13/04/2001

Jorge Edwards. El peso de la noche

Jorge Edwards. El peso de la noche. Tusquets. Barcelona, 2001. 217 páginas. 1.900 pesetas
       
       Contra el caos conservador
       La editorial Tusquets se ha propuesto la publicación de la obra completa del chileno Jorge Edwards y, consecuentemente, está recuperando los títulos olvidados del autor; ahora aparece su primera novela, El peso de la noche, que se editó originariamente en 1965, cuando el autor tenía 34 años. La vida de Edwards ha transcurrido siempre por los caminos entrecruzados de la literatura y de la política. La toma del poder por Pinochet le pilla como embajador en La Habana y, destituido de su cargo, se refugia en Barcelona; desde ese momento se vuelca como escritor testimonial, una línea que arranca brillantemente con Persona non grata hasta llegar a Adiós, poeta... una biografía de Pablo Neruda, con la que consiguió el Premio Comillas. Autor de siete novelas (entre ellas, El origen del mundo, El museo de cera y El sueño de la historia), de libros de relatos, de ensayos, Edwards recibió el Premio Cervantes en 1999.
        El peso de la noche es una primera novela, arrebatada, joven, que anuncia la rebeldía y el inconformismo moral de su autor. Para los seguidores de Edwards es un texto imprescindible, que permite comprender las razones del proceso de creación de un mundo personal, de una teoría del orden. Pero también es verdad que esta novela presenta deficiencias de oficio, muy especialmente en su estructura, cuya debilidad contrasta en ocasiones con la fuerza y la rabia del discurso existencial que la motiva.
        Francisco es un adolescente educado en los jesuitas, que lee a escondidas a Unamuno, "un escéptico, una influencia nefasta", y que descubre el sexo en un prostíbulo con una mujer tierna y seductora. Su aprendizaje progresa a la contra, metido como está en el corazón de la alta clase media chilena. El muchacho, sólo siente admiración por un tío, Joaquín, un bala perdida. Edwards monta su ficción sobre estos dos personajes, pero muy pronto, el de Joaquín se come al de Francisco. Si esto se considera un fallo es porque surge como una decepción de las expectativas con que se inicia la historia, como algo no previsto ni por el autor ni por un lector sagaz. No obstante, esta falta de equilibrio nos revela la verdadera naturaleza de la obra: no es una novela de personajes sino de actitudes. En el centro del conservadurismo, en medio de esa pétrea idiotez con que las clases sociales altas ven pasar la historia, un hombre joven y otro que no lo es tanto, intentan sobrevivir buscando la autenticidad, el envés del aparentemente bello rostro de la injusticia. Joaquín es un perdedor y se sabe un perdedor, lo que le hace socio de la hermandad de antihéroes de la novela existencialista europea. Arruinado, mal trabajador, borrachín, conserva la lucidez que da el desarraigo. A su alrededor pasa una corte de rentistas, de funcionarios corruptos, de hombres bienpensantes y mujeres acomodaticias. Pasa, sobre todo, la pereza. Se es corrupto, injusto y tonto por pereza. En el abandono social de Joaquín hay una vitalidad que se convierte en una lección moral. Edwards acentúa los contrastes: a tristes despachos, opone bares y tugurios y a aburridas salitas de estar, prostíbulos ajetreados. Hay, en ocasiones, episodios que, desde nuestra perspectiva histórica, alcanzan el regusto de la premonición: un tal Pantoja Salaverría, que hace arreglos y chapuzas para la familia de Francisco, muere apaleado por los carabineros, quienes hacen desaparecer el cadáver. Ante la irritación de Francisco, el hecho se justifica porque el tal Pantoja era un borrachín.
        Sólida por la transmisión de una actitud y temblorosa en su estructura, esta narración, que es tan europea en el hastío y la rebeldía de sus dos personajes principales, se desarrolla a través de un estilo que entonces se consideraba muy moderno: distante, visual y descriptivo, de repente se vuelca en un impresionismo a lo John Dos Passos, como en esta carrera de caballos: "Tipos que gritaban como energúmenos. Polvareda. Tamborileo sordo de las patas. La marea de los gritos crecía". Está El peso de la noche llena de cualidades pero también de ensayos narrativos, de pasos en falso; todo ello necesario en la primera obra del que luego sería nada menos que Jorge Edwards. Eso sí, aquí se encuentra, y mucho, el compromiso ideológico característico de este escritor de bien.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 13/04/2001

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"