13/07/1996

Anita Brookner. Una historia de familia.

Anita Brookner. Una historia de familia. Traducción de R. M. Bassols. Seix Barral. Barcelona, 1996. 238 páginas. 1.800 pesetas.
       
       Encuentro en la Rue Laugier. Traducción de Beatriz López Buisán. Editorial Thassália. Barcelona, 1996. 214 páginas. 1.900 pesetas.
       
       LO IMPORTANTE ES SENTIR
       
       Para aquellos que creen que la verdadera aventura es la que transcurre por los vericuetos emocionales de las personas normales y corrientes, éstos son libros modélicos. Dos más en la sólida trayectoria de Anita Brookner (Londres, 1928)—un profesora de arte especializada en pintura del s. XVIII—cuya extensa obra narrativa está dominada por un intimismo lúcido que ha hecho que se la encuadre en la escuela de Henry James. A pesar de haber recibido el premio más importante de las letras británicas, el Booker, por Hotel du Lac y de que casi todas sus novelas están traducidas al castellano, Brookner no es suficientemente apreciada en nuestro país; pero estos dos títulos que nos llegan ahora de su más reciente producción suponen una ocasión óptima para conocerla.
        Su universo narrativo es, en principio, uno de mujeres y sus heroínas responden a un patrón que las iguala: introvertidas, sensibles e inteligentes. Así es Jane, la narradora de Una historia de familia; hija única de un matrimonio de clase media que lleva una vida cómoda y placenteramente aburrida, queda fascinada desde niña por su tía Dolly, una francesa casada con el hermano de su madre, y esta relación marcará su vida pues ambas se embarcarán durante años en una especie de partida de ajedrez jugada, en vez de con fichas, con sentimientos de avaricia y generosidad, de admiración y rencor y de los rezumados por muy sutiles variaciones del egoísmo y la dependencia.
        Son mujeres opuestas: Dolly es extrovertida, despìlfarradora y continental—en el sentido perverso que a esta palabra dan los británicos—mientras que Jane es recóndita, metódica y segura. Durante mucho tiempo, Jane necesitará de la luz que irradia su tía para sobrevivir en su grisáceo entorno y madurar contemplando la edad adulta como una divertida fantasía, pero al final será Dolly quien se rinda al complicado encanto de la sobrina, cuya belleza procede de un concepto positivo de la soledad como paraíso de invenciones, y de un amor propio tan radical que le permite rechazar cualquier convención, desde el noviazgo o la vida social propia de las mujeres hasta el mesianismo de las nuevas feministas americanas, cuyo código de conducta política y personal es desmantelado a conciencia por la autora. En un sentido muy profundo y nada doctrinario, se trata de una novela feminista que presenta a los hombres como sombras asexuadas, como fantasmas protectores de las mujeres fuertes que rigen sus propias vidas. Brookner ha creado en Jane un personaje magnífico al que define no por lo que hace ni por lo que le ocurre sino por lo que siente.
        Algo muy parecido podría decirse de Maud, el personaje conductor de Encuentro en la Rue Laugier, una mujer involucrada en una trama en principio muy convencional: durante unas vacaciones en Francia, conoce a Tyler, el hombre que será "el único capital emocional" de su vida—un joven símpático y sensual pero también cínico y egoísta— que pronto la abandona; Maud se refugia entonces en el discreto y aburrido Edward con el que llegará a casarse, formando un matrimonio en el que él la amará con pasión y ella, con cortesía y lealtad. Pero por muy leída que tengamos semejante base argumental, Brookner se desvela aquí como lo que es: una auténtica maestra en la escritura de las turbulencias que se dan en las almas educadas en la inhibición. Si bien el guapo Tyler es un personaje exclusivamente funcional, Edward es merecedor (aun siendo hombre) de algunas páginas antológicas en la obra de su autora, que sabe analizar su pasión por Maud con tal serenidad y lucidez que es difícil que el lector no se sienta afectado por esa exquisita manera de iluminar el intrincado proceso de los afectos.
        Y para unas novelas cuya trama es conducida por los sentimientos no hay mejor estilo que el de Anita Brookner: elegante, tranquilo y claro, nada costumbrista, lo que contribuye muy conscientemente a crear una sensación de atemporalidad: en Una historia de familia sabemos, por muy contados detalles, que estamos en la década de los 80 pero podríamos situar la historia a principios de siglo, a lo que incluso invita la ilustración de la portada, y es que los sentimientos no han evolucionado ni en la misma dirección ni a la misma velocidad que la imaginación tecnológica. Anita Brookner es muy clara al respecto en estas dos últimas novelas: si eres capaz de creer e interpretar tus emociones, el resto de la vida sólo es un conjunto de simples circustancias, de meros accidentes. Las fluidas traducciónes de Bassols y de López Buisán potencian la fácil, por natural, prosa de esta escritora inglesa.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 13/07/1996

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"