30/11/2008

Olvidar las estrellas

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       Hay gente para la que el éxito sólo es una estación más en el viaje y nunca el final del trayecto. Son personas admirables: suben por la montaña más alta, llegan a la cumbre y cuando empiezan a oír los aplausos y alguien corre a ponerles la medalla, se vuelven al valle sigilosos, como si se sintieran un pelín incómodos por haber triunfado. A este club de antihéroes pertenece Olivier Roellinger, un cocinero que montó un restaurante en su pueblo, Cancale, hace ya 26 años. Vamos a situarnos, venga, un poco de geografía: Cancale está en la bahía que abraza el monte Saint-Michel, en Bretaña, al norte de Francia. Allí, la luna y el mar se llevan un rollete muy especial y, dos veces al día, las mareas crecen y bajan a un metro por segundo, o sea, en plan Fórmula 1, dejando como compensación extraordinarios ejemplares de ostras, mejillones y otros "frutos de mar", que es la bonita metáfora con que los franceses se refieren genéricamente al marisco.
       Bueno, volvamos al señor Roellinger. A lo largo de un cuarto de siglo al frente de su restaurante, ha ido acumulando premios y hace dos años, ganó la tercera estrella Michelin. Tener tres estrellas de la guía Michelín es lo máximo a lo que puede aspirar un cocinero con sed de triunfo. Seamos claros, con ese reconocimiento podrá cobrar sus menús mucho más caros y, además, contará con una clientela exquisita (y pelotillera) y con la admiración (o los celos) de sus colegas. Pero Olivier Roellinger acaba de rechazar sus tres estrellas Michelin y, por si este desplante fuera poca cosa, ha decidido cerrar su restaurante grande. Digo grande porque tiene otro pequeño, donde los menús son más baratos y los manteles no son de hilo ni la cubertería de plata. Ha dicho que en su "bistrot" lo importante será la comida, basada en "frutos del mar y de la huerta" y en las especias. Me lo imagino cocinando unos mejillones con salsa de curry mientras piensa sonriente en la cara de estupor de los gurús gastronómicos ante su gesto; me lo imagino andando por la bahía, con la marea baja, pensando que el éxito no es más que un accidente del que uno debe olvidarse para seguir viviendo.

Este artículo pertenece a la sección "Las noticias me matan"