10/12/1994

Sherman Alexie. La pelea celestial del llanero solit

Sherman Alexie. La pelea celestial del llanero solitario y Toro. Traducción de Marco Aurelio Galmarini. Muchnik Editores. Barcelona, 1994. 230 páginas.
       
        INDIOS LEJANOS, TRIBUS PRÓXIMAS
       
       Estamos ante una de las sorpresas extranjeras más agradables del año. Un libro cálido, tan iluminado por la sencillez, la gracia y la verdad que leerlo constituye una experiencia muy próxima a pesar de haber sido escrito por un nativo americano, un indio de la tribu Spokane, nacido y educado en una reserva del estado de Washington. Sherman Alexie acaba de cumplir 28 años; es joven pero no primerizo: tiene tres libros publicados, ha recibido ya algún premio y es un colaborador habitual en las revistas culturales de su país.
        La pelea celestial del llanero solitario y Toro es aparentemente una colección de 23 relatos cortos, independientes entre sí pero que, de hecho, se leen como si fueran capítulos de una novela debido a que el escenario y la voz narradora son, por lo general, los mismos. La narración se pone en boca de un hombre joven, o mejor dicho, de un postadolescente, en una situación de paréntesis entre trabajos mal pagados, entre amores poco estables, entre períodos de vitalidad y desgana. Su mundo es muy abarcable: la familia, la pandilla, alguna chica, la tienda, el instituto y el bar de la reserva, aunque hay alguna escapada a espacios más fantásticos, conectados con las leyendas tradicionales de su gente. Lo cierto es que ocurren pocas cosas, con contados personajes y practicamente en el mismo sitio y, sin embargo, este libro no se puede soltar hasta la última página. Su indudable poder de seducción irradia, por encima de todo, de su estilo—una limpia síntesis de influencias que van desde la narración oral popular hasta las canciones de Dylan o Tom Waits—en el que sobresale la capacidad del autor para cargar de belleza e intensidad los silencios. Todas las líneas están entrelazads con otras no escritas pero dictadas con precisa sugerencia a la mente del lector, quien ha de poner palabras a sentimientos no expresados o prolongar el influjo de las situaciones. Un juego al que Alexie no da tregua pues estamos ante un escritor innato—no ante un aventajado alummno de redacción—que no permite que una sola pieza de la realidad quede sin ser recreada con humor, facultad poética, imaginación y dotes fabuladoras, cualidadas que se manifiestan todas a la vez en relatos espléndidos como aquel en el que el narrador, de niño, comparte con su padre la visita diaria del fantasma de Jimmy Hendrix o ese otro en el que dos amigos hablan del cáncer en un coche conducido siempre con la marcha hacia atrás.
        La relación de Alexiie con su etnia es ambivalente. Hay una nostalgia reivindicativa en la que se combina la ensoñación ecologista con la rabia del que quiere explicarse por qué los suyos se dejaron derrotar. Pero por otro lado, Alexie mantiene una mirada desmitificadora del nativo americano, precisamente en un momento en el que es objeto de cínica veneración por el americano blanco (dicho de otra manera, cada vez hay más ejecutivos que quieren ser indios los fines de semana). Sin complacencia, con una ironía muy paródica, Alexie lanza flechas a los puntos flacos de su tribu: su afición al alcohol y otras drogas "jodidamente espirituales", su apatía, su tendencia a "ser testigos y nada más".
        Pero aun perteneciendo a una minoría étnica, en el noroeste de Estados Unidos, el joven héroe de Alexie está muy cercano al joven europeo de ahora mismo (a mí me ha recordado mucho al narrador de las novelas del español Ray Loriga): instalado a su pesar en el lado del fracaso, trata de sobrellevar su insatisfacción con cerveza, con el recuerdo de cimas vivenciales—una canasta bien metida, un puñetazo bien dado o una noche muy especial—y, sobre todo, con una rebeldía soterrada que le hace observar el mundo de los adultos conformes o triunfadores con una lucidez divertida pero implacable. No es extraño que Sherman Alexie y Ray Loriga hablen de la misma persona: en Seatlle y en Madrid los subempleos son los mismos—se puede elegir entre una tienda de 24 horas y un restaurante de comida basura—; allá como aqui, el presente y el futuro comparten imágenes parecidas: horas y horas de cigarrillos, bares y canciones—mucho humo y hastío—y, quizá, una chica en, quizá, una subrelación. También, claro está, les alcanza la sombra perenne de El guardian en el centeno, aquella criatura de Salinger, paradigma de la novela de aprendizaje. ¿Cómo se pasa a la edad adulta en ese espacio baldío donde este fin de siglo aloja a sus jóvenes? Parece ser que con la prolongación dulce y molesta—sin fecha de caducidad—de la adolescencia: "En 1979 estaba yo aprendiendo a tener trece años. No sabía que seguiría pensando en ello hasta los venticinco". Y eso es contado por Alexie como muy pocos han sabido hacerlo.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 11. 10/12/1994

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