17/06/2000

Vicente Verdú. Cuentos de matrimonios

Vicente Verdú. Cuentos de matrimonios. Anagrama. Barcelona, 2000. 187 páginas. 1.900 pesetas.
       
       Restos de desamor en la basura
       
       Historias de matrimonios. ¿Qué clase de historias? ¿De crisis y melodramáticas? ¿De amor y comprensión? ¿Quizá eróticas? Nada de eso: de guerra; son historias de frente de batalla. Sin hachas ni armas de fuego, sin otra artillería que miradas, gestos leves, o frases inocuas. Se trata de ser oportuno y de dar en el punto más vulnerable. Y así podemos acabar con quien ha compartido tantos años de nuestra vida o, si la cosa sale mal-que suele salir mal-con nosotros mismos.
       A Vicente Verdú no le ha hecho falta leer a Raymond Carver para escribir realismo sucio porque lo que a él le va es algo mucho más español: el surrealismo sucio (una óptica en la que tiene como compañero al Quim Monzó de El porqué de las cosas). El enfoque es objetivo, distante; las situaciones de partida verosímiles, conocidas; los personajes muy de la España de ahora, sacados principalmente de esa clase media de ejecutivos de tercer orden, pero el conjunto produce explosiones, abre boquetes en la realidad, que salta en direcciones imprevistas. En un cuento, el dueño de una empresa y su contable aceptan la invitación a cenar de un representante de zona. Cuando llegan a casa de éste, sale un niño y da una patada de karate a la entrepierna del empresario; aun siendo grande, no importa el dolor del empresario ni la salvajada del niño sino que nadie sabe cómo reaccionar, y en medio de la silenciosa confusión, al contable le da un ataque de risa. Verdú lo cuenta bien, es un cronista cruel: nadie parece ser dueño ya de la naturalidad, todos aceptamos papeles que no son los nuestros; creemos que la impostura nos va a proteger pero sólo es una fiera que se regodea atacando a traición.
       Los cuentos de Verdú-que son una continuación de Héroes y vecinos, publicados por Anagrama-podrían agruparse en dos categorías: hombres contra mujeres y hombres contra sí mismos. En la primera, es fundamental el papel del deseo, que inevitablemente conduce a la desazón e incluso a una invalidez emocional permanente. Hombres y mujeres estudian con detenimiento las debilidades del otro para al final atacar con uno de estos dos resultados: el desgarro definitivo de la relación o la aceptación de que han de vivir siempre en un nidito de basura. Aquellas historias en las que el hombre batalla contra sí mismo podrían resumirse en un solo tema de fondo: la constatación de la pérdida de dignidad. La totalidad de los relatos constituye un catálogo de decepciones o, en términos más adecuados, un análisis de la putrefacción: de la pareja, de la vida laboral, de la simple autoestima. Aquí, esa putrefacción se da en el caldo de cultivo de la familia tópica, incluso cuando se habla de un hombre sólo, pues son las expectativas y los códigos de convenciones de esa clase de familia los que configuran el nuevo modelo de dignidad. El hombre que se atormenta ante la nota de agradecimiento que ha de redactar por un pescado que le ha regalado el jefe o el que se derrumba al ver su nombre en último lugar en el organigrama de su empresa son ejemplos, escritos con mordacidad cómica, de ese español que lo ha entregado todo, incluyéndose a sí mismo, por un poco de sexo, por un coche más barato que el que merece, por unos hijos cuyo cariño se mide por la delicadeza de sus insultos y por una casa en la que, al final, Dios es el fontanero. Le queda, eso sí, un armario lleno de medicamentos. Vicente Verdú, que fue premio Anagrama de ensayo por su crítica visión del planeta americano, ahora nos regala unas cuantas risas heladas a costa de este satélite en el que habitamos.
       Juan Marín.Publicado en El País / Babelia p. 11. 17/06/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"