28/04/2001

Lorenzo Silva. El nombre de los nuestros

Lorenzo Silva. El nombre de los nuestros. Destino. Barcelona, 2001. 285 páginas. 2.800 pesetas.
       
       Los Campos de la Derrota
       
       No es lo mismo una novela de guerra que una de trinchera. La de guerra tiene un escenario más amplio donde cabe casi todo: conflictos personales, intrigas políticas, historias de amor, costumbres sociales al dictado del hambre y de la indefensión, de la muerte y de la supervivencia. Pero la novela de frente de batalla se centra en un territorio más cerrado, de una simpleza aterradora: ordenes, soldados, armas, sangre, cobardía y valor. A la dictadura de esta sencillez, hay que añadir ahora otro precepto limitador: ya no puede haber héroes, ni sentimientos patrióticos, ni una épica de la victoria. Corren malos tiempos para las hazañas bélicas desde que Vietnam dejó un desfile de parapléjicos ante el Pentágono. Consecuentemente con esta evolución, el maniqueísmo-en otros tiempos esencial en este tipo de relatos-ha ido desapareciendo. El enemigo ya no es el enemigo que dispara y mata sino el que toma las decisiones en los despachos. Al final de El nombre de los nuestros, aparece un campechano Alfonso XIII del que se dice: "aquel hombre, y otros hombres como él, seguirían ordenando que otros hombres les pelearan una causa"; el comentario sirve como cáustico epitafio a los cientos de muertos de uno de los tristes episodios de las campañas de Marruecos, sobre el que Lorenzo Silva ha escrito una hermosa y técnicamente ejemplar novela.
        Silva (Madrid, 1966) es muy conocido desde que ganó el Premio Nadal 2000 con El alquimista impaciente, una aventura de intriga criminal conducida por los miembros de la Guardia Civil Bevilacqua y Chamorro, una pareja ya consolidada en el género negro ibérico. Pero Silva ya había llamado la atención con La flaqueza del bolchevique (que no trata de bolcheviques sino de un hombre en crisis), que fue finalista del Nadal en otra edición anterior. Con El lejano país de los estanques obtuvo el premio Ojo Crítico de 1998. Es autor, además, de otras seis novelas. No está nada mal para un escritor de 35 años. Y esto es verdad si tenemos en cuenta el rigor y el esmero con que aborda el oficio de narrar.
        Un sargento, Molina, y dos soldados, Andreu y Amador, coinciden en la defensa de una de las posiciones que quedaron abandonadas en la retaguardia, durante la ofensiva del ejército español en Marruecos contra el levantamiento de Abd el-Krim, entre junio y julio de 1921. Ya se ha dicho antes que estamos ante una novela de trinchera, de línea de fuego. Por eso, es necesario destacar el ya mencionado oficio de Lorenzo Silva. De una manera pausada y en un ejercicio de medida gradación, nos lleva desde la tensa tranquilidad previa a la batalla hasta los campos de la derrota. Cuando en el antepenúltimo capítulo nos paseamos por el infierno como en un desastre goyesco, no deja de sorprendernos la habilidad con que se nos obliga a llegar ahí, sobre todo si consideramos que los recursos utilizados son aparentemente simples y fríos: no hay tremendismo ni crestas emocionales. Los personajes están dibujados con un trazado muy reducido pero esta economía no supone ninguna limitación sino que es coherente con el concepto de la sobriedad como estilo. Molina es un soldado profesional, un hombre entero, seguro de sí mismo, que considera la vida de sus soldados más importante que la suya. Sería un héroe en una guerra más heroica pero en la de Marruecos ha de aceptarse tan paria como los "borregos" o novatos. Andreu y Amador, anarquista el uno y ugetista el otro, son unos pobres muchachos cuyos ideales se convierten en recuerdos, sometidos al impulso anulador de la supervivencia. Entre ellos, sin grandes palabras, surgirá una lealtad profunda ("si los parias no ayudan a los parias, ¿qué dignidad les queda?"). Poco a poco, van apareciendo sentimientos elementales como la amistad, el miedo, o la duda sobre el sentido del sacrificio a la vez que la narración discurre con serenidad por la descripción de la vida cotidiana en situaciones extremas de falta de higiene, de sed y de enfermedad. Tampoco se cargan las tintas sobre los rifeños, que parecen más una sombra amenazante, una metáfora de la muerte, que un ejército real. Página a página, se adivina un trabajo de investigación riguroso que nunca ensombrece la ficción: Silva practica la novela documentada, no la documentación novelada. Por todo eso, El nombre de los nuestros confirma a su autor como dueño de una escritura sólida y formalmente clásica, muy ajustada a los límites de sus pretensiones; su destreza en el manejo de la sencillez como vehículo de un compromiso ético hace que esta novela se convierta en un título merecidamente destacable.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 28/04/2001

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"