10/10/1995

Douglas Coupland. La vida después de Dios

El País me encargó una reseña de La vida después de Dios; la hice, la envié y no la publicaron. La explicación que me dieron fue que un exceso de publicidad les había dejado sin varias páginas del suplemento Babelia. Esto no había ocurrido nunca hasta entonces y tampoco volvió a ocurrir. Lo siento por Ediciones B, que habían apostado por el libro y que lo editaron con sus ilustraciones originales. Recupero la reseña que nunca se publicó. La escribí (en wordperfect 5.1) en 1995 pero al reconvertirla a Microsoft Word he perdido la fecha exacta de su redacción.
       
       Douglas Coupland. La vida después de Dios. Traducción de Mariano Antolín Rato. Ediciones B. Barcelona, 1995. 303 páginas. 2.400 pesetas.
       
       Tan real como el yogur
       
       Coupland no entrará en el olimpo de las letras pero ya se ha colocado en miles de estanterías de sus contemporáneos, incluso en las de aquellos que leen muy poco, y no debido a una operación de mercadotecnia sino a que ha sabido sacar provecho de una pulsión antigua: las ganas de identificarse de un grupo social en un cuerpo literario. Estamos ante uno de esos raros casos en que el lector ideal para el autor coincide al cien por cien con el que realmente lo lee. De ahí el éxito de ventas y la repercusión de su primera novela, Generación X, en los medios periodísticos, el cine e incluso en la publicidad, donde jóvenes sobradamente preparados han de pedir un préstamo para comprar un utilitario. imagenSí, los personajes de Coupland son unos devotos de la sociedad de consumo, torturados por la injusticia inherente en el sueldo de risa que perciben y, aunque creen sin fisuras en el sistema y sueñan con encaramarse a lo más alto del organigrama, han debido conformarse, en el mejor de los supuestos, con un empleo de clase B.
        Después de su segundo título, Planeta Champú, de este canadiense de 34 años nos llega ahora La vida después de Dios, que antes que una novela propiamente dicha, se trata de un dietario, de un cuaderno de campo moral en el que uno de sus típicos personajes—un treintañero frustrado, vendedor de programas informáticos—hace balance de su vida, angustiado por tres conclusiones a las que le ha conducido su experiencia: el hombre lo ha estropeado todo al perder la pureza propia de los animales; ya no hay sentimientos nuevos a partir de los treinta; y por último, Dios no responde por más que se le invoque.
        La incapacidad para volver a vivir las mismas emociones que le hacían vibrar en la postadolescencia le enfrenta a la mirada menos alegre de la edad adulta: la sugerida por la presencia de la muerte, lo que hace que éste sea un libro religioso. "Primero está el amor, después el desencanto, y finalmente, el resto de tu vida", resto que podría tener sentido si hubiera un dios que escuchara pero, para desgracia suya, este hombre pertenece a la primera generación—la X, claro—que ha sido educada sin religión; y las metáforas—por ejemplo, Superman, cuya muerte inspira varias páginas—no sirven de nada. Poco a poco, el tono del libro se va haciendo más desesperado hasta un final que es una oración: "necesito a Dios para que me ayude a ser generoso, pues me parece que desconozco la generosidad; para que me ayude a amar pues me parece que he perdido la capacidad de amar."
        Este viaje entre el nihilismo y los arrebatos de una fe insatisfecha está articulado en brevísimos capítulos que contienen reflexiones que, sinceramente, irritan por esa ingenuidad propia de un niño culto que quiere ser profundo, pero si uno lee bien, esta superficialidad no es artificiosa sino tan real como los recursos ideológicos de los que se alimenta: periódicos del domingo, tertulias de televisión, filosofía de bestseller. Podrá decirse cualquier cosa de Coupland excepto que no es coherente: escribe para un lector muy próximo a su personaje y en un estilo que ambos entienden a la perfección, poco literario y muy visual: la naturaleza se ve a través de las ventanillas del coche y las idas y venidas de los otros son observadas como en una filmación de video casero.
        Sí, estamos ante un libro de meditación blanda, de pensamiento licuado pero muy testimonial de lo que pasa por la cabeza del joven adulto en este naufragio de fin de siglo, cuyos restos son, querámoslo o no, unos envases de yogur, un compacto de Madonna y unas cuantas fichas del Trivial Pursuit. La fluida traducción de Antolín Rato hace más fácil todavía la lectura de esta guía espiritual de la generación X.
       
       Juan Marín. 1995
       
       Y Recupero la reseña crítica que escribí para El País sobre Microsiervos de Douglas Coupland. Esta novela, que explora los sentimientos y la forma de vida de la primera generación pegada al ordenador, se ha convertido en un libro de culto. Titulé esa reseña ALMAS DE SILICIO DE LA GENERACIÓN X y puedes leerla pinchando aquí.

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"