06/12/1997

Jaime Bayly. La noche es virgen

Jaime Bayly. La noche es virgen. Editorial Anagrama. Barcelona, 1997. 192 páginas. 1.900 pesetas.
       
       Las Soledades de una Disidencia
       
       Con No se lo digas a nadie el peruano Jaime Bayly (Lima 1965) obtuvo un notable éxito de crítica y excelentes cifras de ventas, nada menos que diez ediciones, además de una maldita etiqueta, la de enfant terrible o escritor transgresor de la nueva literatura hispanoamericana porque en ella había mucha droga, mucho sexo y del menos ortodoxo, y un espíritu muy crítico hacia los modos de la alta burguesía de Perú. La marca de la provocación parecía estar impresa también en su segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo, en la que un nuevo paseo por su universo cansó a algún crítico: Bayly volvía a hablar de hombres que se metían sustancias nocivas por la nariz y que se besaban entre ellos. Estaba claro que para afianzarse como escritor era necesario un giro temático y así surgió una divertida novela de 400 páginas que se vendió mucho menos: Los últimos días de "La Prensa", una historia de aprendizaje en tono de farsa, situada en la redacción de un periódico conservador en fase de hundimiento. Se consiguió lo que se esperaba: sin duda había un novelista consistente y de amplio registro.
        Quizá pudiera nombrarse como traición, o incluso como venganza el que la cuarta novela de Jaime Bayly, La noche es virgen, que ahora se publica como flamante Premio Herralde, no sólo vuelva al mundo de sus dos primeras obras sino que lo haga decepcionando también a los que nunca quisieron que saliera de él, a los que le exigen que mantenga la misma intención provocadora que entonces. Porque se ha producido un cambio, pero no hacia fuera sino hacia la zona más profunda de su escritura y que ha hecho que todo lo que se cuenta esté en función del lenguaje: podría haber sordidez, hay bastante sexo y circulan kilos de cocaína y marihuana, pero aquí la droga que más vale es la palabra.
        El héroe—un tal Gabriel Barrios, de veintitantos años— se abandona a un largo monólogo interior o, mejor dicho, a un lúcido ejercicio de autoanálisis, en el que en tres ocasiones deja la primera persona narradora para dirigirse en segunda al lector, con lo que ese monólogo se convierte, de modo contundente, en la confesión en voz alta de un disidente moral.
        En torno a una sencilla anécdota del tipo de "chico encuentra a chico" (o cree encontrarlo), Gabriel, un niño pijo que presenta un programa en televisión, articula su discurso sobre una ciudad, Lima; sobre la noche salvaje de unos jóvenes desorientados; y sobre el amor. Pero pronto iremos descubriendo, entre destellos entre líneas, que no se habla sobre nada sino contra todo. Contra una ciudad, que bajo un clima agradable es mera arquitectura de una sociedad clasista, intolerante y caótica. Contra la noche, que promete sombras de libertad pero en la que nadie podrá llegar a quitarse su propia máscara, ni siquiera con la ayuda desinhibidora de la coca. Contra el amor, que establece reglas muy complicadas para los que se apartan de la norma. El monólogo de Gabriel es un listado de decepciones: reniega de su éxito en televisión porque le obliga a un teatro continuo; tiene que vivir lejos de su familia, que le juzga permanentemente desde un catolicismo inmóvil; y a medida que él mismo va aceptando su homosexualidad, sus objetos de deseo le van rechazando. Pero Gabriel tiene el lenguaje, el poder calmante de las palabras: con cada golpe, su discurso se vuelve más sensual y cuánto más profunda es su soledad, más expresivo es su grito. Comparada ésta con las otras novelas del autor, sorprende la facilidad con que ha desaparecido el costumbrismo, engullido por la verbalidad del texto; no, no se describe el ambiente de Lima, ni mucho menos su ambiente gay, como se ha apuntado en los artículos promocionales publicados en la prensa con motivo del premio. Aquí todo lo que se describe es una atmósfera nocturna— asfixiante, agresiva y marginal— en la que se cultiva la soledad de una disidencia. La transcripción que Jaime Bayly ha hecho del discurso más íntimo de un solitario, con esa combinación tan atractiva de autoironía y desesperación, es simplemente excepcional.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 06/12/1997
       
       *Puedes consultar la reseña de "Yo amo a mi mami", de Jaime Bayly, pinchando aquí

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"