01/02/1997

Alain de Botton. El placer de sufrir

Alain de Botton. El placer de sufrir. Traducción de Miguel Martinez Lage. Ediciones B. Barcelona, 1996. 332 páginas. 2.700 pesetas.
       
       BOTTON INSISTE SOBRE LOS SENTIMIENTOS
       
       Lo más habitual o, por lo menos, lo más recomendable es que el amor se viva con abandono, gozando de esa dulce borrachera sin hacerse demasiadas preguntas, pero hay quienes no se resisten a indagar en los porqués de esos desórdenes psicosomáticos propios del síndrome amoroso. Alain de Botton, un suizo de 27 años que escribe en inglés, lleva ya cuatro novelas empeñado en analizar el proceso de chispa, encendido, llamas y cenizas que disfruta y padece una pareja. Su primera novela, Del amor (Ediciones B, 1995), sorprendió por su estructura narrativa, que mezclaba la narración y el diálogo con el ensayo; así, lo que parecía en principio una tradicional intromisión del autor en los pensamientos de sus personajes, se convertía, con indudable gracia estlística, en un tratado de filosofía ligera sobre el escurridizo tema de los sentimientos. En esta su segunda novela, el autor insiste en los mismos modos literarios y El placer de sufrir es, pues, a la vez una obra de ficción y un tratado sentimental para jóvenes con recursos.
       Alice se nos presenta como una mujer que sufre porque no es amada ya que ella cifra —al igual que su heroína, Madame Bovary—, "la cúspide de la posibilidad humana en la intimidad de dos seres". La originalidad, el grácil anacronismo de Alice es que quiere ser, por encima de todo, una mujer puramente romántica en la inglaterra consumista de este final de siglo. De Botton rápidamente contrasta la visión del mundo que tiene su personaje con el que defiende Jane, la hermana, directora de un centro para mujeres maltratadas. Para Jane, el amor tiene más que ver con cambiar pañales y llegar a fin de mes que con los besos largos de las películas, mientras que Alice quiere viajar a un espacio desconocido en el que el hombre con el que se acueste sea "el fin de su vida sexual, la respuesta a su vida entera". Ese hombre pronto aparece y es un ejecutivo de Wall Street, impulsivo, tan simple como un periódico de deportes y tan involucrado en la filosofía como una lista de cotización de divisas. Pero Alice no se rinde: ella está enamorada del amor o más bien de todo el engranaje de dudas que el amor provoca. Ella no para de especular sobre la naturaleza de sus sentimientos, permanentemente enfrascada en un juego masoquista que consiste en volver el amor difícil; en la parte dialogada estos dos amantes recuerdan mucho a los que pueblan el cine de Eric Rohmer: hablan y cavilan para desmenuzar lo que sienten como si pensar sobre el amor fuera más importante que el amor mismo, que, sometido a una reflexión excesiva, acaba por romperse.
        Alain de Botton articula su ensayo-novela en capítulos cortos, cargados de referencias culturales, en los que intenta analizar la relación del amor con el consumismo, con la religión, con la lectura, con el propio cuerpo y, muy especialmente, con el poso que los prejuicios de la tradición occidental han dejado en tan perturbadora alteración del yo. A la novela habría que hacerle el reparo del diseño externo de sus personajes, excesivos en su estilo de jóvenes triunfadores con glamour, que parecen salidos de revistas como Vogue o Arena, volviéndose de esta manera en contra de las intenciones del autor, ya que parece que sólamente cuando se tiene mucha pasta, puede uno preocuparse por el consciente y el subconsciente del propio corazón.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 12. 01/02/1997

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"