07/01/1995

Gloria Naylor El bar de Bailey

Gloria Naylor El bar de Bailey Traducción de Antonio Desmonts y Antonio Prometeo. Emecé Editores. Barcelona, 1994. 270 páginas. 1.950 pesetas.
       
       VIDAS DE BLUES
       
        Un bar puede ser un hogar y el bar de Bailey lo es, a pesar de su escasa limpieza y de la lentitud del servicio. Pero corren malos tiempos—tiempos de posguerra, estamos en 1948—y hay un montón de vidas destrozadas, de supervivientes al borde del derrumbe que necesitan ser escuchados: desde detrás de la barra de su tugurio, en un Brooklyn fantasmal, Bailey les va a prestar atención porque el camarero es el mejor, quizá el único confesor disponible para los que no tienen nada ni a nadie.
        Gloria Naylor —44 años, afroamericana de Nueva York— ha escrito su novela echando mano de un recurso antiguo y siempre eficaz: enlazar varios relatos independientes a través de un narrador muy funcional, mero intermediario entre el lector y los personajes principales a los que introduce y sitúa. A pesar de la independencia de estas vidas contadas, en ellas hay en común más de un componente. En primer lugar, todas se configuran como un viaje inevitable hacia la miseria, el desamparo y la degradación; de hecho, el objetivo de las narraciones es explicar el porqué de esta situación de llegada. Instalados en la prostitución, la droga o la simple desgracia, los personajes aceptan su condición con dignidad, incluso con ironía y tratan de dar una respuesta orgullosa a ese descenso a los infiernos, o como uno de ellos dice, a "esa carrera de relevos de sueños rotos".
        Pero lo que unifica de verdad estos relatos es el propósito de Naylor de convertir el trasfondo político, el compromiso social de sus relatos en una reflexión sobre el amor. Porque del amor en su sentido más duro es de lo que hablan todas estas víctimas. Al hablar de dureza, me refiero al valor absoluto que, antes que al amor mismo, se da a su ausencia. Todo en estas vidas podría ser soportable—las noches bajo la lluvia, los golpes, el hambre—con un mínimo de afecto; se deduce que el auténtico dolor de la miseria consiste en la imposibilidad de la experiencia amorosa.
        En una novela basada en confesiones personales, se impone un estilo subjetivo, evocador, tendente al lirismo; y no importa que se utilice la primera o la tercera persona, el diálogo o la emergencia del inconsciente: todas las voces están empapadas de la voz de la autora. Por eso, Naylor prefiere los personajes femeninos; el dueño del bar, Bailey, resulta artificioso en su masculinidad, que parece implantada: habla mucho, demasiado, de beisbol, pero su visión de las mujeres a quienes escucha tiene la óptica sensible y cómplice de la misma autora. Es un defecto muy soportable en una obra que contiene buenas páginas en abundancia. Quizá las mejores sean las que se refieren a la Señorita Maple, que constituyen un relato verdaderamente original sobre la influencia de la intolerancia racista en la construcción de un carácter, en la modificación de la conducta de un ser humano.
        Con El bar de Bailey, Gloria Naylor se arriesga a compaginar la corriente más tradicional de la literatura negra, ese permanente ajuste de cuentas con el americano blanco, con una ficción propia, muy apoyada en la singularidad de unos personajes que despegan de la claustrofobia racial para comunicar sentimientos más universales. Irregular, dura y poética, a veces brillante novela.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 8. 07/01/1995

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"