16/03/1996

Howard Norman. El pintor de aves

Howard Norman. El pintor de aves. Traducción de Angeles pérez Gómez. Emecé editores. Barcelona, 1996. 252 páginas.
       
       LOS LÁPICES DE LA MUERTE
       
       Se llama Fabian Vas y es un pintor de aves que vive en un pequeño pueblo de la costa de Terranova; también es un asesino porque un día de octubre de 1911 mató al farero. Esta información—dada en primera persona— se encuentra ya en el primer párrafo del relato. La intriga parece, pues, evidenciada aunque no es más que un señuelo para empujar al lector a desentrañar las misteriosas motivaciones que llevaron a un muchacho tranquilo y satisfecho a cometer un delito de sangre. Estamos ante una historia policiaca en la que el homicida, que es el narrador, ha de ser el detective que investigue su propio crimen.
        El pintor de aves es la segunda novela de Howard Norman, un profesor de literatura de 45 años nacido en Ohio. Otra anterior, Luces del norte, y dos colecciones de relatos han hecho que lectores y críticos acojan con aprecio a este indudable valor de la corriente neonaturalista americana. En toda su obra el paisaje de Canadá adquiere un papel dominante en tal medida que sus personajes no podrían vivir ni sentir fuera de él; es más, la intensidad que estos transmiten no se debe a su caracterización—deliberadamente primitiva—sino a la que nos llega del ámbito en el que se mueven.
        Norman es un escritor austero, que se empeña en sujetar las palabras de manera que no desborden nunca los límites de lo que han de nombrar. Pero esta característica suya, antes que producir una sensación de sequedad expresiva, aumenta su capacidad de sugerencia, de un magnetismo que impide que nos alejemos de una historia que despliega, aparentemente, todas las cartas boca arriba.
        Fabian deja sus lápices y agarra un revolver, se acerca al faro y dispara impulsado por una obsesión, porque la obsesión es el demonio que crece contento en el corazón de los pacíficos. El muchacho mantiene una relación muy carnal con Margaret, quien se siente atraída por el farero, quien, a su vez, es el amante de la madre de Fabian. ¿Por qué hay que matar al farero? Quizá para librarse de la obsesión y poder volver a pintar aves o puede ser que para salvar el honor de un padre bueno o tan sólo se trata de un ajuste de cuentas entre dos machos rivales. Pero Fabian ha de caer aún más bajo traicionando a quien más quiere, convirtiéndose en la mentira misma. A partir de aquí, Howard Norman escribe un historia de redención en una sociedad todavía teocrática. Adulterio, celos, sangre y salvación: conflictos de siempre, provenientes de romper las normas sagradas sobre la verdad y la vida.
        Todo es sencillo y terso en la pequeña comunidad de Witless Bay, excepto la geografía de unas almas desoladas, casi gélidas, cuyo territorio vamos conociendo a través de descripciones escuetas y diálogos precisos, por encima del murmullo del viento y de las charlas de los hombres después de la pesca; esas almas primitivas se funden, intencionadamente, con el paisaje poco transitado de una nación que emerge. Howard Norman logra apasionar acometiendo un brillante ejercicio de depuración narrativa, que ha coincidido con el sensible, buen hacer de la traductora española.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 16/03/1996

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"