14/09/1996

E. Annie Proulx. Postales

E. Annie Proulx. Postales. Traducción de Mariano Antolín Rato. Emecé. Barcelona, 1996. 401 páginas. 2.450 pesetas.
       
       EL PARAÍSO QUE DUELE
       
       Annie Proulx (Connecticut, 1935) se dio a conocer en todo el mundo con Atando cabos, una novela que empezaba dándote un puñetazo en el estómago y acababa hundiéndote en una tarta de merengue; se trataba de una historia escrita con gran periciaque a duras penas ocultaba una fórmula maliciosa, la del bestseller vestido de gran literatura. Atando cabos sigue siendo un ejemplo de esa clase de novelas que surgen de un guión preestablecido por la demanda social en la América de hoy: exaltación del esfuerzo personal y del trabajo bien hecho, vuelta a la naturaleza, visión de la unidad familiar como mayor fuente de equilibrio y otros valores conducidos por un americano no muy despierto (son los tiempos de Forrest Gump) que en las últimas páginas saborea el placer de la autoestima.
        Toda estas líneas sobre la, por otra parte, muy entretenida Atando cabos son necesarias para resaltar la sorpresa ante su novela anterior, Postales, un neowestern admirable, de escasas concesiones, que ahora se publica en una de las habituales buenas traducciones de Antolín Rato.
        En una granja del estado de Vermont (en el nordeste del país), un matrimonio y sus tres hijos malviven de lo que les dan el campo y unas cuantas vacas. Un día de 1944, uno de los hijos varones, Loyal, mata inexplicablemente a su novia, esconde el cadaver y emprende una huída que durará cuatro largas décadas. Durante ese tiempo no dejará de enviar postales sin remite a su familia, ajeno enteramente al proceso de disgregación que ésta irá padeciendo.
        Proulx ha escrito un poema épico sobre el deseo del paraíso, sobre el dolor de comprobarse excluido de él y sobre la angustia de no dominar el destino. Aquí, todos—los que se van y los que se quedan apegados a la tierra—ansían mejorar de vida en un período en que la vida es generosa para los americanos pero la felicidad se desliza esquiva alrededor de esta familia. Loyal se merece esa felicidad: es honrado, trabajador, listo, pero cada etapa de su viaje es una derrota y cada postal que escribe es una mentira, que esconde un grito de desesperación, una nueva expulsión del paraíso. Loyal se convierte, con el paso del tiempo, en la imagen sucia, demacrada y fantasmal del hombre de Mallboro.
        Solitario, asmático, culpable, Loyal va adquiriendo cierta altura trágica, casi mítica, impulsada por la capacidad de la autora para hacernos valorar su dignidad y para resaltar su presencia marginal sobre el fondo de otra América, que emerge triunfante de la segunda guerra mundial. El alegórico viaje de Loyal es un viaje hacia la extinción: viejo campesino, inútil alma pura, dinosaurio enfermo; incluso la autora se permite una ironía reveladora, al final será una inmigrante cubana la que sobreviva y triunfe en una América nueva.
        Detrás de Proulx está la épica de la miseria de Steinbeck y el estilo rápido, expresionista, de John dos Passos pero si en algo destaca la autora es en la pintura de figuras en un paisaje, que no sería nada sin ellas y viceversa. La belleza y la fuerza con que logra entrelazar la naturaleza con los personajes llega a engañarnos sobre la enjundia de estos, que parecen profundos y no lo son. Pero no es necesario que lo sean; basta con su papel de peones en la arrolladora evolución de un país, de emocionantes sombras en el esplendor del paraíso. Una lástima que sobre el talento que Proulx derrocha en Postales cayera después, en su segunda y premiada novela, tanta azucar y tanta corrección política.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 14. 14/09/1996

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