidad, por lo que no se puede medir. También hay mundos posibles donde el tiempo se acaba al día siguiente o donde la causa y el efecto siguen un orden aleatorio o donde el pasado cambia nada más suceder o donde el tiempo es circular y por tanto las personas viven su vida repetida infinitas veces.
        Alan Lightman se ha atrevido a desvelar los sueños de aquel sabio burlón, que sacaba la lengua desde la ironía del que está en posesión del misterio, del secreto. Y lo más hermoso—y lo más lógico, naturalmente—es que Einstein no soñaba en números, letras, potencias y raíces cuadradas sino en palabras y en imágenes. Por eso, Alan Lightman ha podido contarnos las ecuaciones como si fueran poemas y las fórmulas como si fueran cuentos o leyendas, con toda la eficacia y la claridad de un narrador nato, como si el lector fuera un niño al que hubiera que hacerle perder su miedo al tiempo, dándoselo a conocer. La traducción, además, es excelente.
       
       Juan Marín Publicado en El País/Babelia, p. 11. 04/12/1993

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"