18/06/1994

Edith Wharton. Una mirada atrás. Autobiografía

Edith Wharton. Una mirada atrás. Autobiografía. Traducción de Jordi Gubern. Ediciones B. Barcelona, 1944. 328 páginas. 2.200 pesetas.
       
       UN MUNDO ORDENADO
       
       Edith Wharton (1862-1937) fue miembro de la vieja sociedad del Nueva York victoriano, un ambiente que la sedujo para asfixiarla, como confirma su autobiografía. Con la excepción de dos novelas, Ethan Frome y Verano, su obra narrativa —La casa de la alegría, Las costumbres del país, La edad de la inocencia, además de otras— se ocupa de las clases altas de su ciudad: banqueros, abogados, rentistas; gente con dinero y con mucho, mucho tiempo para charlar y observarse en las concurridas mansiones de una Quinta Avenida que todavía conservaba terrenos para que pastaran las vacas.
        Con una exquisita adaptación cinematográfica de La edad de la inocencia, Martin Scorsese no sólo puso de actualidad a Wharton sino que reconstruyó casi a la perfección su mundo, un mundo cuya valía residía en dos patrones: "el de la educación y los buenos modales y el de la escrupulosa probidad en los negocios y los asuntos privados". Utilizando una capacidad visual hipersensible, Wharton hizo una descripción minuciosa de ese universo a través de sus casas, sus jardines, el mobiliario, la ropa y los códigos de etiqueta, sintiéndolo como la elaboración plástica de una moral: todo era hermoso en un mundo ordenado. O casi todo. Porque Wharton, como confiesa en Una mirada atrás, se siente arrastrada por la significación dramática que una sociedad frívola adquiere a través de lo que su frivolidad destruye. Ella misma sintió el poder de esa sociedad para "envilecer personas e ideales", y quizá los capítulos más interesantes de esta autobiografía sean aquellos en los que se descubre como un ser diferente, que ha de hacerse perdonar ese hábito, si no malo, en todo caso extravagante, de escribir historias inventadas.
        Buena parte de estas memorias está dedicada a Henry James, un autor con el que temática y estilísticamente siempre se la ha emparejado; ellos dos forman parte de la generación de escritores "expatriados" o "cosmopolitas", que eligieron recuperar las raíces culturales europeas durante la belle epoque. En cuanto a James, Wharton toca muy superficialmente la literatura y prefiere hacer una reivindicación del aspecto humano de su íntimo amigo, insistiendo en que no era tan plomizo ni tan amargado ni tan tacaño como lo veían otros. En cierto sentido, la autora convierte su autobiografía en una celebración de la amistad, en un recuento agradecido de aquellas personas con las que compartió entretenimiento y formación en aquellos salones de Londres y París donde se mezclaba en un continuo flujo la aristocracia y la cultura. Emancipada de la rancia burguesía de Nueva York, Edith construye su propio mundo ordenado en un circulo de personas inteligentes y creativas que unen "un gusto cultivado con destacadas aptitudes sociales". Pero si sus novelas se siguen leyendo hoy es porque detrás de la detallada crónica de una sociedad en perfecto funcionamiento mecánico, están los conflictos de unos seres a los que falta valentía o sobra inocencia para descifrar sus deseos. En sus historias no permite a sus personajes que sean dichosos, extendiendo a la narración su frustrante vida de casada. Edith Wharton no supo de la verdadera pasión amorosa hasta los 45 años, cuando conoció a Morton Fullerton, un brillante periodista, protegido de Henry James, mucho más joven que ella (las cartas a este amante están publicadas en Grijalbo, en una competente edición de Marina Tremoli; un libro esencial para los whartonianos). En su autobiografía, no hay mención a Morton ni a nada que haga referencia al lado más oscuro e insatisfactorio de su existencia—su marido fue un neurasténico que la arruinó y ella misma sufrió estados depresivos—sino que se describe como una mujer generosa, abierta e infinitamente capaz de gozar de la vida: "yo nazco feliz cada mañana", dice, alejándose de las desgraciadas heroínas de sus invenciones, y más adelante, concluye: "El mundo visible es un milagro cotidiano para el que tiene ojos y oídos". Ha preferido que su mirada retrospectiva caiga sobre ese mundo visible—vida de sociedad, viajes, amigos—, lo que podría decepcionar a sus lectores, que no encontrarán aquí lo invisible, aquello que ocultan las sobrecargadas apariencias y que tan magistralmente supo Wharton desvelar en sus mejores títulos. Eso sí, por encima de todo está su elegante estilo, ameno, rico y depurado, que la buena traducción de Jordi Gubern ha logrado preservar.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 16. 18/06/1994

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"