19/03/1994

Christine Bell. La familia Pérez y Julia Alvarez. De có

Christine Bell. La familia Pérez. Traducción de María Buxo Dulce Montesinos. Plaza & Janés. Barcelona, 1994. 252 páginas. 2.450 pesetas.
       
       Julia Alvarez. De cómo las chicas García perdieron su acento. Traducción de Jordi Gubern. Ediciones B. Barcelona, 1994. 282 páginas. 2.100 pesetas.
       
       CORAZÓN MESTIZO
       
       Quizá la renovación de la novela norteamericana ya no pueda provenir de la literatura misma; los postmodernos y los minimalistas permanecen como los últimos escritores que se atrevieron a experimentar con un género que lucha constantemente por acercarse a su centro dorado de gravedad: ese cosmos de historias y personajes, de planteamientos, nudos y lectores absortos que se creó en Europa en el siglo XIX. Calmados los vientos formalistas, el aire fresco que entra en la novela actual procede de la presión temática de una sociedad cambiante, progresivamente pluricultural. Ya no es más americano el que se reconoce anglosajón sino el que se siente orgulloso de pertenecer a una sociedad de múltiples mestizajes. Y el hecho literario en Estados Unidos se limita a reflejar, ahora mismo, ese sentimiento nuevo.
        Un 22 por ciento de la población de este país tiene el español como primera lengua; la distribución de este porcentaje no es regular en todo el territorio ni, especialmente, en las capas sociales ya que los hispanohablantes se concentran en el sector servicios. Pero aunque el español no sea todavía una lengua en el poder, su incrustación en la cultura anglonorteamericana es incuestionable. De ahí, la enorme aceptación de las novelas de Isabel Allende o el reciente éxito literario-cinematográfico de Laura Esquivel, o la atención dedicada a autores de origen hispano como Oscar Hijuelos, Elena Castedo o Sandra Cisneros.
        Ahora nos llegan, bien traducidas, dos novelas de tema latino. Christine Bell no es una autora hispana pero ha escrito una novela apasionada, muy bien construida, sobre el exilio cubano. La acción de La familia Pérez transcurre en el verano de 1980, al final del éxodo de los "marielitos", a raíz del encierro de centenares de personas en la embajada de Perú en La Habana. Juan Raúl Pérez, tachado de contrarrevolucionario, es liberado por Castro tras veinte años de cárcel y embarcado hacia Miami donde su fiel esposa le ha esperado todo ese tiempo. Pero Christine Bell reduce al absurdo el retorno de Ulises pues este gris ex-oficinista va a caer en manos de Dorita, un personaje tierno y singular que lo va a complicar todo. El planteamiento es muy rápido: tenemos a una pareja extraña, compuesta por una víctima famélica, incapaz de dejar de comportarse como un preso, y una matrona cubana de muy buen ver, activa y vitalista, que no cree en la política sino en el esmalte de uñas, en sí misma y en los hombres guapos. En torno a ellos dos, seis o siete personajes más, muy representativos de la sociedad cubana de Miami. La peripecia discurre por los senderos de la comedia clásica: apropiación de falsas identidades y los consiguientes equívocos y enredos, que se aclararán al final en una caótica escena de reconocimiento. Pero el aparente disparate resulta muy verosímil al darse en un contexto de indefensión, producida por el deslumbramiento de la libertad y los impulsos de la supervivencia. Bell ha captado con autenticidad el renacimiento de seres que se aletargaron en años de dirigismo dictatorial, lo que ha logrado gracias al registro cómico que ha escogido, dándonos una narración tan divertida como amarga.
        Julia Alvarez, por su parte, escribe sobre el exilio a Estados Unidos de una familia dominicana en De cómo las chicas García perdieron su acento. Se trata de un relato retrospectivo—de 1989 a 1956—centrado en las cuatro hijas de un médico perteneciente a la alta burguesía de su país. El primer capítulo, en el que Yolanda vuelve de vacaciones a la isla y siente el irreprimible antojo de comer una guayaba, nos da el tono de la novela: una búsqueda proustiana del pasado, por la que más que reconstruir la memoria de los orígenes o reafirmar las raíces hispanas, estas chicas intentan recuperar las sensaciones que hicieron tan viva su infancia y adolescencia. No lo consigue Alvarez, o mejor dicho, no logra compartir esas sensaciones con el lector, pues para sentirlas literariamente utiliza un método erróneo: una pormenorizada descripción de los hechos en su superficie. Alvarez se entusiasma con sus recuerdos pero, con dificultades para profundizar en ellos o proyectarlos poéticamente, da vueltas en torno a las anécdotas, que no tienen, en sí mismas, demasiado interés. No obstante, no es una novela que se lea mal sino que no transmite el calor que se espera del tipo de materia que se ha echado en el fuego. Queda, eso sí, un testimonio de la aventura de la pubertad en un paisaje social extraño y del coste sentimental de alejarse de la propia cultura, aunque ésta sea machista, antigua y encadenante.
        Estas obras de Julia Alvarez y de Christine Bell son documentos muy sinceros de esa pelea interior con la que la reflexión y el impulso, el estómago y el corazón tratan de ajustar dos culturas, la anglosajona y la latina. Y es esa aventura íntima y dolorosa del mestizaje lo que la novela norteamericana actual está apreciando en todo su valor.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 12 19/03/1994

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"