21/03/1998

Kevin Canty. Ajenos a este mundo

Kevin Canty. Ajenos a este mundo. Traducción de Mariano Antolín Rato. Emecé. Barcelona, 1998. 224 páginas. 1.800 pesetas.
       
       El desconcierto de los inocentes
       
       La vida podría ser lisa como un cristal, como una superficie iluminada en la que no hubiera sitio para sobresaltos, donde respetar unas reglas supusiera el derecho a crecer, tomar el sol, amar, dormirse frente a la televisión, quizá morir de vejez. En eso creen los personajes de las espléndidas narraciones de Kevin Canty hasta que oyen crujidos y ven grietas en el material resistente que era hasta entonces su vida cotidiana. Son todos ellos seres inocentes que no entienden los cambios que se producen en su existencia, que se esfuerzan en salir de la confusión y en actuar con inteligencia pero que, al final, sólo aciertan a verse como peleles en medio de un tornado. Sorprende la sensibilidad y la técnica narrativa con que Canty describe los estados de perplejidad de sus desorientados personajes, con qué finura muestra heridas y disecciona silencios, cómo capta los estados de miedo y duda, de angustia y deseo en adolescentes, en treintañeros, en hombres y mujeres, y todo por medio de una prosa que es de hielo, austera y expresiva (en una excelente traducción de Antolín Rato) emparentada con el realismo minimalista de Raymond Carver o de Thom Jones.
        Jugando, un niño mete la cabeza en una bolsa de plástico pero su madre llega a tiempo para salvarle de una asfixia segura; a partir de entonces, esta mujer se moverá como una sonámbula en las relaciones con su pareja y en su papel de madre. En otro relato, una mujer conoce al hermano mayor de su novio quien le provoca una turbadora añoranza de su antiguo marido; los efectos serán una pérdida de control sobre su propia identidad y una salvaje desinhibición que cambiará su vida. Es difícil señalar una de las diez historias como la mejor pero ésta podría ser la del socorrista de piscina que se muere por tocar la piel de una rica bañista mayor que él: espoleado por el descubrimiento fortuito de que la niñez sólo es una mentira, se lanza a un juego de deseo que acaba oliendo a violencia y a drama.
        Tremendamente ajenos a un universo que les traiciona, estos personajes ofrecen una naturaleza tan vulnerable, tan humana en su batalla por encajar las piezas de su experiencia, que se hacen querer: inocentes criaturas que sólo pretenden ordenar el mundo en los confines de sus sentidos. Admirable, profunda escritura la de este americano cuarentón.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 14. 21/03/1998

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