12/08/1995

Stephen Fry. El mentiroso. El hipopótamo

Stephen Fry. El mentiroso. Traducción de Benito Gómez Ibañez. Anagrama. Barcelona, 1995. 296 páginas. 1.950 pesetas
       
       Stephen Fry. El hipopótamo. Traducción de Pilar Giralt Gorina. Seix Barral. Barcelona, 1995. 280 páginas. 1.900 pesetas.
       
       TÉ CON INGENIO
       
       Sin haber cumplido los 40, Stephen Fry pertenece ya a esa casta de actores británicos que gozan de popularidad generalizada y de prestigio en los medios culturales; señales de partida en una carrera que, de no truncarse, suele conducir a distinciones de nobleza. Fry apunta directamente al título de "sir", habiendo encarnado al mayordomo Jeeves, la gran creación de Wodehouse, en una serie de televisión y a un elegante y flemático enfermo de sida en "Los amigos de Peter". Además, ha escrito dos novelas muy inglesas, que ahora se publican en España. La primera, El mentiroso, apareció en su país en 1991 y arranca como una narración de "años de universidad" para seguir como una de espionaje en clave satírica. Está centrada en un personaje excesivo, un tal Adrian Healey, tan ingenioso que llega a resultar insoportable; padece una enfermedad de inconfundible raíz británica, la de eludir la realidad por medio de una conversación ocurrente en la que opiniones y réplicas han de encerrar, por necesidad, un chiste—a eso se le llama "pequeña charla"—. Adrian expresará juicios divertidos, cáusticos y sorprendentes sobre lo divino y lo más humano porque él, sencillamente, es la estrella de la reunión. Todo está dominado por las ganas de parecerse a Oscar Wilde, sin pasar del intento. Es cierto que la verdad aparece de vez en cuando en las aventuras de este gay alocado e inmaduro pero no se consigue dar un mínimo de profundidad a esta historia ingeniosa por obligación, de forzada ligereza.
        Muy distinta, mucho más interesante, resulta su segunda novela, El hipopótamo, que, esta vez sí, puede incluirse en la tradición de Oscar Wilde, con cuya obra La importancia de llamarse Ernesto mantiene algún punto de contacto; por ejemplo, la semejanza entre sus dos personajes principales. El de Fry es Ted Wallace, poeta y crítico teatral en paro que acepta residir en la mansión de los Logan con el pretexto de escribir la biografía del jefe de la familia pero con la secreta finalidad de descubrir el origen de las asombrosas curaciones que allí se producen. Ted es un cínico, un escéptico que sabe mantener la distancia ante un grupo de personajes ociosos, un tanto extravagantes e irreales, atrapados por la belleza encarnada en David, "un fauno de quince años y pestañas rizadas". Es la cegadora influencia de la belleza lo que les hace encontrar cierto sentido a su falsedad; solamente el poeta mantendrá la lucidez y descubrirá el envés del enigma. La novela está plagada de reflexiones sobre el sexo y los sexos, la tradición y la modernidad, la literatura y la vida como mentira; hay significado y entretenimiento en los paradójicos monólogos de Ted Wallace y eso le sitúa en un buen lugar en la lista de burlones y embaucadores que pueblan la ficción británica. Por encima de la trama y del estilo, la creación de este personaje nos obliga a tomarnos en serio al ingenioso Stephen Fry.
       Publicado en El País / Babelia p. 6. 12/08/1995

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"