05/02/1994

Angela Carter. Niños sabios

Angela Carter Niños sabios. Traducción de Matilde Horne. Editorial Minotauro. Barcelona, 1993. 270 páginas.
       
       BAILAR EN FAMILIA
       La escritora Angela Carter —muerta en 1991 a los 51 años— ha dejado una obra sólida y numerosa, que ha sido traducida a nuestra lengua casi en su totalidad por las editoriales Minotauro y Edhasa. Fascinada por la violencia y el erotismo, encontró en la tradición de la novela gótica un vehículo idóneo para sus obsesiones, pues esta corriente le permitía, en tiempos postmodernos, recurrir al pastiche y a la parodia, moverse entre el terror y la fantasía, y reinterpretar mitos y leyendas en términos freudianos; buenos ejemplos de su narrativa son Doctor Hoffman y las infernales máquinas del deseo y La cámara sangrienta. También cultivó el ensayo en La mujer sadiana, un estudio sobre los códigos de la pornografía. Hay lectores adictos a Angela Carter, lo que no es de extrañar porque se trata de una escritora de raíces dickensianas, con gran vocación de servicio, lo que en términos literarios significa intención de hacer pasar a los consumidores de sus libros un rato agradable.
        No obstante, Niños sabios es una obra en gran parte fallida. En ella, Dora—recién cumplidos los 75 años—rememora su vida como artista de variedades en el dúo que formaba con su hermana melliza. Dado que ambas mujeres pertenecen a una estirpe dedicada al teatro en todas sus manifestaciones, ésta es una novela sobre el mundo del espectáculo a lo largo del siglo XX, del que se da una visión gozosa e intensa. No hay nada— ya lo decía Irving Berlin— como la farándula: mucha felicidad entre el esplendor y la mugre, el hambre y el despilfarro, el aplauso y el fracaso.
        Simultáneamente a este viaje por los escenarios, Dora trata de reconstruir el árbol genealógico familiar, tarea extremadamente difícil pues abundan las falsas paternidades y los hijos legítimos y los paralelos: como en la farsa. Así pues, el teatro y esta singular familia se funden, de manera que los personajes son portadores de cromosomas que los convierten en cómicos genéticos, en cuyos dormitorios hay tanto tráfico como en un decorado de vodevil. No es casual que parte de esta historia se centre en la filmación de El sueño de una noche de verano, la comedia más dionisíaca de Shakespeare: un mundo de identidades confundidas donde el amor y el sexo se viven bajo un influjo mágico y desinhibidor. En Niños sabios se pretende colocar a Puck, el travieso embaucador, como el ángel que protege a las dos mellizas en una Inglaterra que es una extensión de aquel bosque de Atenas inventado por el autor isabelino.
        Pero a partir del primer cuarto, esta novela deja de interesar. Es tal el trajín, la entrada y salida de tipos, el cambio de vestuario y de parejas, que la historia se pierde; el aparente descaro de Dora no sobrepasa el tono picarón del music-hall y sobre todo, el complejo entramado argumental no conduce a ningún conflicto sino, como mucho, a situaciones embarazosas; y la crónica social que pudo haber habido se queda pintada en un telón descolorido. Cabe preguntarse cómo una novelista del talento y del oficio de Angela Carter ha podido fallar en Niños sabios. Quizá el error principal haya consistido en permitir que alguien tan vacío cono Dora Chance narre su propia vida: está claro que hay muchas posibilidades de que un personaje desustanciado cuente una historia sin sustancia. Sin renunciar a una protagonista tan frívola—que, como tal, supone una buena creación—, el uso de una tercera persona narradora habría arrojado luz e interés tras los bastidores de esta función. La novela concluye con una frase muy clarificadora de su contenido: "¡Qué alegría bailar y cantar!" Pues quizá, pero no es suficiente para casi trescientas páginas.
       
       Juan Marín. Publicado en El País/Babelia, p. 12. 05/02/1994

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"