16/10/1999

Benjamín Prado. No sólo el fuego

Benjamín Prado. No sólo el fuego. Alfaguara. Madrid, 1999. 280 páginas. 2.400 pesetas.
       
       El cadáver de la felicidad
       
       Tres generaciones de una misma familia ven con desesperación, parálisis y miedo cómo la felicidad se les escapa; su inteligencia y su lucidez no hacen sino aumentar el sentimiento de culpa y de rabia por no poder remediar una situación de la que ellos serán las primeras víctimas. ¿tenemos derecho a la felicidad duradera? ¿Estaríamos mínimamente preparados para albergarla? ¿Son la insatisfacción y el desamor puros adelantos de la muerte? Estas y otras preguntas podría hacerse el lector al emerger del texto, una autopsia de los hermosos sentimientos muertos, que constituye la última novela de Benjamín Prado.
        Prado (Madrid, 1961) se dio a conocer en 1995 con Raro , una breve novela metida en el saco de la muy joven narrativa española , en la que reflejaba su propio universo generacional, con multitud de referencias musicales-baste con decir que Kurt Cobain ilustraba la portada- y con un sostenido lirismo en el que manifestaba su gusto por el epigrama de impacto. Siguieron Nunca le des la mano a un pistolero zurdo y Dónde crees que vas y quién te crees que eres, ambas de 1966. Con Alguien se acerca, abandona la imaginería americana y descubre un Madrid barojiano donde desarrolla una curiosa trama negra, cuyo héroe adopta a la vez los papeles de detective y de asesino. De esta enumeración de sus obras, hay algo que queda claro: Prado titula muy bien. Y es que no conviene olvidar que el autor no ha dejado de cultivar la poesía, habiendo sido su penúltimo libro de poemas, Cobijo contra la tormenta, premio Hiperión.
        No cabe duda de que No sólo el fuego es ya una obra de madurez. Despojada de los tics que configuraron su estilo como los listados de gustos culturales -hay una sola referencia de pasada, exclusivamente funcional, al grupo Dover -o como esa tendencia a la frase bonita que asfixiaba su prosa, la escritura de Prado se manifiesta aquí más serena y más atenta a su objetivo: la descripción del momento tormentoso por el que atraviesan sus personajes. Ruth quiere acabar con Samuel, por el que siente simplemente odio. No es Samuel un hombre odioso pero ha sido incapaz de cumplir las expectativas de Ruth. Ésta ve en él deterioro, debilidad, aburrimiento y quizá también su propio declive. La crisis de esta pareja parece ser el núcleo de la historia pero no lo es. Pronto empieza a destacar la relación de Truman, el abuelo, con su nieto Maceo. Las conversaciones entre el anciano y el niño, debido a una muy conseguida combinación de ideas profundas, historia, intimismo y naturalidad se erigen como lo más auténtico de la novela Por último, la hija de Samuel y Ruth , Marta, sigue muy de cerca a su pasión, que la lleva de la mano directamente al infierno.
        Las tres generaciones tienen algo en común: contemplan con los ojos muy abiertos cómo la felicidad se les muere en el regazo sin poder hacer nada para salvarla. En un momento de l a historia, el niño Maceo es alcanzado por un rayo, que no llega a matarlo. Este hecho es un aviso metafórico que dispara la angustia de los personajes: la vida es irrepetible y de duración no contratada. Ruth y Samuel dan golpes de ciego para arreglar su convivencia. Ruth se queja de su existencia "desde la que no podía ir ni hacia delante ni hacia atrás, inmóvil en la peor de las encrucijadas" y de Marta se conjetura que está atrapada en "ese tipo de estatismo de quien malgasta su tiempo pensando no en qué hacer para regenerar su vida sino en lo que hizo para arruinarla". Son personajes inteligentes que ven en el cadáver de su felicidad el testigo de su falta de talento para enderezar su existencia y también la primera sonrisa de la propia muerte. Maceo es el personaje más positivo y cabría interpretar que él sí va a saber enderezar la vida acabada de su abuelo, cuyas historias ha escuchado con emoción y asombro.
        Hay algo, no obstante, que impide que No sólo el fuego sea una novela redonda y esto es la dificultad de Prado para elaborar diálogos, lo que es muy patente en las trifulcas entre Ruth y Samuel. El autor lo sabe, lo que le obliga a intervenir en tercera persona en las conversaciones de sus personajes, que de esta manera resultan poco autónomos. Hay que añadir que probablemente de haber dedicado más tiempo a la revisión del texto, se habrían limado asperezas en el ensamblaje de las tres historias distintas y simultáneas que aquí se narran.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 16/10/1999

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"