08/01/1994

Terry McMillan. Esperando un respiro

Terry McMillan Esperando un respiro Traducción de Roser Berdagué. Editorial Anagrama. Barcelona, 1993. 404 páginas. Juan Marín
       
       SOLAS, VALIENTES, DIVERTIDAS
       ¿Qué piensan las mujeres de los hombres?, ¿de qué hablan cuando no hay ninguno delante?, ¿qué sienten cuando hacen el amor? Estas tres preguntas tópicas, inútiles e incontestables no deberían formularse si no fuera porque esta novela de Terry McMillan ofrece más de una respuesta.
        Esperando un respiro trata de la amistad de Savannah, Robin, Bernie y Gloria, cuatro mujeres afroamericanas de hoy mismo. Que a nadie le importe su lugar de nacimiento ni su color de piel porque responden a cuatro estereotipos muy universales de la sociedad urbana de este fin de siglo: la ejecutiva soltera exigente en su profesión y en su vida privada; la ingenua desinhibida y promiscua a quien todos los tíos se la pegan; la mujer que se encuentra de repente abandonada por el marido, que se ha largado tras otra más joven; y la madre soltera que ha dedicado sus mejores años al hijo adolescente que ahora emprende el vuelo. No nos llamemos a engaño, en principio ésta es una novela escrita por una mujer sobre las mujeres, que se presentan inteligentes, activas, animosas, modernas, buenas hijas, con gran corazón y muy sinceras. Pero el talento de McMillan convierte esta divertidísima novela en una de las más interesantes que se hayan escrito últimamente sobre los hombres, pues son éstos una presencia obsesiva para las cuatro chicas de esta historia, que no conciben su vida si no es junto a un ser ideal: un hombre listo, tierno, bien situado, comprensivo, y bueno en la cama, o dicho con la franqueza que desborda cada página, un hombre que no crea que "una polla grande basta para hacer feliz a una mujer".
        El principal lastre de Esperando un respiro lo constituye la fijación a esos estereotipos, con la que se conduce la médula de la narración a un campo de sociología ligera, de tal manera que bastantes capítulos podrían leerse como artículos de una revista femenina: cómo salir airosa de un divorcio, cien maneras de librarse del hombre que te molesta, las familias monoparentales y el lío de la pubertad, algunos consejos para romper el binomio amor-orgasmo, etc. Pero cuando la autora permite a estas cuatro chicas olvidarse de que son representativas de un grupo social para ser personas, la novela alcanza unos niveles muy altos de seducción inmediata, que explican con toda lógica su éxito de ventas en Estados Unidos.
        En primer lugar, Terry McMillan posee una endiablada facilidad para escribir como se habla (la traducción de R. Berdagué la conserva en castellano) y esta virtud se intensifica gracias al punto de vista que adopta: el monólogo interior o la tercera persona omnisciente; así, el lector se ve introducido en la mente de estas mujeres, en un discurso ausente de censura, arrollador, tan natural que parece la sinceridad misma. Ellas hablan, hablan, hablan: consigo mismas, con sus madres, con sus amigas; colgadas del teléfono, en sus casas o en la peluquería. No se ocultan nada, no se mienten, no nos engañan: así son.
        El máximo acierto de McMillan consiste en que no hincha a sus personajes de literatura sino que los mantiene controlados dentro de unos límites de complejidad asequible, empujando al lector a identificarse con ellos o a reconocerlos en alguien de su entorno; debido a esa capacidad de la autora para transmitir el flujo de la consciencia femenina, esos seres avasallan con su aparente autenticidad. En gran parte, se trata de la autenticidad encontrable en las buenas comedias televisivas porque es de este género del que Esperando un respiro toma prestados el tono y la estructura—todo podría estar ya preparado para una serie a cargo de un equipo que fuera una mezcla de los de Las chicas de oro y El príncipe de Belair—: se usan los mismos trucos, como hacer desaparecer a personajes cuando estorban o no dan más de sí o interrumpir conflictos serios en progreso para mencionarlos como resueltos en capítulos posteriores.
        Pero hay que insistir en que estas técnicas de fábrica de éxitos—televisivas, cinematográficas o editoriales, qué más da—no oscurecen las grandes dotes de narradora de Terry McMillan; su novela proporciona páginas realmente nuevas e hilarantes, como aquellas en las que se nos hace participes de los pensamientos de Robin o Savannah cuando se acuestan con sus amantes o esas otras en las que las cuatro mujeres se montan una juerga y se emborrachan. En términos generales, cuando la autora renuncia a rendir testimonio de la condición de la mujer después del feminismo, surge una literatura brillante que proporcionará a sus lectoras—por medio de una proyección casi automática—momentos muy intensos y divertidos, y a los hombres, mucha luz sobre sí mismos y sobre un ámbito cerrado y siempre misterioso: ellas, a solas.
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 11. 08/01/1994

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"