23/12/2000

Magnus Mills. Sin novedad en el Oriente Express

Magnus Mills. Sin novedad en el Oriente Express. Traducción de Julieta Lionetti. Mondadori. Barcelona, 2000. 216 páginas. 2.400 pesetas.
       
       El turista accidentado
       
       No deja de ser sorprendente que en una novela que se titula Sin novedad en el Orient Express nada ni nadie se muevan, lo que ya nos da idea del juego irónico que se propone a los lectores. A un pequeño pueblo de la pintoresca región de los lagos, al noroeste de Inglaterra, llega un turista solitario en una vieja moto de coleccionista. Y decide acampar unos pocos días antes de seguir su viaje a la india: todo un proyecto de libertad. Pero el turista se queda allí mucho más tiempo del previsto, convertido el viaje en un sueño neohippy y la libertad hecha añicos. El transcurso del tiempo en una comunidad sin mujeres y sin jóvenes, con dos bares y una sola tienda, constituye el plano argumental de esta historia. Poco interesante, la verdad, si no fuera porque detrás hay toda una maquinaria de piezas muy bien inventadas, en perfecto funcionamiento, para la transformación del material humano.
        Magnus Mills (Birmingham, 1954) saltó a las páginas culturales de la prensa por una circunstancia muy apreciada por los medios: un simple conductor de autobús había conseguido colocar su primera novela (El encierro de la bestias, 1998) en la muy selecta lista de los cinco finalistas del premio Booker, el año que lo ganó Amsterdam, de McEwan. Su segunda obra confirma la raza de escritor de Mills y nos hará olvidar su biografía de "hombre que de la nada llega a la élite". Menos ambiciosa que la primera, pero también más controlada narrativamente, Sin novedad en el Oriente Express es una cruel sátira de la explotación del hombre, de la maldición divina del trabajo manual. Próximo a Kafka, de quien toma prestada la agonía de la impotencia del héroe frente a un enemigo sin forma, Mills destaca por su sentido del humor, por su indiscutible habilidad cómica para tratar la tragedia-a lo que no es ajena la excelente traducción, nada fácil, de Lionetti—. Ello produce una lectura compulsiva porque a base de sonrisas y relajadas sensaciones se nos lleva al infierno; su novela es como una apisonadora que bailara con la gracia de una bailarina clásica: Mills se revela como un sabio para moldear la incongruencia estilística y temática con coherencia ideológica.
        El narrador es un hombre joven y hábil (buena raza laboral) que intenta adaptarse a un medio que le atrae. Enseguida siente la necesidad de ser útil para, primero, sentirse necesitado y ahuyentar la soledad y, segundo, demostrar su agradecimiento al dueño del terreno. Éste, un tal Mr Parker, le cobra muy poco por acampar. No es el único generoso del pueblo, todos los son: en el bar y en la tienda se le abren cuentas que nadie le recuerda. ¿Una celebración de la sencilla vida rural? Eso parece hasta que empiezan a llegar los pequeños trabajos: pintar una verja, cortar leña, hacer los deberes escolares de la hija del granjero, o construir amarres. Pocas horas quedan, pues, para dormir y el turista decide marcharse pero su vieja moto no aguanta la lluvia. Y allí, esperando el accidente, está Mr Parker para devolver al turista al villorrio ¿o a la cárcel?.
        Alegoría de la explotación del hombre por el capital y finísimo texto de rebeldía, la novela de Magnus Mills se erige en un original y muy medido ejercicio de estructuración. No hay un héroe enfrentado a un villano ni a una comunidad que sordamente lo esclaviza: el enfrentamiento no es posible dada la tendencia del hombre a la sumisión. Lo que hay son distintos niveles de una misma realidad-que no es más que un cuadro costumbrista de la geografía profunda de cualquier país- que se van alternando como los distintos operarios que construyeran una serie de jaulas. Cuando la atención se fija en las partidas de dardos del bar, es que esas partidas van a ser fundamentales en la degradación del personaje; si se nos llama la atención hacia el repartidor de leche, es porque sus rutinarios trayectos se convertirán en un buen candado.
        Hay una muerte accidental sobre la que no se hacen preguntas, que queda colgando. No es un punto débil, ocurre en la cadena de montaje: operario muerto, operario puesto. El autor disimula bien los símbolos de su alegoría porque no sale de las pequeñas cosas verosímiles. No obstante, algo nos dice que estamos delante de una farsa, de una deformación absurda de lo real, pero así llega Magnus Mills al núcleo de la verdad, como quien cuenta un buen chiste. Y cuando más te estás riendo, te deja boca de mueca congelada.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 23/12/2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"