26/04/1997

Kazuo Ishiguro. Los inconsolables

Kazuo Ishiguro. Los inconsolables. Traducción de Jesús Zulaika. Anagrama. Barcelona, 1997.
       568 páginas. 3.500 pesetas.
       
       RETRATO DEL ARTISTA EN SU DESDICHA
       
       Al otro lado del espejo todo es posible excepto la capacidad del héroe para controlar mínimamente lo que ocurre a su alrededor. El héroe ya no domina la batalla, ni el juego, ni sus propios sueños: está tan indefenso, tan solitario y tan patético como un primer actor que intenta recitar su papel mientras el teatro se desmorona. Las sombras de un Lewis Caroll tenebroso y de un Franz Kafka más desesperanzado que crítico se proyectan en la cuarta novela de Kazuo Ishiguro.
        Nacido en Nagasaki, Ishiguro vive en Inglaterra desde los seis años; estudió en la universidad de Kent y trabajó como asistente social hasta que el éxito le permitió dedicarse a la escritura a tiempo completo. Esto ocurrió con su segunda novela, Un artista del mundo flotante (1986), en la que un propagandista del militarismo que arrasó Japón en la década de los 30, contempla en su vejez cómo él mismo y todo aquello en lo que creyó son ignorados por las nuevas generaciones. Anteriormente había publicado Pálida luz en las colinas (1982), la historia de una mujer que a raíz del suicidio de su hija, intenta reconstruir la memoria de sus emociones después de la explosión atómica sobre Nagasaki. Pero fue Los restos del día (1989), con la que obtuvo el premio Booker y de la que James Ivory hizo una espléndida adaptación al cine, la obra que le convirtió en uno de los escritores más respetados y conocidos de su generación —que se ha convertido ya en "la generación": Barnes, Amis, Timothy Mo, Kureishi, etc—. Los restos del día ya no hablaba de Japón sino de algo tan británico como un mayordomo, quien entra en crisis al constatar cómo la vida activa que dejó atrás se ha vaciado de significado mientras que su vida sentimental todavía está en el punto de partida. Pero en Los inconsolables, Ishiguro deliberadamente se aleja del éxito y de la aceptación popular que tenía tan seguros y da un paso valiente, de independencia creadora que la literatura le agradecerá, sin duda, a medio plazo. Porque esta última novela suya ya no tiene nada que ver con el pan y la mantequilla del té de las cinco y sí con esa línea de indagación sobre el componente trágico del alma europea que emprendieron Mann, Kafka, Beckett o Bergman. "La respuesta reside en alzarse hasta el nivel del reto, no en recurrir a limitaciones", dice el héroe refiriéndose a la creación musical pero que hemos de leer como una declaración de principios del autor, que desea separarse del realismo que practican sus colegas ingleses.
        A una ciudad innombrada de Europa central, llega Ryder, un pianista de enorme fama; oficialmente se espera que dé un concierto que devuelva a sus habitantes la fe en el arte para que, con ello, puedan recuperar la estabilidad emocional y el equilibrio colectivo que una larga y misteriosa crisis les ha arrebatado. Pero pronto van saliendo al paso del artista multiples personajes, acosados por la insatisfacción, que exigen su atención sobre problemas de apariencia banal pero desorbitados en su gravedad de manera que la relación entre causa y efecto está siendo continuamente distorsionada: un mozo de hotel se pierde en un minucioso análisis del arte de transportar maletas; un niño intenta recuperar un futbolista de juguete en una urbanización fantasmal; un grupo de histéricos propone un monumento al perro muerto de un director de orquesta alcoholizado. En un proceso imparable de desorientación extrema, Ryder sólo encuentra refugio en los recuerdos de niñez, pero éstos, en vez de devolverle ecos de felicidad, le traen viejos conflictos sin resolver; así pues, lo que el pianista esperaba como una apacible estancia previa a una actuación, se convierte en un largo viaje por el peor de sus sueños; cualquier cosa que pretenda hacer se ve interrumpida y aquello que parece a su alcance se coloca pronto a suficiente distancia para convertirse en objetivo imposible. Poco a poco, Ishiguro crea una contundente sensación de impotencia y comunica con maestría la inseguridad y la desesperación que van apoderándose de su héroe. Eso lo consigue principalmente por dos medios: por un lado, con el esmerado diseño de unos escenarios de pesadilla—un hotel de complicada arquitectura, un bloque de apartamentos al borde de un gélido lago, un castillo-bunker en un campo desierto— y por otro, con la elaboración de un complejo—aunque siempre fácil de seguir—enfoque narrativo. Para empezar, el protagonista narrador se convierte con facilidad en autor omnisciente, creándose una perspectiva falsa que obliga al lector a ajustar su punto de vista con frecuencia; el sentido común de Ryder y su lenguaje racional se desvelan pronto tan endebles como las absurdas peroratas de los personajes que le asedian, que recuerdan tanto a Beckett y, sobre todo, a los diálogos empapados de amenaza propios de Harold Pinter. Hay que señalar que la traducción ha captado muy bien los matices de tan variados registros.
        Cuando Ryder se siente incapaz de articular su nombre, cuando su propia identidad ya es sólo una sombra y logra verse—porque todos los demás lo ven así—como un portavoz de la decepción, quizá hayamos llegado al fondo de Los inconsolables, una nueva y lúcida parábola sobre la muerte del ideal europeo surgido a partir de 1945, muerte para la que ni siquiera el Arte puede ofrecer consuelo. En un teatro que amenaza ruina inminente, un pianista se empeña en realizar una actuación memorable. Nadie, nadie escucha.*
       
       *Los redactores de El País cambiaron mi título por el de "La desesperanza de Kazuo Ishiguro".
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 7. 26/04/1997

Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"