30/10/1999

Pedro Maestre. Alféreces provisionales

Pedro Maestre. Alféreces provisionales. Destino. Barcelona, 1999. 202 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Ser barrio y estar adolescente
       
       Parece que los escritores que protagonizaron a mediados de los 90 el relevo generacional en la narrativa española, van encontrando su propio camino. Ray Loriga , nacido en 1967 se decanta por una novela cada vez menos realista mientras que José Angel Mañas, cuatro años más joven , cultiva con gran acierto la tradición española del costumbrismo más duro. En cambio, Pedro Maestre-Alicante, 1967-se mueve a sus anchas por la visión poética y tierna de las costumbres, cuyas referencias estéticas y morales habría que buscarlas más en la comedia cinematográfica que en la literatura.
        Maestre se dio a conocer ganando el Premio Nadal con Matando dinosaurios con tirachinas. Tenía 29 años entonces y su novelita encerraba cualidades que lo convertían en una promesa y suficiente nihilismo generacional para que se vendiera bien. Antes había escrito Trapos sucios, que desconozco, y después del Nadal, publicó Benidorm, Benidorm, Benidorm, fríamente acogida pero que al escritor pudo servirle como terapia contra la resaca del éxito. Y esto lo digo porque Alféreces Provisionales está llena de aciertos, siendo el mayor de ellos una relación pretensiones-resultados excelente.
        Formalmente se trata de un diario o cuaderno de notas que encierra un texto desordenado y automático -"asilvestrado", lo califica el autor-pero que contiene una oculta armonía que le da sentido novelístico. Esa armonía se nutre de un encanto ingenuo, subrayado por elementos visuales como la grafía manual , los dibujos o los problemas de matemáticas; también hay tachones y comentarios al margen escritos a mano que cumplen la función narrativa de mostrar las vacilaciones y las opiniones silenciadas del héroe o, mejor dicho, de un antihéroe de 14 años y con acné, hijo de padres obreros, que vive en un barrio de un pueblo de Alicante donde domina la industria del calzado.
        Narrada en una tercera persona tan falsa que casi es primera, la vida de Miguel Carcelén no es muy distinta a la de los chicos españoles de su edad a principios de la década de los 80: la pandilla, el rock heavymetal , las chicas, el alcohol, el propio cuerpo, los suspensos, y la relación de cariño-odio con los padres. Lo que diferencia este relato de otros es la ternura que lo impregna sin hacerlo caer en lo blandengue. Esto se debe al compromiso social del autor, que retrata una España currante, maltratada , amable pero un poco triste. Hay que decir que la descripción del escenario es todo un logro de escritor: el barrio, un paisaje que marca el futuro y del que aquí sólo se sale en las ensoñaciones; es más, cuando Miguel se aleja de él por primera vez, en un corto viaje a un cercano monasterio, comienza su etapa de premadurez , aceptando que el mundo no ha de estar hecho necesariamente a su medida.
        Todo ello es contado con un lenguaje admirable por la adaptación de la voz del escritor adulto a la del personaje adolescente, produciendo una sensación de naturalidad y de ligereza en los diálogos, y en todo el texto, que permite leer una aventura sin más intriga que uno o dos secretos de familia con interés y sonrisa.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 8. 30/10/1999

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"