18/04/1998

Arundhati Roy. El dios de las pequeñas cosas

Arundhati Roy. El dios de las pequeñas cosas. Traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. Anagrama. Barcelona, 1998. 383 páginas. 2.7000 pesetas.
       
       DONDE DUELE LA MEMORIA
       
       Cada 14 de octubre desde 1969 se concede en Londres el premio Booker, el más codiciado en lengua inglesa, a la que se considera la mejor novela publicada el año anterior por escritores de la Commonwealth. Dotado con unos cinco millones de pesetas, una cantidad modesta en comparación con las sumas que ofrecen algunos premios en España, el Booker supone para su autor el prestigio de por vida además de un incremento espectacular en el número de ejemplares vendidos (de 30.000 a 300.000, como en el caso del irlandés Roddy Doyle con Paddy Clarke Ha Ha Ha) y de la muy posible adaptación para el cine en versiones de gran éxito como ha ocurrido con La lista de Schindler, Lo que queda del día o El paciente inglés.
        Este año el premio Booker ha recaído en una primera novela. Una novela excepcional, hermosa, tensa, que araña espacios interiores que estaban en calma antes de empezar su lectura. Está escrita por una mujer india, que vive en Nueva Delhi; una antigua estudiante de arquitectura, una desconocida que había firmado dos guiones cinematográficos: Arundhati Roy. Su obra se llama El dios de las pequeñas cosas y utiliza un material tan delicado como son las tripas de la memoria, indagando en aquellos recovecos donde la luz produce dolor.
        Dos hermanos gemelos se reencuentran tras más de veinte años de separación a partir de aquel día terrible en que todo cambió para mal. Rahel, la hermana, reconstruye los hechos contándoselos al lector a través de la voz de la autora, que está en todas partes, fundida con el paisaje, oculta en la sombra de los adultos e inquieta en el corazón de los niños.
       Con un método que recuerda la tragedia griega o a García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, la narradora adopta el papel de coro y por medio de frases recurrentes avisa al lector, le da pistas y le invita a la premonición de unos hechos en parte velados y en parte previsibles. De esta manera el lector queda atrapado por una trama que se desliza sigilosa pero sugerente y magnética. Este magnetismo está producido por lo que constituye la principal baza de la autora: una enorme facilidad para alternar con eficacia de la mejor ley el objetivismo descriptivo con un lirismo profundo y contundente; en este relato queda claro que el realismo es válido para transmitir la superficie de la vida pero que sólo la poesía puede conducirnos al fondo de lo inexplicable. El realismo de Arundhati Roy no es mágico—está carente de fantasía— pero sí embriagadoramente lírico. Estos dos registros se mantienen equilibrados hasta la última cuarta parte, en la que el rompecabezas de esta saga familiar se resuelve a través de un entramado decididamente metafórico: la verdad profunda, que no es otra cosa que el grito de la memoria, ha de oirse con la voz que usan los poetas.
        Pero no sólo es el estilo lo que da fuerza a esta narración, que también se apoya en un espíritu muy claro de rebeldía; de hecho, toda la tragedia se desencadena porque sus héroes transgreden las leyes del amor, que "establecen a quién debe quererse. Y cómo. Y cuánto". Roy cimenta su peripecia argumental en oposiciones: representación frente a vida, civilización frente a naturaleza, y la rutina frente a lo inesperado. Así pues, cuando se hurga en los recuerdos, se descubre con dolor cómo la tradición de un país, la historia del mundo y la obediencia de la familia a esa historia y a esa tradición están marcadas por "la urgencia subliminal de destruir todo lo que no se puede someter ni deíficar". El dios de las pequeñas cosas es un gran relato sobre la libertad y el amor, arrancado del espacio universal, oscuro y turbulento de la memoria.
       Juan Marín
       Publicado en El País/Babelia, p. 16. 18/04/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"