18/11/2000

Gonzalo Suárez. Yo, ellas y el otro

Gonzalo Suárez. Yo, ellas y el otro. Areté. Madrid, 2000. 191 páginas. 2.750 pesetas.
       
       Falso vodevil sobre el fracaso
       
       Las tres primeras páginas de esta novela son la transcripción de un diario en el que se nombra a Freud, Brouardel, Spengler, Kant y Beethoven. La autora es, pues, una mujer culta a la que le gusta reflexionar sobre lo decepcionante de su matrimonio con elaborada gramática, como cuando escribe que "resulta una estúpida ilusión creer que el entorno familiar puede ser eludido con el alejamiento preventivo", en vez de remitirse llanamente a la máxima popular de que cuando te casas con alguien, te casas también con su familia. Nada que objetar si no fuera porque esta novela se vende como "un vodevil divertido y escéptico", según se lee en la solapa. También el autor invoca el nombre de Jacques Feydeau en numerosas ocasiones. El vodevil, como se sabe, es un subgénero de la comedia teatral, que hizo furor en la belle époque. Feydeau fue el maestro de esta farsa de dormitorio, con obras como La pulga en la oreja u Ocúpate de Amelia.
       Gonzalo Suárez (Oviedo, 1938) tiene a sus espaldas una extensa obra de creador cinematográfico—Remando al viento, Don Juan en los infiernos, El portero, como películas más significativas-y literario-El roedor de Fortimbrás, La reina roja, o Ciudadano Sade—. Sin valorar los resultados, hay que resaltar que siempre ha sido un autor muy coherente con sus orígenes, ligados a la rupturista Escuela de Barcelona de finales de los 60. No es un escritor de éxitos de ventas, y escribe lo que le interesa para defender su territorio de independencia.
       Con Yo, ellas y el otro, Suárez abraza la metaficción, esa vía narrativa a la que los escritores contemporáneos acuden con frecuencia, abrumados, como expresa David Lodge, "por la conciencia de sus antecedentes literarios, oprimidos por el miedo a que digan lo que digan ya habrá sido dicho antes". Yo, ellas y el otro es un metavodevil, o trata de serlo. El que una novela tome como referencia un género de escenario conlleva riesgos indudables. En el teatro todo es diálogo, en esta novela no lo hay; parece haberlo en forma de falso estilo indirecto pero eso ralentiza una acción que en el vodevil debe ser muy rápida, de sorpresa incesante. Este texto es, con licencias, un largo monólogo, articulado por un narrador que así se constituye en el único personaje sólido de la historia. Se trata de Andrés, periodista cultural en plena crisis de madurez, que se muere de deseo por Sara, la mujer de su amigo Roberto. Cuando la consigue, empieza una peripecia de camas y armarios en la que juega un papel importante Estela, una compañera del periódico que viene pisando con fuerza. El jaleo del vodevil se mantiene al fondo: ¿lo sabe o no lo sabe el marido?, ¿se han hecho Sara y Estela demasiado amigas?. Y el amante que burla, ¿no será al final el burlado?. Paralelamente a este argumento de ropa interior, hay un enigma: por quién fue escrito el diario que abandonó un mendigo y quién, y por qué, asesinó a una anónima mujer en plena calle. El diario y la resolución del enigma abren y cierran la novela; son sus dos capítulos más serios y pronuncian, con una serena confesión de amor a una banda, la frivolidad de lo que abarcan.
       Andrés es un escritor que fantasea y que confunde la realidad con sus ensoñaciones. El deseo, el amor, el engaño jubiloso no son lo mismo en la vida. En un momento se da cuenta de ello: "Feydeau no es lo mismo desde el palco que en el escenario" y esta constatación aboca la novela al tema del fracaso. Quizá lo más interesante es que una novela sobre un hombre se convierta en una sobre mujeres, lo que es una forma cruel de derrota para Andrés, que ve como Sara busca en otra mujer la satisfacción que él no alcanza a darle; y es una mujer quien lo desbanca en su trabajo. Por si fuera poco, sus compañeros de sexo no salen bien parados: Roberto sufre un infarto y Pepo es un paidófilo. El mundo ya no es de los machitos que se identificaron con Mayo del 68; y todavía se puede tener peor si se es crítico literario, la profesión de Andrés puesta en solfa por Suárez, cuya burla tiene su punto álgido cuando Andrés lleva a una prostituta al teatro y las opiniones de ésta le dejan admirado: "para que su resentimiento no sea evidente, ha encontrado la fórmula del crítico ideal. El que mata y perdona la vida al mismo tiempo". Suárez es brillante en ocasiones y, desde luego, conoce muy bien a los de su generación. Intenta meter comicidad en las descripciones, utilizando autoironía y visualizando escenas grotescas, pero no consigue tocar la ligereza de la farsa teatral, quizá porque muestre su cultura en exceso (un signo generacional), y porque se ha prescindido de los diálogos. Pienso que la dificultad para escribirlos podría haberse paliado no invocando tanto a Feydeau. Gonzalo Suárez se ha impuesto un modelo, una referencia, que condiciona al lector. Y ahí está su fallo.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 18/11/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"