28/09/1996

Richard Ford. El Día de la Independencia

Richard Ford. El Día de la Independencia. Traducción de Mariano Antolín Rato. Anagrama. Barcelona, 1996. 563 páginas.
       
       Ford, un maestro del 'realismo sucio'
       
        Todos los seres humanos hemos de atravesar, en distintos momentos de nuestras vidas, amplios espacios de desconcierto. De esa clase de travesías tratan las páginas magistrales de El Día de la independencia, la última novela de Richard Ford (Mississippi, 1944).
        Fue hace ahora algo más de 10 años cuando Bill Buford, entonces director de la revista Granta, acuño la etiqueta de realismo sucio para encuadrar a algunos escritores americanos —Richard Russo, Jayne A. Phillips, Tobias Wolf y Richard Ford, entre otros—que compartían el enfoque moral y estilístico de Raymond Carver: la realidad no se embellecía ni se afeaba, simplemente se dejaba que se desvelara sola a través de acontemienmtos nimios y personajes corrientes, en una atmósfera de desencanto, saturada de rutina. Con Un trozo de mi corazón y La última oportunidad, pero muy especialmente con El periodista deportivo e Incendios, Richard Ford se ha erigido en el autor más sólido de este grupo generacional. Y ahora, con El Día de la Independencia ha alcanzado una de las cumbres del realismo introspectivo americano, al nivel de Saul Bellow (Herzog) o John Updike (la serie de Conejo).
        El Día de la Independencia se presenta como una secuela de El periodista deportivo. Su narrador, Frank Bascombe ha cambiado la prensa y el deporte por la venta de bienes inmuebles y su situación económica es excelente; ya ha cumplido 44 años y lleva 7 divorciado de Ann, con quien todavía desea volver, a pesar de que mantiene una buena relación con una atractiva ejecutiva desde hace diez meses. La existencia pacífica y cómoda de la que Frank goza en Haddam, una ciudad residencial y turística de Nueva Jersey, no le hace olvidar ciertos temas molestos que escapan a su control. En primer lugar, está obsesionado con su hijo Paul, un adolescente difícil y emocionalmente inmaduro, que tiene, por ejemplo, la manía de ladrar y que ha sido cogido robando en una tienda. "Si tu hijo empieza a caer de cabeza, es obligación tuya, por medio del amor y de tu mayor edad, lanzarle una cuerda y salvarlo" Frank piensa que la cuerda va a ser un viaje de ellos dos solos por los museos del baloncesto y del beisbol durante el largo puente del 4 de julio de 1988. En Incendios, Ford trató de la relación paternofilial desde el punto de vista del hijo y aquí lo hace desde la confusión del padre divorciado o "interino": "Los hijos son una forma de descubrimiento de uno mismo y lo que va mal en ellos es lo que va mal en nosotros". A la inseguridad que le provoca Paul se añade la de un entorno engañosamente tranquilo: durante un paseo, un vándalo en bicicleta le golpea y le deja inconsciente, y el asesinato de una empleada de su oficina, con la que mantuvo una calurosa relación, sigue sin resolver.
        Muy gradualmente, vamos enterándonos de que el suelo que pisa Frank no es tan firme como parecía. Él es muy reflexivo y practica un autoanálisis constante: desea la seguridad en un mundo privado y social que es básicamente inestable; tiene un optimismo muy americano, muy prágmático: la felicidad no es conseguir lo que uno cree que quiere sino atrapar lo que está al alcance y tratar de reconciliarse con ello. Ford ha creado un personaje con fisuras y defectos y lo ha colocado en un ciclo vital de extremada vulnerabilidad pero lo ha dotado de valentía y de verdad. Frank tiene miedo a engañarse y a ser cobarde pero cuando flaquea no abandona porque intuye su capacidad para enfrentarse a cualquier conflicto. Su alimento moral lo proporciona el texto que Thomas Jefferson redactó para la Declaración de independencia el 4 de julio de 1776 y cuyo mensaje piensa transmitir a su hijo Paul durante la excursión: "en aquel momento todas las colonias se comportaban como naciones separadas y ferozmente guerreras y, sin embargo, necesitaban ser más felices y seguras e hicieron todo lo posible por conseguirlo". Nada hay tan americano como la voluntad de salir adelante ni tan humano como el miedo y la duda y ésos son los componentes de este personaje que se esfuerza en unir "un despedazado pasado y un ajetreado presente" para, de un modo lógico, conseguir la libertad y la independencia en una fecha que "no sólo es una fiesta sino una celebración de las potencialidades humanas". La vía que Ford elige para conmover al lector y mantenerlo absorto con la aventura interior de Frank Bascombe es evidentemente sutil: la lucha de Frank por el autoconocimiento—inevitable punto de partida para esa buscada independencia—está llena de pequeños fracasos de manera que cada día que pasa aún se conoce menos, como si únicamente el desconcierto pudiera iluminarle: el largo y enervante trato que mantiene con unos clientes chiflados le pone en contacto con la vejez y con la derrota de la masculinidad; su ansiado viaje con el hijo progresa de torpeza en torpeza hasta culminar en un grave accidente. Cuando llega el 4 de julio, parece que todo está perdido pero en medio de la perplejidad, la vida de un hombre que realmente se ha propuesto ser feliz empieza a ordenarse. El autoconocimiento, el orden, la generosidad, la historia como fuente de información moral sobre nuestra propia naturaleza y, por encima de todo, la aceptación de que del estado de duda surge la felicidad son los valores que constituyen el armazón ideológico de este nuevo clásico americano. Una novela imprescindible.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 28/09/1996
       

EL FULGOR DE LA DUDA fue el título original de la reseña, que los redactores de El País cambiaron por el que figura arriba

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"