20/05/2000

Vikram Seth. Una música constante / An equal music

Vikram Seth. Una música constante. Traducción de Damián Alou. Anagrama. Barcelona, 2000. 450 páginas. 3.300 pesetas.
       
       Equilibrio y arrebato
       
       Para apreciar esta novela no es necesario ser un experto en música clásica aunque se podría decir que es casi indispensable ser, al menos, un aficionado. Estamos ante un relato de un romanticismo dolorido a partir de una historia de amor que necesita las melodías de Franz Schubert para respirar. No nos equivoquemos: solamente se trata de un problema de sensibilidad. Si el lector es capaz de vibrar con el quinteto en la mayor, más conocido como "La Trucha", Una música constante puede subirle a las alturas.
        Había curiosidad por saber cómo sería la segunda novela en prosa de Vikram Seth. La primera fue Un buen partido, un ambicioso fresco de la India postcolonial construido en torno a las vivencias cotidianas y a los sentimientos elementales de un grupo de jóvenes. Un buen partido sorprendió por su longitud-1.350 páginas en la edición española de Anagrama-y por la vía narrativa elegida, que continuaba la tradición de la gran novela río del XIX, con las maneras suaves y el humor amargo de Jane Austen. Seth también es autor de una novela en verso-La puerta dorada-y del libro de viajes Desde el lago del Cielo (Ediciones B). Ahora regresa con un relato de sólo 450 páginas y que no trata del cruce de culturas angloindio sino que es totalmente inglés, por sus personajes, por sus hábitos sociales y por el paisaje de un Londres silencioso, en el que el ruido de la lluvia se cuela en las salas de conciertos.
       En Una música constante, el violinista Michael narra en primera persona los años más recientes de su vida, marcados por la crisis de una relación amorosa con una pianista, Julia. Su narración, en el más puro estilo Seth, es detallista pero sin que haya detalle que no nos conduzca a capas más profundas de la realidad: una gata y un incidente en un ascensor le bastan al autor para transmitirnos toda la complejidad de la relación que mantiene con su padre; un pastel de Navidad es la vía elegida para que conozcamos a la vecina rica que le inició en su carrera musical y con la que mantiene una amistad basada en la gratitud y también en el temor a que le pida el valioso violín Tononi que le ha prestado. Michael está tan unido a su violín que considera que su vida en cierto sentido también es prestada, que está en manos de los demás. Su falta de responsabilidad, que le convierte aparentemente en un egoísta, no es más que la fragilidad de alguien que sabe que el sonido de la música nunca se repite, que los instrumentos construidos en la antigüedad no podrán reproducirse, que la música clásica se mantienen fiel a la tiranía de un código cruel: o se es perfecto o no se es nada.
       La vida de Michael es rutinaria: los ensayos con su cuarteto, la natación en el lago de Hyde Park, las clases que imparte y las relaciones, más sexuales que amorosas, con una alumna. Un hombre normal, hasta aburrido se podría decir, si no fuera porque a los nueve años tuvo la siguiente experiencia: cree que va al circo, pero en vez de animales hay hombres y mujeres con instrumentos brillantes y frente a ellos, "en un extraño y absoluto silencio", alguien "baja un palito y un enorme y delicioso ruido llena el mundo"; aquel niño decide ser parte de ese mundo. Y, en consecuencia, tanto el personaje como la escritura de su peripecia van a estar muy determinados por el lenguaje y la composición musicales.
       El tiempo de la narración es lento, una especie de adagio a veces vivace, en el que ocasionalmente hay variaciones de descontrol romántico, arrebatos en la existencia de un hombre impasible. En mi opinión, los dos mejores episodios de la novela corresponden a dos arrebatos. En el primero, Michael está muy excitado por haber encontrado una grabación de un raro quinteto de Beethoven-melodía principal de un allegro-cuando descubre desde su autobús que en otro viaja la añorada Julia-otra melodía superpuesta que entra en combate con la primera—; en el otro episodio (5.11, página 287), Seth nos transmite la emoción romántica de la perfección estética, cuando ejecuta y escucha "La Trucha". La música y su ausencia condicionan de tal manera a este personaje que no podrá ser feliz nunca pues busca una sintonía con los demás sin desacordes, sin zumbidos, igual que la de un primer violín con los otros instrumentos de un cuarteto. Piensa, y es así como se determina su derrota, que el amor sólo ha de ser interpretado por virtuosos. La fina traducción de Damián Alou le va como un guante a esta nueva y sobresaliente composición narrativa de Vikram Seth. Pero, una pregunta: ¿le gusta a usted Schubert?
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 7. 20/05/2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"