03/05/1997

Alan Hollinghurst. La estrella de la guarda

Alan Hollinghurst. La estrella de la guarda. Traducción de Miguel Ripoll. Anagrama. Barcelona, 1997. 498 páginas. 3.500 pesetas.
       
       EN EL LÍMITE ROSA DE LA LUZ
       
       La pornografía que pudiera haber en La estrella de la guarda no residiría en sus episodios más tórridos, escritos con precisión y delicada franqueza e incluso poesía, sino en que constituye un buen ejemplo de literatura entendida como arte de la ensoñación. Una cosa es la novela pornográfica y otra, la "pornografía de la novela", por la que este género—en mayor medida que cualquier otro—puede ofrecer al lector la vida que éste querría vivir cuando sueña despierto. Tanto en su deslumbrante primera obra—La biblioteca de la piscina (Anagrama, 1990)— como en esta segunda, Allan Hollinghurst hace discurrir su inventiva por los caminos de la realidad deseada, en un pacto de engaño parecido en el fondo, aunque de dimensiones estéticas muy distintas, al que establece la novela rosa.
        Miembro joven de la brillante generación británica del baby-boom, Hollinghurst no ha alcanzado la fama de otros de sus componentes como Martin Amis, Kazuo Ishiguro o Graham Swift, y esto se debe muy probablemente a que sus novelas, ambiciosas e intensas, tratan de pasiones homosexuales desde una perspectiva homosexual. Su obra responde al modelo de calidad imperante ahora mismo en la narrativa inglesa: trama sólida con elementos metaliterarios, a la manera de Antonia Byatt; personajes ficticios junto con otros que podrían haber existido y enlace entre el pasado y el presente; además, en La estrella... añade un ingrediente muy del gusto de los escritores de su país: la acción transcurre al otro lado del canal.
        A una pequeña ciudad de Flandes llega Edward Manners, 34 años, escritor, para hacerse cargo de la educación de un adolescente difícil, del que se enamora. La historia, equlibradamente distribuida en tres partes, narra el trayecto de un hombre culto y vulnerable a lo largo de una obsesión, cuyo antecedente más obvio, como se señala en la contraportada, estaría en Lolita, de Nabokov. Al igual que el joven rentista de La biblioteca de la piscina, Edward Manners es un héroe falso al que el autor nos obliga a admitir como verosímil: autosuficiente y prácticamente ocioso, dedica el mucho tiempo libre del que dispone a recorrer la geografía gay de la ciudad, a ligar sin tregua y a vivir o a recordar las multiples experiencias de una promiscuidad asumida que no siempre consigue distraerle de su dolorosa pasión por el joven Luc. A falta de cualquier otra preocupación u ocupación, la vida del héroe está dedicada al sexo y al amor. Del sexo se ocupa muy especialmente la primera parte, en la que el autor envuelve el ambiente homosexual en un romanticismo pictórico, con los colores serenos y tristes de las ciudades flamencas, y es que sus descripciones son siempre subjetivas, impregnadas de un "estupor estético". La segunda parte presenta un cambio de registro y constituye en sí misma un magnifico relato de aprendizaje. La muerte en accidente de un amigo enfermo de sida—cuya rápida mención supone un leve anclaje en la realidad—obliga a Edward a recordar sus años de formación y a reeencontarse con todos aquellos que no han tenido la experiencia de una pulsión que los marginara, con ese otro mundo que no ha alcanzado a ver "el límite rosa del espectro del arco iris". En este capítulo, una novela que es de amor y de soledad, y muy individualista como todo relato romántico, proyecta un aliento en cierto modo mucho más radical que otras novelas explícitamente políticas, al dejar traslucir el orgullo del narrador en cuanto a su identidad sexual.
        La tercera parte es quizá la más fallida pues trata de resolver el conflicto a la manera de un relato de intriga, con unos cambios de ritmo narrativo que provocan no poca confusión, pero la prosa de Hollinghurst, tan cuidada, tan brillante a veces, que sabe pasar con tanta naturalidad de lo más sombrío a lo casi cómico, consigue que olvidemos que éste, como todo melodrama, también está lleno de mentiras.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 11. 03/05/1997

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"