14/10/1995

William T. Vollman Historias del Mariposa

William T. Vollman Historias del Mariposa. Traducción de Jordi Arbonés. Muchnik Editores. Barcelona, 1995. 298 páginas. 2.500 pesetas.
       
       EL INFIERNO GOZOSO
       
       Estamos ante una novela dura pero intensamente romántica, centrada en el amor loco de un periodista semifracasado hacia una prostituta asiática, pasión en la que la tuberculosis ha sido sustituida por el sida en un escenario contemporáneo de apocalipsis. Es la primera obra que se publica en España de William T. Vollman, un californiano de 36 años que se ha convertido en un escritor de culto (en su país, esto signica ser un éxito de ventas en el amplio circuito de las pequeñas librerías) en parte debido a una prolífica producción que incluye tres novelas, dos libros de relatos, otro sobre su experiencia con los grupos rebeldes en Afganistán, y tres volúmenes de lo que será una extensa historia de los Estados Unidos (Paisajes norteamericanos); además, ya ha recibido dos premios de prestigio que han reconocido su popularidad constante entre los lectores de ficción de calidad.
        Pero el que las obras de Vollman sean tan bien recibidas se debe, por encima de cualquier otro factor, a que él continúa la tradición del novelista americano que se arriesga, lo que es de agradecer en un panorama saturado por obras previsibles, bien porque provienen de los talleres de escritura, bien porque se destinan desde su gestación a ser adaptadas para el cine o la TV. Sí, en Historias del Mariposa hay un fuerte poso de la mejor novela perturbadora: se comparte con Hemingway el hechizo de los héroes voluntariamente expatriados, solitarios y aventureros; con William Burroughs, Vollman coincide en el arte de hacer realismo con la alucinación; y a la manera de Henry Miller, este autor crea un personaje que espera del sexo todas las respuestas, la anestesia y la vitalidad, el conocimiento de uno mismo y del otro, la justificación de la existencia y la compensación ante la muerte. Tanto para su gozo como para su desdicha, el héroe de Vollman es un ingenuo milleriano. Ahora bien, si algo separa a Vollmann de Miller es su capacidad irónica para hacer que el lector vea claramente la ingenuidad de su criatura: desde fuera de la ficción, este sexo es triste y mugriento; dentro de ella, jubiloso y memorable. No obstante, autor, lector y personaje están de acuerdo en que el sexo es una luz en el infierno. Sin ese viaje por las vaginas del sudeste asiático, el hombre-mariposa acabaría muerto de rutina sobre la mesa de una cocina con restos de ketchup; cuando considera que ha cambiado once años de aburrimiento con su mujer por dos semanas de paraíso con una prostituta, no se siente culpable sino sujeto de un proceso tan lógico que todo el mundo aprobaría.
        No sólo hay sexo, hay también mucho dolor porque ésta es una historia de víctimas. Vapuleado desde niño, el Mariposa se acoraza en su soledad como si lo hiciera en un cuarto cerrado por cuyas rendijas no cesara de entrar la violencia. Y este niño-víctima se convertirá en un hombre que huye hacia delante, avanzando hacia el centro exacto del infierno, un sitio donde si ya estás, es mejor quemarte; el paisaje de esta huida será Tailandia y Camboya, países en los que—una vez reciclada su monogamia en promiscuidad—verá a las frágiles prostitutas como otros ejemplares de su misma especie: seres bondadosos que no entienden el mal, cuya única, inútil arma es el estupor. El hombre mariposa admira el sufrimiento porque ha crecido con él; la historia de un personaje cuya familia fue asesinada a golpes por los jemeres rojos le hace meditar: él es más grande que yo porque ha sufrido más; ¿cómo puedo demostarle mi reconocimiento de la terrible grandeza a que se ha hecho acreedor?
        Y este americano tranquilo encuentra en la enfermedad (contrae todas las infecciones, sin querer y queriendo) la forma más pura y válida de comunión con los que más padecen, con aquellos a los que el dolor—la crueldad de los otros, la memoria de la guerra— ha santificado, de modo que la gonorrea o el sida sólo son partes de la liturgia que se ha de seguir para ingresar en el paraíso en llamas.
        Vollman escribe compulsivamente, muy volcado en una historia en la que cree, pero elige narrar desde una tercera persona que se apoya en recursos del cuento tradicional y de la retransmisión periodística para resaltar esa distancia; y de repente, la frialdad de esa perspectiva gira con brusquedad hacia el interior del personaje central, rozando el flujo de la consciencia y el lenguaje del delirio. Estas variaciones de tono, registro y enfoque no facilitan la traducción; a pesar de eso, Jordi Arbonés ha hecho un buen trabajo, que nos ayuda a percibir Historias del Mariposa como una novela de aventura interior, de compromiso con las verdades más esenciales del individuo, cuyo desgarrado romanticismo convierte la tragedia en una experiencia feliz.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia 14/10/1995

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"