10/01/1998

Terry McMillan. De cómo Stella recobró la marcha

Terry McMillan. De cómo Stella recobró la marcha. Traducción de Roser Berdagué. Anagrama. Barcelona, 1997. 361 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Entre el Rosa y el Negro
       
       Una asesora de inversiones de 42 años se enamora de un hombre de 21, que es extranjero, guapo y no tiene oficio. Cientos de luces de alarma se encienden alrededor y dentro de ella misma en el lógico revuelo de los prejuicios: ¿es posible vivir con naturalidad una relación tan marcada por la diferencia de edad y posición social? Tradicionalmente la literatura ha tratado con crueldad este tipo de historias de amor; por el contrario, McMillan aborda la suya con optimismo—ella es una buena representante del pensamiento positivo californiano—y con el descaro y la sinceridad que caracterizan su estilo pero esta vez algo ha fallado—¿el sentido del humor, quizás?—y su relato se hunde en algodón de azúcar, en el blando suelo de inverosimilitud sentimental que es propio de la novela rosa.
        Toda la obra anterior de la afroamericana Terry McMillan—compuesta por Mama, Ahí te quedas, y Esperándo un respiro—se ha distinguido por su empeño en normalizar los personajes de la literatura de piel negra. Así pues, los ha ido despojando de victimismo segregacionista y los ha limpiado de connotaciones míticas; lo que ha de aplicarse sobre todo a sus personajes femeninos, que han dejado de ser heroínas en un mundo de blancos despóticos y maridos dominantes para ser muy parecidas o incluso igualarse a las rubias anglosajonas de cualquier ciudad moderna. Estas mujeres negras tienen título universitario, valoran la familia y la amistad, la gastronomía y los buenos coches, no les importa tomar la iniciativa en las relaciones sexuales y buscan en el amor una experiencia que les llene pero que no les coloque en una situación de inferioridad.
        En esta cuarta novela suya, el principal problema es que dentro de ese proceso de normalización del papel de la mujer negra, la autora se ha pasado con su heroína, Stella, que resulta ser más blanca que las blancas, hasta el punto de que una blanca así no resulta tan corriente. Stella es una experta en economía, está divorciada pero mantiene una buena relación con su ex-marido, su hijo adolescente es un muchacho muy tratable, es muy querida por su familia y sus amigas, tiene buena mano para la jardinería y pinta en sus ratos libres, hace alarde de su gusto por la decoración y no tiene que ocuparse de las labores del hogar porque tiene un hombre de la limpieza, un peruano de 60 años muy hacendoso; además, posee un coche de lujo y una camioneta, dos casas, y conserva una figura envidiable gracias a la ayuda de una preparadora física particular. Demasiado glamour, la verdad: definitivamente McMillan es el equivalente en narrativa a las revistas femeninas para mujeres de clase media-alta, tipo Cosmopolitan o Vogue. Y ese olorcillo a papel couché emana de todo el texto. Cuando Stella hace un viaje de vacaciones a Jamaica, nada más llegar conoce a un joven nativo de buen ver que se enamora sinceramente de ella, provocando en Stella toda una alteración en la perfecta planificación de su vida. Pero aquí no hay pasión sino un romanticismo de anuncio de crema hidratante; el exotismo es de rayos uva y la sensualidad de folleto de agencia de viajes. El estilo directo y conversacional, que constituye el mayor atractivo de la escritora, no puede romper el artificio de una historia que, encima, se ha aireado que es autobiográfica. El origen de este fracaso reside en que la autora ha perdido capacidad de ironía, mera distancia cómica, con respecto a sus personajes. En una de los escasos episodios de humor, Stella comenta los libros de lectura que se ha llevado a Jamaica; entre ellos está Esperando un respiro, de una tal Terry McMillan, del que dice: "a las cincuenta páginas llego a la conclusión de que no sé por qué ese libro ha levantado tanto revuelo...es superficial". No es nada malo escribir una novela superficial si no se pretende que sea transcendente (la gente no está todos los días em disposición de leer La montaña mágica en el metro o antes de acostarse) pero sí que hay pecado mortal cuando se da una falta de sintonía entre el enfoque y las intenciones y aquí se ha intentado contar una gran historia de amor contra corriente desde el sillón de una peluquería cara. No creo que las mujeres de cuarenta años que estén "cansadas de dejar pasar las oportunidades de ser felices que se cruzan en su camino" encuentren verosímil esta historia; otra cosa es las ganas de proyectarse en la heroína que tengan, que ellas sabrán. Pero para eso, para soñar despierto, quizá sea mejor leer a Corin Tellado.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 10/01/1998

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