24/02/2001

Fernando Marías. El niño de los coroneles

Fernando Marías. El niño de los coroneles. Destino. Barcelona, 2001. 529 páginas. 2.900 pesetas.
       
       Hacia donde habita el mal
       
       Desde hace algunos años, no muchos, los escritores españoles están entrando sin complejos en la novela de entretenimiento. Es un buen síntoma: la literatura necesita del riesgo estilístico para avanzar pero, en no menor medida, de la narración pura para sostenerse. Así lo ha entendido siempre la literatura anglosajona, que presume por igual de Joyce que de Dickens.
       Ni hay ninguna virtud en ser plúmbeo, ni entretener al lector-con angustia y alivio, pena y satisfacción-supone considerarle poco inteligente, porque esta clase de narración suele ser formalmente conservadora pero puede arriesgarse en los contenidos para profundizar en el conocimiento de la naturaleza humana.
        Después de haber publicado La luz prodigiosa, Esta noche moriré, y un libro de relatos, Fernando Marías (Bilbao, 1958) ha ganado el premio Nadal con una novela de acción dentro del género que podría llamarse de aventura moral. No hay que ser un lince para deducir que sus más de quinientas páginas se nutren de tres referencias emblemáticas: Dr Jekyll y Mr Hide, de Robert L. Stevenson; Frankestein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley; y En el corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. De ninguna manera quiere decir esto que Marías haya hecho un pastiche o una parodia postmoderna con los consabidos e insufribles homenajes. El ha escrito su propia obra, que es nueva, pero que saca a la luz su formación y sus preferencias como novelista. Stevenson, como Toltstoi, consideraba que la vida de un individuo forma parte de una cadena histórica y moral continua. Fernando Marías participa de esta idea-"Todos los hechos históricos están íntimamente ligados. No sólo los transcendentes; también los nimios o individuales", se dice en el capítulo segundo-y este punto de vista hace conectar esta novela con la serie que el autor escribió para televisión-conjuntamente con Juan Bas, otro escritor orgullosamente entretenido-con el título de Páginas ocultas de la Historia.
        De varias páginas ocultas de la historia de Leonito, un país inventado de Centroamérica, trata El niño de los coroneles. Vertebra esta aventura un manuscrito autobiográfico del misterioso Victor Lars, entregado al psiquiatra Jean Laventier. Ambos compartieron una íntima amistad en el París de la segunda guerra mundial; la ocupación alemana y la derrota de Hitler los separaron para siempre. Victor, colaboracionista, ha dedicado todos sus esfuerzos a apurar los límites de la crueldad humana. En cambio, Jean, convertido en héroe de la resistencia francesa, investigador humanista y hombre bueno, ha llegado a rechazar el Premio Nobel. La relación de Laventier y Lars es una salvaje partida de ajedrez ¿Por qué ponen tanto empeño en jugarla? ¿Envidia del reconocimiento en la legalidad por parte de Lars o deseo de venganza por parte de Laventier? Habrá que verlo, por encima de cualquier interpretación, como una dura pelea entre el mal y el bien.
        Por otro lado, el periodista español Luis Ferrer es enviado a Leonito, a entrevistar al jefe de la guerrilla que sigue enfrentándose al gobierno, ahora democrático. Curiosamente Ferrer nació en un hospicio de Leonito y fue adoptado por el embajador de España y traído a Madrid de muy niño. Nada más llegar a Leonito, Ferrer tiene ante sí el manuscrito de Victor Lars. Su lectura-simultánea a la que hace el lector-va descubriendo sorpresas y entramados del azar a los que difícilmente podrá hacer frente. Su viaje a la Montaña Profunda, lugar donde debe encontrarse con el jefe guerrillero, es una aventura muy al estilo de Conrad: fascinado y horrorizado llegará a la gruta donde se halla el mal en estado puro y, también, la historia de su propia vida.
        Dedica Lars gran parte de su confesión al proyecto que le ocupó durante años: la creación de un ser humano intrínsecamente malvado, cruel en extremo y vacío de todo componente sentimental. Esto le emparenta con Frankestein, sobre todo por el planteamiento tan científico de su proyecto. Lars es un ángel caído de extremada inteligencia y se constituye en el personaje dominante de toda la obra. Por eso Marías se esfuerza en mantener un código ético nada ambiguo; su escritura defiende la superioridad del bien frente al mal, por muy atractivo y beligerante que éste sea. Subyace una defensa de los valores democráticos y de los derechos del hombre frente a una clase de maldad que se sostiene en el avasallamiento de los más débiles y en la infravaloración de la dignidad humana.
        Fernando Marías ha levantado una estructura perfecta para una intriga que logra enganchar con sabias dosis de enigma, revelación y sorpresa. La acción psicológica y política domina sobre los problemas individuales-por ejemplo, Ferrer guarda un secreto traumatizante-y el enfoque es muy cinematográfico, de ritmo y superposición de episodios muy veloces. Todo ello tiene un precio: el estilo es muy neutro, casi opaco; es cierto que este tipo de narración exige un lenguaje muy funcional, pero pienso que aquí eso se ha tomado demasiado al pie de la letra. Otra objeción que habría que hacerle a la novela es el insistente detallismo en los métodos de tortura de Victor Lars, que ocupan muchas páginas; con una tercera parte menos, Lars habría sido igual de malo y la novela habría resultado más equilibrada. No obstante, estamos ante un consistente bestseller de factura internacional; una vía que el Premio Nadal ha sabido reconocer a tiempo.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 5. 24/02/2001

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"