02/12/2000

Amin Maalouf. El viaje de Baldassare

Amin Maalouf. El viaje de Baldassare. Traducción de Santiago Martín Bermúdez.
       Alianza Editorial. Madrid, 2000. 485 páginas. 3.500 pesetas.
       
       Un viaje para el fin del mundo
       
       Es el fin de los tiempos y para el último año del mundo, qué mejor cosa que viajar y convertirse en un hombre bueno y curioso que coge su equipaje y recorre una Europa en la que casi todo es promesa de modernidad. Con las argucias narrativas de Amin Maalouf, el lector va a ser ese hombre cuando se meta en esta corta novela de quinientas páginas. Estamos en la segunda mitad del siglo XVII y se anuncia el fin del mundo para 1666, el año que contiene todos los dígitos romanos, todos y ordenados. Ante esta inequívoca señal todos buscan un libro llamado del centésimo nombre, pero que en realidad se titula Desvelamiento del nombre oculto del Señor de las criaturas, porque encierra la clave para salvarse en el año de la bestia; en el Corán se citan 99 maneras de nombrar a Dios, pero hay otra, que conocía Noé y que le sirvió, al invocarla, para ser el único hombre que se subiera al arca.
        Si musulmanes, judíos y cristianos se ven sacudidos por una epidemia de superstición, nuestro héroe es un escéptico, un príncipe de la razón. Ya se sabe, contra superstición, cultura. Baldassare Embriaco, comerciante de curiosidades y libros antiguos en Gibeleto, un pueblo de Líbano, descendiente de una poderosa familia de Génova, se ve impelido a abandonarlo todo en pos de un libro en el que no cree, presionado por la inocencia, cuando no simpleza, de familiares y amigos. Baldassare tuvo el libro en sus manos pero hubo de entregárselo a un caballero de la corte de Francia. Recuperar ese tesoro es el motor que mueve esta aventura, llena-nunca mejor dicho-de peripecia por tierra y mar.
        El viaje del genovés se apoya en muchos subargumentos, que dependen de con quién se cruce y de dónde esté: bandidos otomanos, ricos comerciantes venecianos, locos capitanes de navío, sacristanes y muchos más desde Trípoli y Constantinopla hasta Amsterdam y Londres, pasando por la isla de Quíos, Tanger o Lisboa. La ideología que ampara el relato es una exaltación de lo mediterráneo como símbolo de la tolerancia, de la adaptación a muy diversos pobladores, de la alegría de vivir. El mediterráneo no es apocalíptico, parece decírsenos, pero sí lo es cualquier religión cuando se apodera de mentes simples.
        Todas las novelas de Amin Maalouf retratan un mismo clima forjado por la geografía, la historia y los radicalismos religiosos de la parte oriental del mediterráneo. Su mayor éxito ha sido León el africano, que le ha descubierto como un extraordinario autor de algo más que bestsellers históricos, pero no hay que olvidarse de Las cruzadas vistas por los árabes, Las escalas de Levante o La roca de Tanios, de un total de nueve títulos. También ha escrito un ensayo, Identidades asesinas, que no es otra cosa que un ordenamiento de la teoría que condiciona su narrativa, en la que se defiende el respeto hacia las culturas minoritarias desde la integración y nunca desde postulados excluyentes. Su oposición a las políticas de discriminación por razones religiosas o étnicas podría explicarse por la misma biografía de Maalouf: libanés residente en París, que habla árabe y francés, y en cuya familia más directa hay católicos, protestantes y musulmanes.
        Escrita en forma de diario, El viaje de Baldassare, es, en realidad, la confesión de un hombre de 40 años que ha nacido antes de tiempo. Dividido entre el orgullo de sus raíces y la pasión por conocer mundo, entre sus propios principios y la vulnerabilidad ante las creencias de su entorno, entre su familia y las cuatro mujeres que le enamoran, Baldassare es un personaje complejo, lo que le hace muy moderno. Su cuaderno de viaje, cuidadosamente escrito, nos desvela a alguien muy sincero en su introspección, que no reniega de la duda: "¿Para qué recorrer el mundo si sólo voy a contemplar lo que está dentro de mí?"; en cuanto al amor-considerado como un equilibrio de pasión y racionalidad—el viajero se vuelca más en la literatura: "Ojalá pudiéramos vivir y amarnos así en la penumbra...y embriagarnos con el vino herético y amores condenados"; otras veces es de una sencillez contundente como cuando el 1 de enero de 1666, al ver que no pasa nada, escribe: "El año de la Bestia ha llegado...y en la vecindad he oído un gallo". La novela contiene, pues, dos textos: uno, un sagrado tótem constantemente nombrado, el señuelo de la aventura, y otro, el diario del genovés. Y pocas páginas de la novela hay que leer para que el segundo pase a primer plano y el primero, a anécdota. Amin Maalouf ha conseguido inventarse la hermosa aventura de una víctima del escepticismo a través de un viaje, que, al fin, ha sido muy corto: "de Gibeleto a Génova, dando un rodeo"
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 02/12/2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores del mundo"